Columna de La Reconquista | “El derecho humano a la libertad religiosa (Parte III)”

Aún a riesgo de cansar sus ojos, amable lector, considero de imperiosa necesidad continuar en esta columna y la siguiente el tema de la dimensión histórica de la libertad religiosa, para culminar con la importancia de la educación religiosa, que es un derecho humano plenamente vulnerado en la actualidad, y, oor ironías de las malas decisiones, precisamente más atacados por quienes defienden una supuesta «libertad» que no es otra cosa que «libertinaje», con la antigua tentación de la serpiente del Génesis bíblico: “Seréis como dioses”.

Aunque el proceso religioso apunta en definitiva no al mundo ni a nada existente en él, sino a una realidad que está por encima y más allá, de hecho se desarrolla en el marco espacio-temporal de este mundo, donde recibe su forma, y está sujeto a la limitación, pluralidad y temporalidad de todo lo mundano, insertándose en la multiplicidad de formas de conducta religiosa y quedando condicionado no sólo por la dimensión corpórea y social de la existencia humana sino también por su dimensión histórica.

Tener historia es algo específico del ser humano –puesto que el animal no tiene historia stricto sensu–. La historia –la auténtica, no las que se rigen por leyes ideológicas, siempre ilegítimas– sólo se da cuando está en juego la libertad, cuando el acontecer no se deriva simplemente de algo anterior –como los instintos innatos– sino que está siempre en juego por obra de unas decisiones.

La historicidad del proceso existencial humano afecta también a la religión. Ésta, en tanto que realización de la existencia humana, está sujeta al cambio del tiempo. Ello se hace patente sobre todo en las formas de expresión y conducta, en las que se concreta el fenómeno religioso, cuando el ser humano lo expresa, en tanto que ser corpóreo y social, entre otras cosas para entenderse con los otros en algo que es en verdad de capital para todos –imágenes sensibles de lo divino, que en sí es invisible e indisponible, pero siempre de capital importancia, y ritos practicables (acciones que pueden repetirse)–.

Todo ello viene a constituir el “lenguaje” de la religión, y respecto del hombre individual representa las más de las veces unos modelos de comprensión ya establecidos. El homo religiosus crea ese “lenguaje”, ese mundo religioso de conceptos e imágenes, y sus formas de conducta no surgen del vacío sino que las configura el ser humano sirviéndose del depósito de formas de expresión y de modos de conducta que son posibles y pueden entenderse en la respectiva época histórica condicionada por su cultura y en su correspondiente concepción de la realidad.

Ese condicionamiento histórico es propio de todas las manifestaciones religiosas, tanto si se atribuyen a la acción misma de la divinidad como si en su constitución se deja campo a la iniciativa humana. La propia divinidad sólo puede convertir en símbolos de su manifestación, de su querer y acción aquellas cosas y procesos, formas y maneras de conducta que resultan posibles y comprensibles en la respectiva concepción de la realidad que tiene un grupo en una determinada época histórica. Cuando el ser humano o un grupo determinado, elige –o crea– unas formas de expresión para la vivencia de su sentimiento ante la divinidad, sólo puede tomarlas del ámbito que en cada caso puede darse y entenderse.

Por ello, tanto los símbolos religiosos –en los que lo divino se hace presente y comprensible al hombre– como las formas de expresión –en las que se concreta la reacción del hombre ante lo divino– están sujetos al cambio histórico. En virtud de ese condicionamiento histórico, los símbolos y ritos están en una relación tensa entre tradición y situación presente: de continuo surgen problemas cuando el sentido tradicional de los símbolos y ritos transmitidos resultan algo extraño e incomprensible al individuo, y cuando esas formas de expresión religiosa llegadas del pasado no resultan inteligibles para una época nueva.

Dicha relación –ya tensa de por sí– se acentúa aún más por la tendencia de las manifestaciones y formas de expresión religiosa al anquilosamiento. Éste se explica, en parte, por la función que tales formas desempeñan de cara al proceso religioso subjetivo y, de otra, por su relación con lo divino. La inmutabilidad de lo divino fácilmente la traslada el hombre a las formas religiosas de manifestación y expresión.

Ahora bien, analizando el marco jurídico internacional en la defensa de la libertad religiosa como derecho humano, el núcleo substancial del derecho a la libertad de cultos está, según el Artículo 1 de la Resolución 36/55 de la Asamblea General de la ONU, constituido por la defensa de las siguientes libertades:

1ª) Practicar el culto religioso.

2ª) Celebrar reuniones de carácter religioso.

3ª) Fundar y mantener lugares para la práctica del culto y la celebración de reuniones religiosas.

4ª) Fundar y mantener instituciones benéficas o humanitarias.

5ª) Confeccionar, adquirir y utilizar en cantidad suficiente los artículos y materiales necesarios para los ritos o costumbres de una religión.

6ª) Escribir, publicar y difundir publicaciones.

7ª) Enseñar la religión en lugares aptos para esos fines.

8ª) Solicitar y recibir contribuciones voluntarias de particulares y de instituciones.

9ª) Capacitar, nombrar, elegir y designar por sucesión los dirigentes religiosos.

10ª) Observar días de descanso religioso.

11ª) Celebrar festividades y ceremonias.

12ª) Establecer y mantener comunicaciones con individuos y comunidades en el ámbito nacional e internacional.

Así, el fenómeno religioso se plasma en el mundo cultural no sólo a través de las prácticas cultuales de una religión, sino también, además, en la posibilidad de enseñar la religión, según el numeral 7, ut supra.

Por todo lo anterior, es pertinente reflexionar en torno a las implicaciones de lo religioso en el ámbito público, pues si la educación es un servicio público esencial, y en ella se consagra en las intenciones curriculares de los Estados la formación trascendental de los estudiantes, cabe entonces plenamente la posibilidad de enseñar la religión en los establecimientos educativos, sean del orden público o privado.

 

INICIO Y DESARROLLO DE LA EDUCACIÓN RELIGIOSA EN AMÉRICA LATINA

Para introducir el tema, consideramos necesario dar una mirada rápida a la historia de nuestros pueblos Latinoamericanos, donde la educación religiosa ha tenido su dinámica especial a lo largo de la historia. Sin desconocer la dimensión religiosa de nuestros antepasados, como uno de sus elementos cohesionadores y de identidad cultural, es marcado el hecho de 1492, llámese éste «descubrimiento», «conquista», «encuentro de dos mundos» o «choque de culturas», por lo que la historia de la educación religiosa se fractura, desconociendo en gran parte las dinámicas didácticas propias de los pueblos indígenas –por mantener una cultura tradicional de carácter oral, aunque relatos de los primeros evangelizadores no ensalzan precisamente algunas prácticas como sacrificios humanos– y dando inicio a un ejercicio de transculturación desde lo político y la religión.

El descubrimiento, la conquista y la actividad misionera en las tierras americanas coincidieron con la visión y con el sistema de reconquista de la Península Ibérica ante el dominio musulmán, y también con el dinamismo de la unificación de sus pueblos, a través de la cosmovisión del orbe cristiano o unanimidad cristiana, fundamentados en la teoría de las dos espadas y la estructura de las dos ciudades, la de Dios y la terrena (con base en el pensamiento de Agustín de Hipona en su obra De Civitate Dei). De una parte, la cosmovisión religiosa se impuso como condición para sobrevivir o pasar por la espada de la religión católica; por otra, los misioneros evangelizadores, quienes no todos ellos gozaron de prestigio y formación teológica –como el tan venerado Bartolomé de Las Casas, un pobre enfermo mental con esquizofrenia aguda, a quien su propia congregación dominica repudió durante su vida–.

La mentalidad occidental conquistadora desconoció y rechazó frontalmente las creencias indígenas, con la imposición de un dios patriarcal y omnipotente, que exige la confesión de los dogmas y mandamientos sin mayor formación en la fe. Sin embargo, no todo fue imposición, ya que desde sus comienzos se planteó una disputa entre los mismos misioneros. Si bien los misioneros tenían su método y su afán de bautizar –podría describirse como «cristianismo nominal»–, una limitante era el conocimiento –o desconocimiento, más bien– de las lenguas originarias de la población. Dentro del esquema de evangelización surgieron estructuras en función de los grupos indígenas, como la Encomienda, la Reducción y la Doctrina.

Durante la colonia se consolidó la identidad y la cultura cristiana a través de los sacramentos y la catequesis. Ser cristiano era estatus de ciudadanía para las nacientes poblaciones y ciudades. Los ritmos de la vida y los condicionamientos sociales dejaron la huella de un cristianismo aparte de los proceso de fe y de maduración en la fe. Así, los Sacramentos y el Catecismo fueron las fuentes mínimas de la formación de los cristianos, del pueblo, de los laicos. Sin embargo, se pueden observar algunos aspectos positivos: “En esta época se dio el desarrollo de la vida cotidiana cristiana del laico, mediante el florecimiento de cofradías, consagraciones y órdenes terceras, como instrumento de integración de núcleos sociales y religiosos. Dichos grupos requirieron del conocimiento y formación en el campo bíblico, espiritual y moral. También surgió el testimonio evangelizador de maestros de escuelas, de fiscales de audiencia y de padres de familia. En este momento se constituyeron centros de educación cristiana más sistemáticos y orgánicos, entre los que se destacan las escuelas parroquiales, los seminarios y las universidades; la mayoría de ellas se dedicaron a la enseñanza de teología, moral y derecho canónico, pues conformaron centros de formación de élites religiosas.

A finales del siglo XVII van surgiendo en los pueblos latinoamericanos los sentimientos de libertad, acompañados por una posición dual de la iglesia: por un lado la jerarquía –que por el Patronato Regio ostentaba poder– se oponía a la misma; pero, por otro lado los párrocos vieron en estas campañas una espacio de libertad y dignidad para indígenas y criollos, y por ello apoyaron no sólo económicamente sino que justificaron desde sus predicaciones la campaña libertaria. Históricamente, este momento histórico es consecuencia directa de la caída de la monarquía borbónica, de la llegada del dominio de Napoleón I Bonaparte y su hermano José I en 1808, la actividad de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, y es por ello cuando surgen la emancipación, la autonomía y la separación de las colonias españolas en relación con la monarquía.

Con la entrada en vigencia de la era republicana, las nacientes repúblicas latinoamericanas fueron bebiendo de las ideas políticas de la Ilustración. El sistema educativo, con la influencia de las ideas de la Ilustración, de las corrientes independentistas y del liberalismo, constituyó la educación civil y estatal, sin influencia y participación eclesial y religiosa.

Aquí el panorama de cada Nación fue adquiriendo matices particulares, desde países constitucionalmente confesionales a países que, si bien respetan la religión, no la proclaman como la identidad de los Estados: “La información obtenida indica, en medio de la diversidad, la existencia de la Educación Religiosa Escolar en la escuela pública en 17 países: Argentina en algunas provincias; Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, Guatemala, Haití, Honduras, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Venezuela. En todos ellos se imparte con modalidades diversas y en todos  los  países  se  encuentra  en  proceso  de  cambio,  debido  a  las  reformas educativas en marcha en estos países”.

En el seno de la religión cristiana católica –predominante por gran mayoría en esas tierras– se equiparó la educación religiosa escolar con la catequesis –de hecho se desarrollaba como catequesis escolar o en algunos casos como historia sagrada–. Después del Concilio Ecuménico Vaticano II, a raíz del nuevo enfoque de la Iglesia sobre la naturaleza e identidad de la catequesis, se comienza a perfilar el ámbito específico de la catequesis y el ámbito de la Educación Religiosa Escolar, entendiéndolas como actividades distintas, pero complementarias. Hoy se tiene una visión contraria, hasta de repulsa plena, como leerá usted en la siguiente entrega, dilecto lector, si me honra con su tiempo.

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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