Columna de La Reconquista | “El Estado, sin la justicia, es una banda de malhechores (y II)”

En verdad, señor lector, intento no aburrir a usted con temas “pesados”, pero he considerado que para hablar de banalidades y temas triviales, baladíes, ya están multitud de canales televisivos, informativos, comunicativos y hasta el “chismoso” del vecino. Por ello, con su permiso, quiero ilustrar un poco más el título de esta columna (que “robé” a San Agustín), para aterrizarlo en las realidades que nos tocan vivir en esta España amada, siempre noble y hoy sufriente –de nuevo– por las laceraciones de la división, discordia y pésimos gobiernos imperantes que no buscan la justicia, sino su ideologizada forma de entender lo que es “justo” para ellos, desdeñando la esencia de tan hermosa palabra.

SI recuerda usted, en la pasada entrega, terminaba con el planteamiento –muy famoso en el mundo jurídico, dispénseme usted– sobre «derecho justo» y «derecho injusto». Hoy pretendo seguir esa línea, porque en verdad estos tiempos que nos tocan vivir son pletóricos de colisiones entre lo que siempre había sido «justo» –quizá porque mantenía el orden de la lógica y el derecho natural, aun cuando muchas veces se inaplicase por la estupidez (disculpe usted) de gobernantes egoístas y ciegos (que tampoco faltan en este mundo)– y lo que ahora quieren imponernos como «Nueva Justicia Mundial».

A ver, a ver, a ver. Si hasta los oídos nos chirrían y la dentera nos consume cuando escuchamos aberraciones y juegos lingüísticos como «nueva normalidad» –porque o es nueva o es normal, no quieran buscar cinco pies al gato–, la «monomarentalidad» –o sea, la idiocia del desconocimiento de la realidad familiar–, el «salimos más fuertes» –aunque no sepamos ni de dónde, porque la economía, el tejido social y el respeto están hoy día más negros que calzones de minero (con perdón tanto por la expresión coloquial como por el respeto que me merecen los trabajadores de la noble y necesaria rama de la minería)–, o la denominada «ideología de género» –que es curiosísima, puesto que una ideología nunca implica “generalidad”, sino una fracción ínfima de teorías mantenidas por pocas personas, ni el «género» se había aplicado a las personas, puesto que es una categoría gramatical, no biológica ni humana, ya que pertenece a las cosas–…

En efecto. Recuérdemelo usted: Stultorum infinitus est numerus (“El número de los necios es infinito”) –que no son palabras mías, meramente estoy tirando de la hemeroteca de hace unos milenios, escrita en el texto bíblico, que, además, inicia aún de forma más tajante, al afirmar que “Perversi difficile corriguntur” (“los malvados difícilmente se corrigen”), pero eso lo dejamos para otro día–.

La «banda de malhechores» a la que refiere el título no es atribuible de forma automática al Estado, puesto que siempre hay –ha habido y habrá– políticos e instituciones honestas, sensatas y justas, sin duda alguna (le ruego, señor lector, que recuerde que no “se puede meter a todo el mundo en el mismo saco”, como nos recuerda el Refranero). Ahora bien, la deriva de lo que han sido «ideologías» que han tomado formas como «opciones» –sean políticas, sociales, económicas o de ámbito subjetivo– hacen muy difícil que entendamos que la Justicia impera, que la ley buena es la que se propone, legisla y cumple, puesto que no es así.

Por definición, la ley –que es la concreción del ideal axiológico de la justicia por medio del derecho– ha de ser general, universal y abstracta, o sea, que ha de servir para todos y en todas las ocasiones; eso es lo que se llama “principio de legalidad”, y lo que hasta hace poco tiempo denominábamos “principio de igualdad” y “principio de seguridad jurídica” (garantías). Además, la ley tiene –o debiera tener, mejor dicho– otra característica: la pervivencia o perdurabilidad, es decir, que no se hace para momentos concretos –salvo los que se contemplan como estados excepción legal–, ni para personas concretas –como las que se realizan para fenómenos sociales en nombre de la mal entendida «equidad», «igualdad», «situación de vulnerabilidad», etcétera–, ya que su propia esencia, en legitimidad, hace que deba pervivir y poder ser aplicada a todos sin excepción –contemplando, claro está, las circunstancias atenuantes, agravantes o eximentes, que el juzgador ha de ponderar–.

Dicho todo lo anterior, es «injusto» que un cargo público abuse del puesto y deber para sus propios fines –y lo vemos en delitos de cohecho, fraude, colusión, etcétera–, o que el pueblo quede al margen de los procesos legislativos que le afectan directamente –llámele usted “impuestos”, “beneficios”, “políticas sociales” o cuantas guste–. La Justicia, en mi particular pensamiento, ha de ser directa, y no indirecta, como los tipos de democracia. En el Reino de España, por ejemplo, la democracia es indirecta, puesto que uno no elige directamente al Presidente del Ejecutivo, dado que es electo por las Cortes –a diferencia de otros países, donde el voto es a la persona, no al partido político–; igualmente, el pueblo no aprueba o refrenda las leyes –ya que se ha delegado esa función en los legisladores–, mientras que en otros países, se han de someter a la aprobación del pueblo soberano mediante referéndum –algo que “crispa” las escasas neuronas de muchos políticos, puesto que saben perfectamente que no serían aprobadas muchas leyes si dependieran del voto directo ciudadano–.

Pongamos, si me permite, algunos ejemplos. ¿Cree usted que el pueblo soberano (que lo es, puesto que de él emana el poder –aun cuando lo delegue–, él ha creado el Estado, él lo sostiene con sus impuestos, etcétera–) aprobaría leyes que perjudican a la población general, como las subidas de impuestos (directos o indirectos), la privación de la libertad de expresión (llámele “mordaza” o como quiera), los nefandos atentados a la vida (desde el aborto hasta la eutanasia), la educación “politizada” (que no enseña sino que adoctrina, como “matemáticas con perspectiva de género”, “educación sexual” a niños de escasa edad, etcétera), o el priorizar la atención y auxilio a ajenos antes que a propios (o sea, a extranjeros antes que a nacionales, sin que esto sea discriminación alguna ni violación de los Derechos Humanos que todos debemos defender)?

¿Cree usted que el pueblo soberano no tiene sentido de justicia? ¿Queremos políticos corruptos, violentos, nulos en formación y conciencia, mentirosos, manipuladores, trepadores y falsarios? ¿En verdad es un buen representante del pueblo un político condenado judicialmente por corrupción, violencia o cualquier otro delito (con sentencia firme, sin violar su presunción de inocencia? ¿Cree usted que el pueblo quiere la demolición de sus monumentos históricos en nombre de una “falsimemoria antihistórica” en nombre de “ideologías” trasnochadas? ¿En verdad el pueblo concedería galardones y reconocimientos como los Premios “Princesa de Asturias” a quienes se reconocen como auténticos ejemplos de anti-valores, abortistas, satanistas, globalistas y personas que se ríen de los principios, tradiciones, convicciones y convivencia pacífica? ¿De verdad puede usted considerar que la desunión, el separatismo y las falsas “autonomías” aleatorias son mejores que la unión, la convivencia armoniosa y pacífica o el progreso conjunto de un País?

Si usted considera en sentido afirmativo alguno de los ejemplos anteriores, le rogaré que deje de leer esta columna (y todas las demás que su servidor pudiere publicar), porque automáticamente le sugeriría que volviese a nacer y a educarse –y eso si me agarra “de buenas”, porque quizá le recomendaría unos viajes a países determinados, que le darían escalofríos–. El bien es bien, y el mal es mal, al igual que la verdad es verdad y la mentira, mentira. Llamar “ladrón” a quien roba no es violar ningún derecho de esa persona, sino la verdad de sus actos –lo digo por los “ofendiditos” que defienden al malvado y condenan al bueno–.

Dejémonos ya de tanta pasividad, apatía y “flojera”, “buenismo” o como guste llamarle, porque o ayuda a la sociedad, no hace crecer lo bueno ni persigue lo correcto. Meramente es “comodidad”… y trae consecuencias tan terribles como el comprobar que no importa qué pase con los estragos y dolor causados por un volcán –porque los recursos son para supuestos “menores no acompañados”– ni que existan “colas del hambre” –porque el dinero público se va a pintar buzones de Correos de todo color “inclusivo”–. ¡Vergüenza debiera darnos soportar con tanta apatía estas ruindades!

Termino, señor lector, con una cita que tampoco es mía: “Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos, de burla” (Demócrates, 370 a. C). Elija usted.

@LaReconquistaD

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