Columna de La Reconquista | “El muerto al hoyo, y el vivo… ¡también!”

Paradojas de los tiempos, señor lector. Nunca, creo, hubiésemos imaginado que en una sociedad que se afana (y se ufana) en buscar «calidad de vida», solo nos asegura «una muerte “digna”» (tanto antes de propiamente nacer, como con el aborto, o cuando somos ya prescindibles o molestos, con la eutanasia). Recuerdo que, cuando en la juventud estudiábamos las figuras retóricas, como la antítesis –contradicción–, la hipérbole –exageración– y la metáfora –forma de comparación–, las tomábamos de muchos textos –daba igual en prosa o en verso– y las aplicábamos al lenguaje en la vida real. Así, si decíamos que “Pedro es un burro”, la aplicación de la metáfora era que ese tal “Pedro” tenía características que lo asemejaban al ungulado de tal denominación caracterizado por su testarudez –entre otras cosas– (no sé si aplicaría a un tal “perrosánchez” del que hoy se habla mucho, porque, como no lo conozco en persona, no podría afirmar tal). Pero hoy no son figuras retóricas sino crueles realidades las que contraponen “vida” contra “ley”, “justicia” versus “libertad”, “religión” versus “conciencia”, etcétera.  

Muy conocido es el refrán español que dice: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” –aun cuando hay diferentes terminaciones, según el propio Refranero nos proporciona, dependiendo países y contextos, como “el vivo al gozo” (o sea, a seguir buscando la felicidad que supuestamente la muerte nos arrebata), o “el vivo al pollo” (es decir, a seguir comiendo, que el difunto ya no lo hará), etcétera–. Lo que no parece ser tan conocido –y le aseguro que no es una hipérbole ni una antítesis– es que en los hodiernos tiempos, el muerto sí va al hoyo (no literal en el sentido de la inhumación, porque la cremación también es factible), sí, pero el vivo está igualmente en el “hoyo” (no inhumado, aunque bastante “ahumado”, ni cremado, aunque ya muy “quemado”), puesto que su vivir es morir. ¡Vaya, casi afirmaría, como Santa Teresa, ese “que muero porque no muero”, ya que preocupándose por mantenerse vivos se olvidan de vivir en felicidad y paz, asemejando una muerte en vida! (si bien la santa abulense no lo decía por tal cosa, sino por el anhelo de la felicidad eterna).

“Recuerde el alma dormida, avive el seso e despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”, son las palabras del genial Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre(creo que de obligatoria lectura para toda persona que quiera entender la vida, que no consiste en acumular triunfos, éxitos, dineros ni fama, sino en obrar correctamente para que no nos llegue la damnatio memoriae). Pues… ¡pobre Manrique! El alma ya no recuerda (porque se niega su existencia), el seso –vaya, la inteligencia, pues– no se aviva ni despierta (ya que está casi en estado de encefalograma plano), y contemplar la muerte da miedo a una generación que considera “tabú” el tema –aun cuando haya “destabuizado” (¡perdón por el neologismo bárbaro!) perversiones nefandas, egoísmos inconfesables y vergüenzas inimaginables–.

Y es que, estimado lector, la sinrazón se ha hecho norma, pervirtiendo la democracia en “demagogia” –o, peor aún, en una pura “dictadura” de facto–, prostituyendo la ley en “ideología” –con todo tipo de desigualdades y discriminaciones en un supuesto “robusto escudo social”, que no es otra cosa sino el manto en que se envuelve el totalitarismo de tendencia comunista– e invirtiendo los principios de la recta razón y la ley natural al trastocarlos y mutarlos por adoctrinamientos, imposición y esclavitud.

Siempre consideré nauseabunda la definición jurídica de libertad (que dice que es “la capacidad de obrar según lo que el derecho considera lícito”, o, en latín, potestas faciendi id quod iure licet), porque no es otra cosa sino la suplantación del orden axiológico –del valor–, deontólogico –del deber– y teleológico –de la finalidad– de la sana ley natural, basada en principios inmutables, que afirman que lo que es malo, siempre lo será, y no puede convertirse en “bueno” porque otra ley humana (positiva) lo afirme. Imagínese usted, señor lector, que mañana se legislase que yo, el Condestable, soy dios… Aparte de la blasfemia –por la cual ruego su perdón y el divino–, hay una clara falta de competencia, producto de la ignorancia del legislador (o sea, éste no es competente para decir nada acerca de aquello que está fuera de su alcance). Lo mismo sucede con la vida, con la libertad, con la verdad, con la bondad… hoy relativizadas según conveniencia egoísta del ser humano y sus “ideologías” falsarias e ilegítimas. Claramente estúpido, como lo sería afirmar que 2+2=6 (aunque quizá la “economía de género” y la “fiscalidad de género» así lo postulen).

Vea usted si no es tal… Ya el embrión concebido no se considera inicio de vida ni ser vivo, un ser humano en formación –que equivaldría a decir que una crisálida no será una mariposa, o que un huevo de gallina no devendrá en un polluelo–…, cuando todos sabemos que es una cuestión de tiempo (“gestación”) su actualización. Y en el tiempo tampoco tiene competencia la ley para decir nada de ello, excepto para los términos y plazos administrativos o judiciales, puesto que la ley se da en el tiempo –y en él se modifica para perfeccionarla– y no al revés –puesto que si se diera el tiempo en la ley, se involucionaría–, por poner un ejemplo (que es lo que se pretende hacer con leyes sobre la “memoria histórica”, “memoria democrática” o como se le quisiere denominar).

¿Cómo puede terminar esto? Solo Dios lo sabe exactamente, pero las señales son inequívocas para quienes, sin prejuicios y con objetividad, analizan las causas y efectos, en apego a la verdad, la razón y el sentido común. El camino del mal sólo lleva al mal. Por ello, no nos extrañe que ya desde miles de años atrás se nos advierte contra aquellos que “renuncian a ser sensatos y obrar el bien” (Salmo 35), porque “son un rebaño para el abismo y la muerte es su pastor” (Salmo 49). Así que estos que afirman ser y estar tan “vivos”, en realidad son “muerte” y nada más que muerte pueden proporcionar, porque “el árbol se conoce por sus frutos” (Lc. 6,43). Claro, de momento van “al bollo”, “al gozo”, “al pollo”… pero ya están muertos en esos bollos envenenados, esos gozos nefandos y esos pollos adulterados (ya ve, cuestiones de “inoculación” de “ideologías”). Y constantemente mantienen a los demás seres humanos con miedo a vivir, con miedo a tener sueños, anhelos y esperanzas, libertades y alegrías, porque… van a enfermar, van a cometer un delito y ser castigados, van a… a dejar de ser ellos mismos, al permitir que se les arrebate su dignidad, derechos y facultades.

Pero… ¿qué somos sino las elecciones que tomamos libremente, en conciencia? Cualquier coacción derivaría en nulidad (ergo somos una nulidad). ¡Valientes seres humanos, temerosos, como los habitantes del mito de la caverna de Platón, que no quieren ver la luz! Quitémonos lo que nos ciega, ensordece y enmudece (vendas, tapones y bozales), para decir únicamente: ¡Soy libre para hacer el bien, para vivir el bien, para desear y progresar en el bien! Solo así habrá auténtico progreso, verdadera libertad y perdurable convivencia. Sin ello… abundantes ejemplos tiene la Historia. Usted elige, señor lector, cómo vivir…

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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