Columna de La Reconquista | “Digan lo que quieran… ¡la Cruz prevalecerá!”

Es un hecho conocido por todos los españoles de bien, creo yo, que la sistemática y sistémica –porque tiene estas dos vertientes, no deje usted que le confundan: por un lado es progresiva y por el otro, es premeditada– destrucción de muchas Cruces a lo largo y ancho de la geografía de la bendita tierra española acaece cada vez de formas más virulentas, salvajes y despreciables –perdóneme la crudeza–, ignorando no sólo la idiosincrasia, cultura, religiosidad, arte o historia de las tierras y sus monumentos, sino además buscando ofender, herir, lacerar, lastimar y dañar –con plena saña, dolo, alevosía y todos los agravantes que el derecho permite contemplar– el alma y sentimientos religiosos del noble pueblo español, invadido por unos, saqueado por otros y repudiado por puñados de utópicos desagradecidos –y no piense usted que estoy remontándome a la invasión musulmana del 711, a las aberraciones del periodo 1931-1939 o a 1978, sino en fecha hodierna, presente, actual–.

Me causa indescriptible tristeza –y, perdónenme Dios y usted, también coraje– que muy pocas voces se alcen para protestar por tamañas tropelías, que son plenamente constitutivas de un delito de odio a la religión y al derecho humano a la libertad religiosa (que abarca también la expresión de la religiosidad en cualesquiera de sus formas). En una columna anterior me preguntaba, al igual que el Evangelio, si encontraría fe en la tierra española nuestro Salvador Jesucristo cuando llegase en su Segunda Venida, si bien me refería al contexto de la vaguedad de actuación de la jerarquía eclesiástica católica española (“El «cloro al clero» es un clamor”). Ahora he de extender esa vaguedad no solo a los mencionados, sino a todos los creyentes –sin excepción, clérigos o laicos– e incluso a no creyentes, que son personas muchas veces de buena voluntad y actuación.

Ciertamente, algunas organizaciones de abogados e incluso algunos políticos han presentado los recursos correspondientes ante los tribunales competentes, lo cual aplaudo y celebro –puesto que en la mayoría de los casos han sido aceptados, y las sacrílegas destrucciones no se han permitido, ni bajo pretextos fútiles de “desmemoria histórica” ni bajo alegatos de intrusismo religioso en una sociedad aconfesional–, aunque es complicada la “batalla” judicial, puesto que Cruces hay muchas, pero jueces coherentes con la ley y la fe, o abogados valientes, políticos congruentes y ciudadanos audaces hay pocos… Pero hoy tuve la última gota que hizo desbordar el vaso de mi corazón en este tema.

Creo, dilecto señor lector, que quizá ya ha adivinado usted esta última gota –en terminología suave–, que voy a llamar “desgracia y vergüenza nacional”. Me refiero a la demolición que, por su voluntad propia de alimañas –con inteligencia de raposas y vientre putrefacto por “tragar” toda “ideología”–, han realizado integrantes del filoterrorista y proetarra grupo llamado “Ernai”. Existen, en efecto, estos grupúsculos –no tan minoritarios como me gustaría– que operan al margen de la ley, de la conciencia, de la razón y del deber, abducidos por el odio que les rebasa como tonel roto. Este grupo que le comento, señor lector, el pasado lunes 11 de octubre, de madrugada, derribó la Cruz a los Caídos que estaba emplazada en el monte Gantzabal, en Lemoa (Vizcaya). “Ernai” se autodefine como “una organización juvenil revolucionaria de la Izquierda Abertzale cuyo objetivo es conseguir un País Vasco joven, libre, socialista, feminista, ecológico y vascoparlante” –no piensan siquiera en “taparle el ojo al macho” con decir que buscan la paz, la armonía social ni alguno de los valores que apreciamos los demócratas,, porque los pobres sacrílegos ni inteligencia tienen para ello, lobotomizados como están por los resabios muy reales y actuantes de la ETA, como SORTU –y su “santo” guía espiritual, ese tal Otegui– (y que no me vuelvan a decir que la ETA no existe, que ya fue desarticulada, destruida, terminada o como lo quieran expresar, porque la pluma fina de quien suscribe podría ser algo más afilada, e incurrir en preguntitas muy incómodas para el Ejecutivo, como: ¿y dónde están las armas de esa banda terrorista presuntamente ya inexistente? ¿cuándo las devolvió y con qué testigos? ¿dónde están los muchísimos millones que percibió esa banda deleznable con su “impuesto revolucionario”, colectado con sangre y muerte, víctimas inocentes y atentados despreciables? Etcétera…).

En lo personal, me importa un comino lo que quieran en su subjetividad mental –presumo que la tienen, aunque dudo que sea fruto de la reflexión, ponderación y valoración, porque al olmo no se le pueden pedir peras–, y pueden ser todo lo ecosostenibles, biodegradables, jóvenes –¿qué querrán hacer con el 67% de la población de las Vascongadas, que supera los 50 años de edad según los censos? No me pregunte usted, que lo ignoro–, verdes –o morados o rojos, igual me da, porque así como “el hábito no hace al monje”, tampoco el color dice nada excepto que ahí está, quizá como maceta en la ventana–, y “parlantes” del batúa inventado por mentes más imbéciles aún –puesto que ni logran entenderse en el mismo vascuence los vecinos de poblaciones cercanas–.

Lo que sí me importa es que estamos “haciendo la vista gorda” (y de forma cobarde y comodona) ante las aberraciones abominables de estos hijos de ETA, de OTA, de … (continúe usted como guste, paciente lector). Y más aún con lo sagrado. Por supuesto, no soy tan ingenuo como para pensar en “actos aislados” –le comenté previamente a usted que era sistemático y sistémico–, o en “locuras de juventud” –porque también yo soy joven, en el cuarto peldaño de mi vida, y ni en pesadillas podría pensar en destruir, matar, profanar, violar las conciencias o actuar tan cobardemente–. La actuación subyacente es alevosa, dolosa, culposa y responsable, pero… esas “tiernas criaturas”, esos “sus niños” del Gobierno del ultrajado Reino de España, ¡pobres hijos, que solo buscan expresarse!

Pues discúlpeme usted, pero ¡YA BASTA! O defendemos lo que tenemos, o nada tendremos para poder siquiera pensar en defender. ¿Cuándo el aguerrido y noble pueblo español se ha hecho tan timorato, cobarde, aborregado y “perroflauta”? ¿Cuándo hemos perdido los valores, la decencia, el honor, la fe, la palabra? El 79% de la población española ha jurado bandera para defender la Patria, y 93% de los españoles se reconocen “creyentes” (católicos o de otras confesiones cristianas). ¿DÓNDE ESTÁN? ¿Escondidos, agazapados como avestruces, mudos como paredes, testigos cómplices por su silencio? No puedo creerlo, es más, ¡quiero negarme a creer que mis hermanos compatriotas actúen así!

Sin embargo, estimado lector, llegaron a mi memoria unas palabras que son el lema de los monjes cartujos (aunque haya pocos, por ser una vocación muy dura en la consagración a Dios mediante el silencio y la oración): “STAT CRUX DUM VOLVITUR ORBIS” (“LA CRUZ PERMANECE EN PIE MIENTRAS EL MUNDO GIRA”, y me da consuelo recordar las palabras del Divino Maestro: “No tengáis miedo, Yo he vencido al mundo”. Ello no implica que me vaya a quedar con las manos cruzadas, o arrodillado en oración únicamente. No. Presentaré como ciudadano un recurso (es mi derecho), junto con otros abogados creyentes. ¿Firmaría usted un recurso así, que condene la barbarie de la apología del terrorismo, de la violación a la libertad religiosa, de la conculcación del estado de derecho por filoetarras que se crecen para pisotearnos? Espero que sí, señor lector, es más: ¡le ruego que sí!

Mientras tanto, una cruz menos físicamente en tierra, una Cruz más para los hombros del Salvador crucificado, una herida más en su Corazón misericordioso y amante… Pero también una excelente oportunidad para escuchar esas palabras de “SURGE ET AMBULA”, “LEVÁNTATE Y ANDA”, que Cristo dijo a Lázaro.

¡Basta de cobardías! ¡Basta de “pasotismo”, de indiferencia, de miedo! España, noble y gloriosa, nunca ha sido así. ¿Vamos a permitirlo ahora? Como Salustio escribió en boca de Cicerón: “Quo usque tándem abutere patientia nostra?” (“¿hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia?”)… La respuesta es inconcusa: hasta que lo permitamos. Ah, eso sí –y ruego su perdón–, no estemos luego como plañideras llorosas por dejar que estas cosas sucedan, que las blasfemias y profanaciones se acumulen (y no he dicho nada de la Catedral de Toledo y su ex Deán…), porque… ¡poco tiempo nos queda!

Pero para estos “amables” grupos de “limpieza cultural”, no dude usted que seguramente (y para variar), la culpa siempre es de los católicos, suya y mía… De acuerdo. Përo recordemos que “a Dios rogando, y con el mazo dando”.

@LaReconquistaD

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