Columna de La Reconquista | “El género es para las cosas y el sexo para toda la vida”

Es una obviedad científica que se es hombre o mujer desde antes del nacimiento, y que el sexo no lo determina el gusto, sino que es una condición inherente al ser humano, ante la cual no se tiene derecho a voto. Por otro lado, «razón» es la capacidad que tiene la mente humana para relacionar ideas o conceptos y establecer conclusiones. Cuando detrás de una idea no hay una cadena de razones que la expliquen, y su fundamento solo es dirigido por el gusto, por el capricho o por la atracción, estamos hablando de una «ideología» («visión», en términos clásicos).

Toda persona tiene asignado un sexo antes de nacer, y este sexo se fundamenta en un ADN único, con todas las características masculinas o femeninas; y eso, desde el mismo momento de la concepción. Características que van más allá de la misma muerte.

Por mucho tiempo se pensó que la orientación sexual (es decir, la homosexualidad) era una condición del ser humano, equivalente al sexo «hombre-mujer» o a la raza o al color de piel. En función de este pensamiento se hicieron muchas interpretaciones. Y así como se luchó por la libertad de la gente de color y más tarde por la mujer (con mucha razón en ambos casos), ahora tocaba luchar por la emancipación de los homosexuales.

Es una realidad científica que se es hombre o mujer desde la concepción hasta la muerte y después de la muerte. No en vano, analizando unos huesos de más de 1.000 años se puede determinar sin lugar a error, si pertenecieron a un hombre o una mujer. El órgano sexual no es solo el que determina nuestra sexualidad, sino que esa huella está impresa incluso a nivel cerebral. Cada aspecto del ser humano certifica su sexo, ya sea masculino o femenino. El sexo es inmutable.

Sin embargo, la orientación sexual (según la define la psicología) es solamente una atracción, un gusto. Podríamos decir entonces, que de la misma manera que existen orientaciones sexuales, existen también gastronómicas, deportivas e incluso existe la atracción por personas que huelen de determinada manera. Por lo tanto, si a alguien no le gusta el fútbol, no es «fútbol-fóbico», o si no le gusta la tortilla, no es «tortillo-fóbico», etcétera. Por esa regla de tres, si a alguien no le gustan los hombres, no es homofóbico. En consecuencia, los gustos, las atracciones, los sentimientos… no deben de ser protegidos ni promovidos por la ley, ya que pertenecen a la esfera profunda del ser humano y son de ejecución libre, para bien o para mal. La orientación sexual es un gusto y el sexo es lo que uno es. Michel Foucault se equivocaba cuando afirmaba:

“La homosexualidad no es un deseo, sino algo deseable, por lo tanto debemos insistir en llegar a ser homosexuales. Es muy difícil establecer barreras a la edad del consentimiento sexual, porque puede suceder, que sea el menor con su propia sexualidad el que desee al adulto”.

No se trata aquí de analizar las causas de la AMS (atracción al mismo sexo), sino de aclarar conceptos y que cada cual interprete según su capacidad y libertad.

Por otro lado, el término «género» es un concepto gramatical que se emplea para determinar si un sustantivo es masculino o femenino. Los sustantivos son palabras que designan elementos materiales o inmateriales que hay en la realidad (por ejemplo, “el libro”, “la mesa”) o que son construcciones del pensamiento (como “el tiempo”, “la libertad”). Luego podríamos concluir que, «género» es la manera en que el ser humano determina las cosas, y «sexo» es la manera en que la naturaleza determina al ser humano.

Dicho lo anterior, podríamos definir a la ideología de género como; “Conjunto de ideas anticientíficas que, con fines políticos, o no, desvinculan el sexo de su componente natural y lo reducen meramente a su componente cultural”. Esto no quiere decir que el aspecto cultural no tenga ninguna influencia en los comportamientos sexuales o gustos, pero indudablemente tiene mayor peso la carga genética que la carga cultural.

El doctor John Money (psicólogo neozelandés especializado en sexología emigrado a los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial) fracasó rotundamente en el intento de experimentar con un ser humano la teoría de que el sexo solo es cultural. Money amputó el pene a un niño de corta edad, al cual habían dañado al practicarle una operación. Convenció a los padres de dicho niño (familia Reimer), de que podrían transformarlo en niña, aprovechando la circunstancia de que era pequeño y no era consciente del sexo que portaba. Los padres accedieron, y todo terminó de manera muy trágica, ya que “la niña”, a pesar de que no sabía que había nacido niño, nunca asumió el cambio.

Ver Caso Reimer

Tenemos también el testimonio de Sandra Mercado. Tiene 35 años (a día de hoy algunos más), y vive en Castellar del Vallés (Barcelona). Nació hombre (y lo será siempre) y en plena adolescencia se empezó a sentir mujer, y comenzó con el proceso de cambio de sexo. Le practicaron una vaginoplastia y empezó a hormonarse. Ahora se arrepiente de haber puesto en marcha este proceso y proclama que fue un error acometerlo. Dice textualmente: “La biología no se puede cambiar, estoy volviendo a abrazar mi homosexualidad y mi biología, aceptando los complejos”.

Sandra denuncia los efectos secundarios de la hormonación, y así nos los describe: “Aumento de peso increíble, ansiedad (en su caso crónica), depresión y trombosis. Pueden dar ictus o infartos. Sufría mucho de retención de líquidos, várices, pesadez, inflamación estomacal (también crónica). Con la vaginoplastia estás encadenada a la hormonación de por vida, ya que no tengo hormona biológica en el cuerpo. Según la endocrina, si no me hormono puedo sufrir osteoporosis o degeneración muscular”.

Sandra sufrió una estenosis, que es la inflamación del conducto urinario. Esto la hacía sufrir terribles dolores y tenía que combatirlos con antiinflamatorios. Estuvo así durante más de un año.

Sandra nos cuenta que conoce muchos casos de transexuales que se arrepienten igual que ella y que ha visto muchas barbaridades. Comenta lo siguiente: “Un conocido se operó cuatro veces porque se le cerraba la vagina, por eso estás siempre con dilatadores; el cuerpo detecta un hueco donde no debía de haberlo y lo intenta cerrar”.

Sandra comenta que la transexualidad fue un invento del siglo XVIII para homosexuales que rechazaban su homosexualidad. También denuncia que ningún cirujano la avisó de las consecuencias, y que muchísimos transexuales continúan con disforia tras multitud de operaciones. Dice que en este cuento “no hay final feliz”, que el problema es mental y es un camino que no tiene fin. Hace un año que comenzó su vuelta atrás.

También apunta a que no existen psiquiatras que ayuden a aceptar la disforia y que la mayoría los empujan a «transicionar». Que en el caso de que alguno quiera ayudar en el sentido contrario, puede ser despedido según las leyes de transexualidad.

Los falsos sastres que quieren vender el traje de la transexualidad han conseguido penar con la etiqueta de «homófobo» (miedo al homosexual) a todo aquel que se atreva a pensar en la dirección opuesta. Esta multinacional del traje se ha empeñado en que tan solo se puede vestir un modelo. Siguiendo su propia lógica, habría que llamarlos «heterófobos». Creen que es normal que un homosexual quiera transicionar hacia el sexo contrario… pero consideran un delito que un homosexual quiera transicionar hacia su sexo genético.

Véase el caso de Sandra.

Es una evidencia que la naturaleza determina los sexos con mucha rotundidad, nunca se deja de ser lo que la genética ha impuesto desde el nacimiento. Por lo tanto, las personas no tienen género, ya que una persona no es un bolígrafo ni una goma de borrar. Se puede sentir gusto por el mismo sexo, pero un gusto no determina el sexo de una persona. Por desgracia, la nueva dictadura cultural nos quiere imponer algo que hace 100 años hubiese sido impensable (que un hombre se puede convertir en mujer o viceversa), y lo eleva aún más cuando también intenta imponernos el matrimonio homosexual. Benedicto XVI llego a decir en una entrevista llevada a cabo por el periodista Peter Seewald lo siguiente:

“El credo del Anticristo castiga con la excomunión social a quienes no se adhieran a él. Hace cien años a todo el mundo le hubiera parecido absurdo hablar de matrimonio homosexual. Hoy todo el que se oponga queda excomulgado socialmente”.

Yo correré ese riesgo con este artículo. Porque, aunque pecador, no pienso descender al abismo de la locura, primero poniéndome en contra de Dios (“NON SERVIAM”) y segundo, poniéndome en contra de la Ley Natural… negando algo tan evidente, como que el hombre es hombre y la mujer es mujer.

@LaReconquistaD

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