Columna de La Reconquista | “El caduceo”

Son muchas las culturas antiguas en las que este símbolo aparece, consistente en dos serpientes entrelazadas y enfrentadas una a la otra alrededor de una vara alada. Su significado mitológico es parecido en todas ellas. El caduceo significaba la ciencia médica por antonomasia. Aunque no sólo es su aspecto de conocimientos terapéuticos o curativos. Significaría la transmutación de lo material, es decir la capacidad de génesis o creación de una naturaleza distinta. Una fuerza motora fuera de todo condicionamiento. Ello, a partir del equilibrio de dos principios existentes representados por las dos serpientes. A estos dos principios los denominaremos  polos, por ahora.

En otro símbolo similar, la vara de Esculapio, se representa la vara con una sola serpiente. Este símbolo es precisamente el icono que representa a la Organización Mundial de la Salud. Su significado en la mitología es el de la profesión médica. Es decir su significado es de mero conocimiento científico. No tiene el significado trascendente que sí tiene el caduceo.

Se conoce que la ciencia médica actual se basa en la farmacopea o la prescripción de medicamentos sintéticos para la curación de casi todas las enfermedades. Se ha establecido por esta industria farmacéutica, que es un auténtico gigante en volumen de facturación, inversión y beneficios económicos, la idea de que los agentes causantes de las enfermedades son los microorganismos. Por lo tanto esos medicamentos tienen por finalidad matar esa colonia de microorganismos que nos enferman. Es la teoría germinal de Pasteur elevada a la categoría de axioma áureo, imprescindible y principal.

Algo absurdo si se tiene en cuenta la existencia de nuestra macrobiota intestinal, o inmensa flora de microorganismos beneficiosos y patógenos en equilibrio perfecto entre sí. Además, esta industria ha proscrito los remedios naturales. La situación es que, simplemente, esa rama del conocimiento han logrado arrancarla del contenido curricular universitario de capacitación de los estudiantes de profesiones sanitarias en casi todo el mundo. Así sucede que la Artemisa Annua es tremendamente eficaz contra la malaria y, según el divulgador naturista español Josep Pamiés, también lo es contra el supuesto virus Sars Cov2. Debo insistir en que la supuesta pandemia lógicamente debe ser causada por un microorganismo, para no quebrar nuestro axioma de oro. En este caso, la “plandemia” se habría producido por un supuesto virus. Bueno pues, y esto no es una suposición, se está intentando impedir su cultivo en muchos países del mundo de un tiempo a esta parte. Esto es un ejemplo de lo que pueden lograr lo que algunos denominamos el “cartel farmacéutico y médico”.

Haciendo abstracción de todos los posibles argumentos en contra de lo antedicho, discúlpenme ustedes, la situación actual es un ejemplo de que, en la actual “plandemia”, no hay patógeno causante del síndrome pues su genoma no ha sido aislado. No puede tampoco haber un dispositivo de detección de ese virus pues su naturaleza no está identificada. Menos aún es posible encontrar un medicamento eficaz contra algo que se desconoce. Sin embargo el cartel farmacéutico ha logrado que los organismos reguladores, ósea los competentes para la autorización de los medicamentos que esas mismas compañías farmacéuticas producen; aprueben la aplicación masiva a la población de una terapia que no ha superado su fase de ensayo en animales. Su dinero, queridos amigos, lo puede casi todo. La serpiente ha sido desunida de su polo complementario y su efecto destructivo perdurará hasta que no emerja el polo de signo contrario con el que, juntos, conjurar y compensar el exceso y retornar al equilibrio. Por el momento, dada la proactiva complicidad de los gobernantes y de la OMS en este monumental delito contra la salud pública por parte de los laboratorios farmacéuticos, nos queda el naturista remedio hispano de ajo y agua. Si no fuera porque la plaga ha sido tan mortífera y por el elevado número de afectados por este complot, toda esta situación sería de coña marinera.

Sin embargo hay un aspecto que se nos olvida y es que, quizá, el objetivo sea la definitiva ruptura del caduceo. En el interior del núcleo de nuestras eucariotas células existen 23 cromosomas con forma de aspa. Esas aspas tienen forma de doble hélice y contienen nuestro código de genes (en forma de puentes de proteínas que mantienen unidas las dos hélices de desoxirribosa). Como dos serpientes entrelazadas. Si el ARNm de las inyecciones consigue alterar el mecanismo de transcripción genética, desde las células madre a las hijas, creo que el diseño estará definitivamente imposibilitado, sería una irreversible afectación fisiológica que impedirá por siempre que las dos serpientes vuelvan a encontrar el pleno equilibrio. Nuestra condición de criaturas del Señor se relativizaría. Se podría jugar con nuestra naturaleza y hacer seres biónicos con dispositivos tecnológicos combinados con nuestro cuerpo. Creo que en eso consiste el transhumanismo. Relativizar la copa que acoge nuestra alma para arrancarla de un cuerpo que ya sólo funcionaría como una máquina.

@LaReconquistaD

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