Columna de La Reconquista | “El honor, la honra y la palabra”

Es muy manida, estimado señor lector, la utilización de términos como «honor», «honra», «dignidad» y «palabra (de honor)». Sin embargo, todos hemos experimentado en carne propia el “incumplimiento” por parte de muchas personas –no me refiero exclusivamente a políticos, claro– de esa palabra dada, de honrar y cumplir lo dicho o prometido, de actuar honorablemente, en definitiva.

Quizá sea, pues, por ello, necesario remontarnos brevemente a la fuente de los conceptos, para decidir qué son y cómo se aplican –o sea, los aplicamos y los aplican–. Así, en principio es posible definir al honor como “el concepto que la persona tiene de sí misma o que los demás se han formado de ella, en virtud de su proceder o de la expresión de su calidad ética y social”. Además de ello, no hemos de olvidar que “todo individuo, al vivir en sociedad, tiene el derecho de ser respetado y considerado y, correlativamente, tiene la obligación de respetar a aquellos que lo rodean”.

Desde luego, en el campo jurídico esta necesidad se traduce en un derecho que involucra la facultad que tiene cada individuo de pedir que se le trate en forma decorosa y la obligación de los demás de responder a este tratamiento. Aunque no guste o moleste –de ahí la especial importancia de no confundir el «respeto» (que es positivo) con la «tolerancia» (que es negativo, puesto que se tolera aquello que no se puede cambiar, pero se respeta lo que se admira o considera valioso)–.

Por lo general, existen dos formas de sentir y entender el honor. Por una parte, el aspecto que llamamos «subjetivo o ético» –el honor que se basa en un sentimiento íntimo que se exterioriza por la afirmación que la persona hace de su propia dignidad–, y por otra parte, el aspecto «objetivo, externo o social», que refiere a la estimación interpersonal que la persona tiene por sus cualidades morales o profesionales dentro de la comunidad. En el aspecto subjetivo, el honor es lesionado por todo aquello que lastima el sentimiento de la propia dignidad, y en el aspecto objetivo, el honor es lesionado por todo aquello que afecta a la reputación que la persona merece (es decir, el derecho a que otros no condicionen negativamente la opinión que los demás hayan de formarse de nosotros).

Diferente, en parte, es el concepto de «honra». Según Aristóteles, la honra es un signo exterior del reconocimiento de alguna preeminencia en otro, manifestativo de la alta estima interior hacia su persona. Esta estima interior –llamada «respeto» por el Estagirita–, es en sí más importante que la acción aislada de honrar externamente. De ordinario, la honra presupone un verdadero mérito en la persona honrada. El más excelente objeto de la honra es la probidad moral, la honorabilidad, la honradez, la honra interna –denominada hoy con frecuencia simplemente «honra»–. Cuando una persona encuentra alta estima moral en un círculo mayor y capaz de juzgar, se dice que goza “de buena fama”.

La honra y la buena reputación son bienes importantes para el esfuerzo ético del individuo y para la vida social, constituyendo las bases de la confianza mutua. Por eso, es lícita, y aun necesaria, una ordenada aspiración a la honra y a la buena fama. El amor a la honra fundado en la absoluta probidad es una virtud moral. Dentro de límites razonables, la moral permite asimismo el deseo ordenado de hacerse acreedor a una mayor honra y buena reputación –séame permitido decir incluso «la gloria»–, sobre la base de obras y riesgos notables, por la cabalidad y fineza del cumplimiento y respeto a la palabra empeñada o dada –¿recuerda usted, amable lector, cómo se nos enseñaba desde pequeños en casa que “la palabra dada se cumple”? No sé si ya hoy en día se enseñe siquiera… Desde luego, no en la LOMLOE…–.

De la antedicha importancia de la buena fama –si me perdona usted el exordio sobre la «palabra»–, se sigue la obligación no sólo de no perjudicar la del prójimo con falsos testimonios («calumnia»), sino también de no menoscabarla revelando sin necesidad faltas verdaderas, pero ocultas («detracción»). Los límites del deseo de honra y distinción surgen de la naturaleza del hombre como criatura de Dios, ente social y ser falible y poseedor de defectos. Dios es la fuente de todo valor; por eso le son debidas siempre y en primer lugar la honra y la glorificación. Falta a la probidad interior y al verdadero amor a la honra quien no posee o pretende ser honrado de un modo exclusivo. También el prójimo tiene y merece su honra. La lealtad y la honradez exigen no sólo reconocer con sencillez ante Dios y la sociedad la propia falibilidad, sino también las faltas reales y numerosas cometidas. Así, la aspiración a la honra queda preservada de su exceso: el orgullo (esa hybris griega), de la arrogancia, la ambición desmedida y el vano afán de gloria –la «vanagloria»–.

Ciertamente, habrá escuchado usted, señor lector, que la humildad refrena, pero no impide el amor a la honra. Es el deseo de atenerse al orden jerárquico de los seres espirituales determinado por Dios. Humildad no es desinterés o indiferencia ante el debido amor a la honra. El humilde quiere evitar las pretensiones exageradas de la honra, precisamente porque venera en sí y en otros un vivo trasunto de Dios. La humildad y la generosidad descansan en la profundidad del alma. Cuando la humildad se califica de «desprecio de sí mismo», éste debe entenderse de desprecio del yo falible y cometedor de faltas, no del “yo” donado por Dios, que es imagen suya. Uno de los más importantes deberes de la educación moral lo constituye el despertar, fomentar y cuidar un fino y moderado sentimiento de la honra (en palabras de Schuster).

Reflexionemos pues…  ¿Cuántas personas conocemos que sean honradas, que cumplan la palabra empeñada, que vivan honorablemente? No porque se les honre, sino porque merezcan honor… ¿Soy yo, el lector, una de ellas? ¿Lucho por vivir las virtudes de mi profesión, estado de vida, principios familiares, principios morales y religiosos, etcétera? ¿Y con respecto a nuestras autoridades, políticas, civiles, militares, eclesiales, religiosas, morales, académicas, etcétera? Compare, analice, reflexione… ¿hay honor, honra y palabra en mí, en nosotros, en ellos, en todos?

Entonces tendremos que buscar personas capaces de cumplir su palabra, de ser honorables hasta la muerte, honradas y cabales, las que nos puedan animar, ayudar o gobernar. No hay otro camino.

@LaReconquistaD

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