Columna de La Reconquista | “El «¡cloro al clero!» es un clamor”

“Cloro al clero”, he podido leer en paredes, muros, tabiques y señales a lo largo de buena parte de la geografía española (e incluso en algunas ciudades de Hispanoamérica visitadas). «Cloro» –que blanquea– al «clero» –tradicionalmente vestido con la negra sotana secular o los oscuros generalmente hábitos de los religiosos regulares–. Quién sabe por qué me recuerda a eso de “arderéis como en el 36”… Será psicológico mío…

Leyéndolo sin acritud alguna, en principio es una buena alusión a la limpieza, sin duda, del estrato clerical –algo con lo que muchos estamos de acuerdo, puesto que “las palabras conmueven, pero el ejemplo arrastra”, como bien dice el Refranero, y el “ejemplo” de defensa de la fe, moral, tradición y costumbres que proporciona el 95% de la jerarquía eclesial es, exagerando demasiado, tan tenue como una sutil brisa…–.

La verdad es que realmente hay un clamor popular –a veces claro y fuerte, a veces expectante, pero ya saben que el silencio también es metafóricamente tronitonante por la ya evidente omisión (que es pecado, y en el caso concreto que atañe, considero mortal y no venial) de anunciar la «buena nueva» con valor, firmeza y sencillez, “a tiempo y a destiempo”, en palabras de Pablo de Tarso. ¿Y qué tenemos? Tibieza, palabras muy políticamente correctas, pronunciamientos más anodinos que la visita de P. Sánchez a EEUU la pasada semana… y un hartazgo y desilusión inconmensurable en el pueblo fiel, creyente, sencillo.

¡Clama al Cielo, en verdad, tal cobardía! ¡No, Ilustrísimas, Excelencias y Eminencias! No pretendan siquiera cubrir bajo el manto de la caridad, so pretexto de la virtud de la «prudencia», lo que la fe que profesan, el juramento que han prestado y el deber de enseñar y santificar que tienen (¿no son los munus docendi  y munus sanctificandi?), les obliga y compele en todo momento: no tener miedo (¿recuerdan las palabras del Resucitado?), recordar que no somos de este mundo pero aquí vivimos para hacerlo justo, hermoso, bello y santo (¿no lo dice así la Epístola a Diogneto?). ¡Cobardes pastores, que abandonan a la oveja por temor al lobo! La valentía es la virtud fundada en la fortaleza, que atempera la osadía y la audacia con la templanza y la prudencia, sí, pero para ser aplicada, no meramente «entendida».

Confieso que, salvo muy contadas (y honrosas) excepciones, estoy decepcionado, triste y cansado de los «pastores», aunque no por ello dejaré ni mi fe católica, ni mis principios, ni la defensa de ambos puntos en mi vida, con la libertad que tengo para ello, la formación y comprensión adquirida –mucha o poca–, y, sobre todo, la fe porque la Iglesia no es la jerarquía, ¡gracias a Dios providente!, ni es una institución meramente humana–.

Entre las obras de misericordia, algunas destacan más que otras (¡ojo, todas son dignas de alabanza y encomiables!), y en lo concerniente al «cloro», al «clero» y al «clamor», tres de ellas son «de cajón»: Enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, y consolar al triste. ¿Qué hacen, Señores Obispos, para llevar el consuelo divino sino cerrar iglesias, permitir el derribo y profanación de cruces e imágenes sagradas, ahuyentar vocaciones, prohibir congregaciones diocesanas, fiscalizar al clérigo “disidente” y seguir cobrando del Estado? Permítanme ejercer de esta forma la corrección evangélica: “no podéis servir a Dios y al dinero” (Lucas, 16,13) o “no tengáis miedo, Yo he vencido al mundo” (Juan 16,33). ¿Necesitan alguna traducción, repetición, referencia, glosa, comentario o adición? ¿No? Pues… ¡aplíquenlo, Ilustrísimas!

Cloro. Mucho cloro. Me da igual si en vaso, botella, garrafa, cisterna o toneladas cúbicas. Y no para las vestiduras, por supuesto, sino para sus conciencias y corazones, a su vocación sagrada si la siguen considerando tal y a la coherencia del mensaje cristiano. Ahora bien, Excelencias y Eminencias: el cloro es para ustedes, exclusivamente. Porque muchísimos son los creyentes, laicos o clérigos, religiosas y consagrados, los que cada día –parafraseando a Ignacio de Loyola– dan sin medida, trabajan sin descanso, combaten sin miedo a las heridas, y no esperan recompensa alguna sino la de la carrera de la fe… ¿Y ustedes por qué no? Ni a un solo Monseñor he visto en las filas del hambre repartiendo despensas, dando consuelo ante dolor, infortunio y preocupación. Sus sedes episcopales deben ser más cómodas que llevar los pies por el polvo de los caminos como hacían discípulos, apóstoles y el Salvador, sin alforja ni sandalias.

Ustedes, pastores y guías ciegos, son la lamentación de Jeremías, el clamor de Raquel y la agonía de Getsemaní, pero sin su amor, fe, valor y perseverancia. Porque ante el aborto reconozco que sí han alzado ustedes la voz, pero… ¿ante la eutanasia? ¿Ante la ideología de género? ¿Ante la Ley Trans? ¿Ante la malhadada ley de memoria histórica? Silencio. Todo silencio. Condenatorio silencio, puesto que no es el del mártir que sufre por su fe, sino el del cobarde que teme un daño (recuerden: qui tacet consentire videtur si loqui debuisset ac potuisset “el que calla, si debió y pudo hablar, consiente”). Al conocerse el árbol por sus frutos, se les conoce, ¡oh, insignes mitrados!: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley (…), hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de corrupción y podredumbre” (Mateo 23,27).

Comprendo su mayor temor, de verdad, lo comprendo: la revocación del vigente Concordato. Lo entiendo, puesto que garantiza cuatro cosas: 1) Estado aconfesional (y no «laico»); 2) Educación religiosa católica en la enseñanza (a quien voluntariamente quiera elegirla, claro está); 3) Las percepciones económicas (sus salarios, como funcionarios del Estado, además de las deducciones por donaciones, las desgravaciones inmobiliarias, diezmos, colectas, etcétera, además de la “casilla” del IRPF); 4) La protección de los espacios sagrados y su inmunidad. ¡Vaya, les di en el clavo! Perderían la educación religiosa escolar, el dinero, etcétera.

Pero, ¡almas de Dios!, ¿no van a luchar, defender y pelear usque ad mortem por la defensa de lo poco bueno que nos queda, además de lo que es el núcleo de su actividad pastoral, llevar a Cristo? ¿Esbozan una tenue defensa en base a la vinculatoriedad de los tratados internacionales para evitar la destrucción del mayor monumento en la Cristiandad a la reconciliación, en el Valle de Los Caídos? ¿Permiten la profanación de lugares de oración y culto, con exhumaciones, desalojos y cobardía? ¿Continúan llorando porque la educación sexual está siendo hipersexualizada e hipergenitalizada, cuando ustedes callan, omiten y no enseñan? No llegan ni a ser «lágrimas de cocodrilo» sus pronunciamientos y circulares emitidas, como la fechada hace unos días, de título “Fieles al envío misionero”: Son 95 páginas llenas de mucha paja, pero con la misma profundidad de un charco.

Excelencias, si no frenan el clamor; si no le entran decididamente al cloro –al igual que le han entrado al silencio, a la tibieza, a la cobardía–; si no enseñan y santifican… ¡renuncien a sus cargos, porque el yugo se les hace demasiado pesado! De otra forma, la católica España no será sino un cadáver dispuesto para los últimos ritos, y ustedes irán en el mismo ataúd (¡y a cuántas almas no arrastrarán!), listos para Misa de Difuntos. Requiescant in pace!

@LaReconquistaD

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