Columna de La Reconquista | “El derecho humano a la libertad religiosa y la educación religiosa”

No es grato para muchas personas tocar este tema, señor lector, pero le ruego me permita hacerlo esta ocasión, puesto que mucho se habla (tanto desde el Ejecutivo del Gobierno de España –y de muchos otros gobiernos internacionales– como desde las Conferencias Episcopales). Como punto de partida, es inconcuso afirmar que el fenómeno religioso –o «hecho religioso»– es una realidad propia del ser humano, ya que es constitutiva a su propia naturaleza la dimensión trascendente, la búsqueda de respuestas a las realidades que no son meramente físicas e incluso conceptuales. La concreción de esta dimensión se plasma en el lenguaje y, dentro de una matriz cultural, en la religión.

Como fenómeno cultural, las religiones siempre han estado ligadas al devenir histórico de la humanidad –¡el ateo no existe!–, por lo que bien se puede inferir que lo religioso es propio del animal humano –característica que, si bien Aristóteles no concibe como propia del «animal político» (el zoon politikón), se deduce inequívocamente en el pensamiento de su maestro, Platón, así como de lo referente a Sócrates y otros filósofos presocráticos, por no hablar ya de otros sistemas de pensamiento del mundo antiguo, como el chino, el egipcio, los imperios mesopotámicos y las civilizaciones precolombinas–.

Igualmente, observamos que, desde las formas elementales de religiosidad hasta la constitución de las grandes religiones, el ser humano se ha apropiado del fenómeno religioso a través del lenguaje, los comportamientos morales y actitudes rituales, dando origen a la religión como elemento fundante de la sociedad o como elemento de identificación de un pueblo o nación. Por ello se afirma que el hecho o fenómenos religioso –comportamiento religioso de la sociedad– es elemento constitutivo de la vida cotidiana de las sociedades como cultura religiosa, lo que ha posibilitado la formación religiosa poblacional –entendida como la formación de los adeptos o militantes– y, consiguientemente, la educación religiosa escolar, como uno de los componentes básicos de la formación integral de un miembro de la sociedad o ciudadano, amparados en el derecho fundamental y humano a la libertad de cultos.

Ha sido precisamente este hecho cultural el que ha obligado a la sociedad organizada a establecer una serie de normas regulativas del comportamiento de los miembros de una religión, movimiento religioso o secta, como parte de la identidad de un Estado (Estado confesional) o como parte del reconocimiento de los derechos inalienables de los seres humanos, en cuanto sujetos de derechos humanos, en las sociedades arreligiosas o Estados aconfesionales.

Si partimos del supuesto anterior, el Estado no puede estar ajeno a las manifestaciones de religiosidad de sus asociados, y ha de entrar a regular una serie de comportamientos, que, si bien tienen su protección legal en el derecho fundamental y humano de la libertad de cultos –entiéndase igualmente religiones o creencias–, no se le pide al Estado –ni se le puede ni podría pedir– que legisle y regule el creer o no creer, el practicar o no una religión, sino cómo permitir en términos de igualdad legal el ejercicio libre, voluntario y respetuoso de la libertad de cultos.

Por tanto, no es descabellado afirmar que lo religioso entra en la órbita del orden público y se convierte en un bien público, que el Estado debe entrar a normativizar, al igual que tutelar, defender e incluso promover –nos consta que es una afirmación controvertida, porque la promoción de un derecho humano o fundamental no puede ser un proselitismo religioso, pero sí puede, en este caso concreto y excepcional, reconocer y coadyuvar en el respeto y la capacidad de expresión de lo religioso–.

Dentro de este marco normativo del que hablamos ha de estar, necesariamente, la formación religiosa en los colegios y escuelas, sean éstas de carácter civil o religiosas, privadas o públicas, razón de ser de la participación del Estado en la religión cuando ésta ingresa al ámbito público, como lo está en el Reino de España por el Concordato vigente –al que la Ley Celáa y las presiones gubernamentales de la “pesadilla” de coalición que “des-gobierna” pretender omitir y desaparecer–. Ahora bien, si decimos que la religión sociológicamente contienen unas notas constitutivas como son la doctrina, las costumbres, los ritos y la vivencia en comunidad, se puede así mismo visualizar el alcance del derecho a la libertad de cultos, considerado como derecho fundamental y humano por ser atributo del mismo ser humano –y en mi muy particular punto de vista, no lo sería la increencia, el agnosticismo o el ateísmo, puesto que si la premisa principal es que el homo religiosus lo es por naturaleza, cualquier decisión en contra de esta naturaleza será volitiva, igualmente digna de respeto, pero no per naturam–.

Ahora bien, conviene antes de iniciar en análisis jurídico, observar la necesidad de distinguir entre el bien jurídicamente protegido y la protección jurídica de ese bien. Así, una cosa es la vida humana, bien protegido, y otra diferente el derecho a la vida –o protección jurídica de la vida–. Lo mismo sucede con la libertad religiosa: una cosa es la libertad religiosa –una libertad del ser humano– y otra distinta es el derecho de la libertad religiosa –la protección jurídica que asegura el gozo y ejercicio de ese bien–. Sin duda alguna, el mejor régimen jurídico es el que permite el mejor desarrollo del bien protegido.

Adentrándonos en este aspecto, hemos de dejar explícitamente dicho que la libertad religiosa –o libertad de relacionarse con la divinidad– comprende ineludiblemente dos aspectos: la libertad de elegir una religión –aspecto interno, subjetivo, fiducial– y la libertad de practicar tal religión –aspecto externo, público, objetivo–, por lo que un régimen jurídico correcto del respeto al derecho humano de la libertad religiosa debe comprender ambos aspectos.

La religión, en cuanto relación del hombre con Dios, es primariamente un acto que se realiza en la interioridad propia del hombre, pero no es un acto puramente interno, ya que es el hombre en tanto que hombre quien es afectado por lo divino. Por ello, la religión abarca todos los aspectos del ser humano.

Ahora bien, el ser humano, la persona humana, no es pura interioridad, no es un espíritu puro, sino una unidad de interioridad y exterioridad, de cuerpo y alma, como reza la clásica definición de Boecio. Lo mismo defenderá Tomás de Aquino, y la Escolástica posterior, hasta el Neoiusnaturalismo actual. No es sólo un individuo, sino también un ser social; ni es tan sólo un ente, un ser, sino un «llegar a ser». La religión, como proceso humano que es, no se desarrolla en la pura interioridad; es un fenómeno complejo y pluridimensional, que tiene su cara visible, social e histórica. En la medida en que la religión es un proceso humano, tiene que abrazar todas las dimensiones del ser humano. A continuación se atenderá a esta conexión entre la religiosidad interior y las dimensiones objetivas de la religión, que desarrollaremos en siguientes entregas, si no le parece mal, amable lector.

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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