Columna de La Reconquista | “Dosis de recuerdos: una manera de hacer Europa”

“Dosis de recuerdos”, “Una manera de hacer Europa”: son dos de los principales eslóganes de la nueva campaña de inoculación –que podría ser para luchar contra la mal llamada “Viruela del mono”, o contra la extraña “Gripe del tomate” –, pero aunque duela decirlo, es contra la “COVID-19”, o al menos eso es lo que se dice en el vídeo promocional de 29 segundos de duración, emitido por televisión, y publicado en Internet el 24 de mayo de 2022 en una cuenta de YouTube del Ministerio de Sanidad. Dicha campaña está cofinanciada por la Unión Europea con fondos “React-EU. Next Generation”. Tales fondos están dotados con miles de millones de euros, y supuestamente, están destinados a reparar los daños económicos y sociales inmediatos causados por lo que han llamado: “pandemia de coronavirus COVID-19”. Por cierto, este vídeo ya cuenta con ‘7 ME GUSTA’.

Todo aquello que se dice y se escribe, e incluso aquello que se calla o se omite, es susceptible de ser analizado para poder extraer toda la información útil que, de manera intencionada o no, puede hallarse escondida entrelíneas. Esta labor es especialmente útil, sobre todo cuando nos interesa no ser engañados.

Tanto la publicidad comercial como la propaganda política e ideológica están presentes en nuestro día a día sin que lo hayamos solicitado. Sin darnos cuenta, nos topamos con una valla publicitaria mientras vamos conduciendo, o tal vez, de pronto recibimos multitud de propuestas y ofertas vía email que no recordamos, la mayoría de las veces, en qué maldito momento las solicitamos. Lo mismo ocurre con las llamadas telefónicas de algún comercial, que nos hace preguntarnos: “¿cómo es que tienen mi número de teléfono?” E incluso la presencia invasiva de símbolos, anagramas, o simplemente colores –que parecen haber sido poseídos por movimientos políticos e ideológicos– nos los podemos encontrar en el mismo suelo donde vamos a pisar, en un paso de peatones, por ejemplo, o al entrar y al salir de un edificio, etcétera.

Toda esta sobredosis de mensajes tiene en común que siempre pretenden convencernos de algo. Y lo suelen hacer intentando hacernos creer que tenemos “necesidades” que ni siquiera sospechábamos tener, es decir, que podríamos continuar tranquilamente nuestras vidas al margen de estos mensajes. El famoso y misterioso “grafitero” de identidad desconocida (Banksy), argumentó en alguna ocasión que se tomó la licencia de hacer grafitis y lanzar sus propios mensajes al observar la cantidad de pancartas publicitarias y pegatinas ideológicas de todo tipo que invaden el espacio común de todos nosotros sin habernos pedido permiso previamente.

Y precisamente así empieza este vídeo propagandístico de inoculación masiva, intentando convencernos de algo a través de una necesidad inventada: “Necesitamos una buena dosis de recuerdos…”. Tengamos claro que lo que nos cuenta un comercial por teléfono o los eslóganes propagandísticos y publicitarios, están muy repensados, hasta el punto de introducir mensajes subliminales que puedan afectarnos emocionalmente, o que nos causen un impacto al primer vistazo, y que podamos recordar fácilmente. Ese es el cometido de un eslogan. Pero lo que no pretenden es hacernos pensar, sino actuar sin pensar. Pero en esta ocasión: actuemos pensando. Vamos a analizar los mensajes de este vídeo propagandístico.

Así, de entrada, llama la atención esto de las “dosis de recuerdos” para, posteriormente, quitar una “s” del plural que cambia todo el significado: “dosis de recuerdo”. Si hacemos un poco de memoria y nos distanciamos un poco de la situación en la que estamos –tras haber sido bombardeados con toneladas de desinformación–, no tenemos más que tirar de la hemeroteca que hay en nuestra memoria, para descubrir la trampa o destapar el engaño.

Curiosamente, hasta hace poco enumeraban las dosis, y le llamaron “pauta completa” a haber recibido dos dosis. Pero luego vino una tercera dosis, a la que llamaron “de refuerzo”. Pero ahora son “de recuerdo”. Y en este vídeo propagandístico, primeramente nos presentan el relato “trilero” aludiendo a que: “Necesitamos una buena dosis de recuerdos”. ¿Qué tenemos que recordar: la España de los balcones durante el encierro, perdón, confinamiento?¿Acaso nos hemos olvidado de algo? ¿O nos tienen que seguir machacando con toneladas de propaganda como ésta para convencernos de que pongamos el brazo –sin prescripción médica y bajo nuestra exclusiva responsabilidad, para que nos pinchen y nos inyecten una sustancia extraña “por nuestro bien”, “por nuestra salud”?…, que a día de hoy, ya sabemos a toro pasado, que dicha sustancia extraña no vacuna contra aquello que dice que vacuna. A pesar de todo esto, insisten en que: “… continuemos haciéndolo igual de bien, que sigamos las recomendaciones sanitarias y completemos nuestra vacunación con dosis de recuerdo, para hacer frente al virus y recuperar nuestras vidas”. Pareciera que sólo existe un virus, cuando convivimos con millones de virus.

De modo que aquel mensaje de la “pauta completa”, se trató de un mensaje engañoso. Por consiguiente, ¿por qué ahora estos nuevos mensajes no van a ser menos engañosos? Para empezar, son imprecisos: ya no enumeran las dosis, ahora cada nueva dosis es “de recuerdo”, ¿hasta que perdamos la cuenta y lleguemos a la “sobredosis”?

Sigamos haciendo memoria, porque la delincuencia fue disminuyendo a lo largo de la década de 1980 debido a las sobredosis de heroína. Esta droga dura se llegó a relacionar con la enfermedad del SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida), pero no por la droga, claro, sino por compartir jeringuillas, es decir, lo tóxico es compartir jeringuillas, no la droga en sí; es decir, la heroína no fue la responsable de debilitar el sistema inmunológico (lo digo con ironía). La diferencia es que, en aquella década de excesos, esa sustancia tóxica se consumía en gran medida en ambientes marginales; sin embargo, ahora se está inyectando en masa una sustancia desconocida pero a nivel oficial, en grandes pabellones que podríamos denominar vulgarmente: “vacunódromos”.

Tengamos en cuenta que los venenos y las sustancias tóxicas, en ocasiones son mortales en función de la cantidad ingerida. También hay venenos que matan fulminantemente en el acto, pero otros más refinados matan lentamente. Así han “mejorado” la receta del veneno para ratas, dado que las ratas aprendían al ver el efecto inmediato del veneno y dejaban de comerlo, pero cuando una rata no ve morir a una compañera de manera instantánea, sino al cabo de unos días, desconoce cuál es el origen del problema.

Tal vez lo que no quieran que olvidemos es la sensación que produce el “miedo”, y las alteraciones mentales que desencadena. Lo que no aceptaríamos jamás en una situación libre de pánico, bajo el influjo del miedo, nos predispone a actuar de una manera más impulsiva y menos reflexiva: ya que se activan otros mecanismos reflejo neuronales ligados, por ejemplo, a la estampida para no ser presa en una cacería, a la huida para salvarse de una catástrofe, etc., lo cual, no permite pararse a reflexionar racionalmente. Pero recordemos que, ante el miedo, también podemos reaccionar paralizándonos por completo, bloqueando casi la respiración, tal vez para no ser detectados por quien nos esté acechando. Pero con el pánico metido en el cuerpo, con el raciocinio bloqueado, es mucho más fácil aceptar lo que, en una situación normal, jamás aceptaríamos. De modo que, a través del miedo, se puede inducir a las personas a aceptar lo inaceptable, y a caer en una trampa.

De hecho, una manera muy astuta de cazar o pescar es provocando una estampida, para dirigir a continuación a un grupo que huye, hacia un foso, un acantilado o una red, etcétera, donde encontrarán una muerte segura. Si la caza consistiera en un enfrentamiento cara a cara, tal vez la víctima tendría muchas más oportunidades de armarse y salir airosa del ataque. Y en defensa personal, una manera muy eficaz de “ablandar” a un adversario, antes de aplicarle una técnica de inmovilización es: a través de un golpe bajo, unas palmadas en los oídos, o cualquier tipo de engaño o luxación. De esta forma actúa el miedo: predisponiendo a quien lo sufre a una posición más vulnerable.

Otro de los detalles más llamativos del mensaje engañoso de este vídeo-propaganda, es el eslogan que aparece al final del mismo: “Una manera de hacer Europa”. Aquí cabe la pregunta: ¿acaso Europa está en construcción? ¿No estaba construida ya o de qué va todo esto? No son meras sospechas, nos basamos en sus propias palabras, que desvelan probablemente mucho más de lo que les gustaría, porque repito: toda acción es susceptible de ser analizada con lupa, y aunque la publicidad contenga mensajes subliminales, o aunque la propaganda abuse de esa manera tan sibilina de intentar engañar, incluso en esos casos, es imposible ocultar el engaño. Y aunque pretendan que el espectador sólo se quede con lo más superficial e impactante, en el caso de este vídeo-propaganda la falsedad salta a la vista.

Y aún a falta de tiempo para reaccionar, es decir, para poder pararnos a reflexionar, a razonar, la intuición nos puede indicar el camino correcto. En ocasiones, el conocimiento puede estar contaminado con datos erróneos y estadísticas manipuladas –la desinformación con la que hemos sido bombardeados, de modo que el disponer de más o menos datos no garantiza que sepamos la verdad.

No es nada difícil encontrarle sentido a este eslogan: “Una manera de hacer Europa”, si tenemos en cuenta el contexto actual. Pretenden que quien pone el brazo para que le inoculen una sustancia desconocida directamente al torrente sanguíneo, sienta que está contribuyendo a un gran objetivo, al bien común, a un gran proyecto humanitario. Ésta es una manipulación típica de cualquier secta: el comprometer a la víctima, hacerle sentir partícipe de una gran misión, aunque sea ficticia o dañina. Pero en este caso, la contribución personal puede ser mucho más macabra, sobre todo teniendo en cuenta la agenda que gira en torno a esta situación.

En este caso, “… hacer Europa”, es más bien: “transformar Europa”. Ya hemos visto la cantidad de personas mayores que han fallecido, o que han dejado fallecer, víctimas de un secreto a voces, a las que han colgado la misma etiqueta en serie: “… por o con COVID”, pero sin ninguna autopsia que lo pruebe, o censurando cualquier debate científico y objetivo que ayude a comprender lo que pasa.

También vemos que la inmigración ilegal se está legalizando y normalizando descaradamente, en esta “… manera de hacer Europa”. Diera la sensación de que quisieran reemplazar forzosamente la población europea nativa por población inmigrante, sobre todo de origen africano. ¿Acaso es esa la contribución que hace el que acude “libre y voluntariamente” a inocularse, después de ser coaccionado?: es decir, ¿contribuye a la causa quitándose de en medio?

Las imágenes del vídeo, al igual que la voz en off, son igualmente llamativas. Una de esas imágenes llamativas, es la de un niño sin mascarilla que sonríe mirando al espectador, porque una lúgubre y grotesca sensación de falsa felicidad recorre todo el vídeo. La combinación de enfermedad con radiante salud resulta inverosímil. Es como mezclar los ingredientes de un cóctel explosivo, y agitarlos de manera burda durante medio minuto, aproximadamente. Si recordamos la propaganda anterior a ésta, o si observamos un canal infantil de televisión, donde un par de profesoras sin mascarilla, intentan enseñar “buenismos” falsos a una clase de niños embozalados casi hasta las cejas, la imagen del niño sonriente y sin mascarilla de este vídeo, resulta triste y conmovedora: porque está siendo manipulado, porque primero le obligan a llevar un tapabocas y luego le obligan a sonreír, porque está totalmente desprotegido ante las garras de un sistema que intenta arrancarlo de su familia, de sus progenitores, los cuales ya ni siquiera saben protegerlos, porque están abducidos por este sistema opresor.

Si lo que venía exhibiendo la propaganda, como políticamente correcto, era el uso de las mascarillas en cualquier espacio y lugar: ¿por qué ahora vemos sonrisas frescas llenas de ilusión y esperanza en el futuro? Porque ahora, éste es el cebo, la trampa, para generar confianza en este sistema corrupto y criminal, que ha perdido la credibilidad por completo. Esta falsa exhibición de felicidad infantil, se puede apreciar también a lo largo de las distintas franjas de edad inoculables. Esta infamia se acentúa si recordamos esos platós de televisión, es decir, espacios interiores, que en los títulos de crédito de los programas decían cumplir las “normas COVID”, pero que sin embargo, cualquier telespectador pudo ver pasmado cómo el público siempre iba embozalado, incluso con máscaras con sonrisas grotescas aumentadas de tamaño, pómulos muy marcados y muecas exageradas…, mientras los periodistas, presentadores y estrellas invitadas nunca jamás llevaron puestas ninguna mascarilla –y a ojos de todo el mundo, mientras desinformaban, provocaban una falsa alarma social, y transmitían las “normas COVID” para que las cumplieran los demás.

Y todo esto está pasando, aparentemente, con total impunidad. Diera la sensación de que el uso de estos tapabocas esté diseñado para los “parias”, véase: el público de un plató, los operadores de cámara, técnicos de sonido, camareros, etcétera, etcétera, es decir, los ciudadanos de a pie. Esas muecas congeladas, esas risas permanentes impresas en las mascarillas, aunque no sabemos si la persona se reía o no, parecen risas enlatadas, ya no se veía al público aplaudir, no vaya a ser que airearan el virus fantasma unos telespectadores de plató que parecían maniquíes de cartón, simples autómatas, tristes marionetas…, y esa milimétrica y absurda “distancia social”: el retrato de un escenario delirante convertido en cotidiano y normal.

También debería sorprendernos la voz en off: no se trata de la voz de un niño ni de una mujer –algo muy socorrido para las propagandas políticas e ideológicas y los innumerables anuncios comerciales–, sino que han elegido la voz de un varón de avanzada edad: con ello nos pretenden mostrar la voz de la experiencia, el que da los consejos en la tribu… Tengamos en cuenta que la primera imagen elegida para este vídeo propaganda, es un primerísimo primer plano también de los ojos de una persona anciana, que mira directamente al espectador, pero con una expresión aterrada de dolor y sufrimiento, como si pudiera ver acercarse a la muerte delante de sus ojos, pero en forma de virus, nunca de falsa vacuna salvadora. Todo muy convincente. Igual que la última imagen: la de una mujer madura muy satisfecha con el pinchazo recibido.

Y por otra parte, esa ternura y fraternidad, esa sensación de seguridad –que viola las propias “normas COVID” de “distancia social”–, cuando vemos una estampa que podría haber sido sacada de un álbum familiar, de una persona mayor y su cuidadora –tal vez una pariente cercana–, unidas en un tierno abrazo y contemplando al espectador, haciendo un posado para la cámara que no se ha podido ver en ningún hospital a lo largo y ancho de todo este plan pandémico.

Curiosamente, este vídeo-propaganda no pretende asustar a nadie, sino todo lo contrario, lo cual, es una incongruencia descarada, porque en toda esta odisea pandémica no se ha hecho otra cosa que infundir terror continuamente hacia un virus fantasma que no ha sido aislado ni secuenciado por ningún laboratorio. Porque, insistimos, este vídeo pretende ser otro cebo más para que los ciudadanos piquen y caigan de nuevo en la trampa, sobre todo teniendo en cuenta que están más escarmentados que antes.

Pero esta apariencia noble e inocente no es casual: porque los malos saben perfectamente que hacer el bien es algo muy poderoso, de hecho, lo antinatural es cometer maldades, por eso los malos intentan hacerse pasar por buenos. Pero citando a Facundo Cabral: “Si los malos supieran qué buen negocio es hacer el bien, harían el bien aunque sea por negocio”.

@LaReconquistaD

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