Columna de La Reconquista | “El arte de la mentira política”

Por supuesto, mi muy estimado señor lector, que jamás defenderé que la mentira sea un arte –aunque reconozco que hay demasiados “practicantes” seguidores de la aplicación de la misma, bástenos con ver cualquier día las sesiones del Congreso–, ni mucho menos que la política –entiéndase que me refiero a esa ciencia del gobierno y administración del Estado, y no a la «politiquería barata», generalmente sucia y desaprensiva pululante por todo el orbe– pueda basarse ni utilizar la mentira como medio para alcanzar fin legítimo alguno. Al contrario. El noble arte de la política, del servicio desinteresado al pueblo, a la sociedad –que ojalá volviese a ser no remunerado, como en los gloriosos tiempos de la democracia ateniense o la república romana, ya que tanto les gusta exaltar tanto la presunta “democracia plena” en la que vivimos como una ficticia “república” más utópica que la de Platón–, ha sido ya pervertido hasta el tuétano por estas ideologías tan imperantes y “modernas”, que difícil es encontrar en ella visos de la legitimidad, del bien, de su finalidad propia.

Discúlpeme usted si el párrafo precedente estuvo un poco largo y encendido, pero… ante la cuantía de dislates (que uno podría auténticamente calificar como “babosadas” o “estupideces”) pronunciadas por los hodiernos políticos, casi (¡casi!) preferiría una lobotomía, puesto que solo insultan la inteligencia del ciudadano. Permítame explicarme.

Cuando el británico Jonathan Swift escribió el panfleto “El arte de la mentira política” (del cual copié el título de esta columna), textualmente afirma: “Mi imaginación me remite a cierto gran hombre conocido por ese talento de la mentira política, y gracias a cuyo sostenido ejercicio debe su larga reputación de veinte años como la cabeza más hábil de Inglaterra para entender asuntos delicados”. Vaya. Suprima usted “Inglaterra” y reemplácela por “España”, y de seguro que comenzarán a brotar de su memoria e imaginación un sinnúmero de rostros muy actuales, hasta el punto que quizá no llegue usted a poder realizar una lista de quién miente más –un “top ten”, que dicen ahora más modernos–. 

Contunúa Swift diciendo: “La superioridad de su genio no reside más que en una inagotable fuente de mentiras políticas que, con abundancia, difunde con cada una de sus palabras y, con idéntica generosidad, olvida y contradice a la media hora”. Desde luego, cualquier parecido con la realidad no es coincidencia: es el “arte” de mentir. ¿Recuerda usted quién dijo que jamás pactaría con unos o con otros para llegar a gobernar? ¿Recuerda usted a otra “siniestra” política que afirmaba que los impuestos no iban a subir, que la recuperación económica de España se daría con fuerza a mitad de 2021? ¿Recuerda usted…?

Al parecer, pues, según nos lo corrobora la hemeroteca (¡bendita hemeroteca, que nos permite dar en el hocico esos hermosos toques de recuerdo de sus contradicciones, embustes, falacias, mentiras y suciedad!), en la gloriosa España ya la verdad no vale nada. Ante cualquier verdad objetiva, con datos evidentes, automáticamente buscarán los políticos en turno “justificar” su dicho, siempre achacando la culpa al oponente, a las circunstancias, a la coyuntura, a la “pandemia” que cual jinete del Apocalipsis sigue dando muerte por todos lados… pero jamás reconocerá que mintió. ¡Para nada! Su “honor” (esa “conciencia y honor” por la cual juran o prometen sus cargos) no les permite reconocer que no son sino vacuas bolsas de aire, de palabrería barata, de embustes precocinados… que, desgraciadamente, parecemos ansiosos por creer y consumir.

Ahora bien, lo peor de todo es que el mentiroso más poderoso (o el más poderoso mentiroso, como guste usted) tiene una cantidad de imitadores que ni Charles Chaplin en sus mejores tiempos. Todos son lacayos serviles (aunque ahora se les denomine “asesores”, “ministros”, “secretarios” o como corresponda en la función pública). ¡Qué barbaridad! Pero, claro, ya lo sabíamos, puesto que es la consecuencia directa de nuestro “buenismo”, del no querer “meterse” en política, del no querer “mancharse las manos” en tareas de confrontación ingrata… Pues… ya lo dijo milenios ha el famoso Platón: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres” (añada usted, si prefiere, por ser inclusivo, “mujeres”, que tanto monta, monta tanto).

Si queremos recuperar la sana vida política, que suma y construye, tiempo es de que volvamos nuestros ojos hacia quienes buscan la verdad y la proclaman. De lo contrario, perderemos incluso el derecho a quejarnos o reclamar, puesto que la cobardía nos impedirá siquiera hablar (pero no votar, claro, puesto que es característica del “votonto” ser “votante” cautivo). Seguir favoreciendo al mentiroso, marrullero, liante y desvergonzado es seguir en la idiocia anestesiada de esta sociedad “globalista”, necia y ciega. Tiempos llegan de que el agua al cuello alcance… roguemos que no se ponga a hervir, porque nada quedará de España ni de nosotros.  

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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