Columna de La Reconquista | “Derechos y «falsiderechos», realidad actual (I)”

Imagen cortesía del diseñador gráfico y artista NIN-J.A. 2020

Bien sabe usted, estimado lector, que dentro del desarrollo de la conquista de derechos y libertades –sin excluir también la visión de que el derecho comporta en sí también un deber, como bien lo explicitan los principios generales del Derecho que hemos heredado como tales desde los romanos: bonum vivere (vivir el bien), alterum non ladere (no dañar al otro) y suum cuique tribuere (dar a cada uno lo que le corresponde, lo que es suyo por naturaleza)–, el propio dinamismo del Derecho –su «progresividad», para ser precisos– ha formulado los «Derechos Humanos» (antaño eran los iura hominum o iura naturalia, derechos de los humanos o derechos naturales).

Estos «Derechos Humanos» pertenecen a la persona humana por esencia, naturaleza, dignidad y principio (o sea, que conjugan en sí el ser universales, imprescriptibles, irrenunciables, interdependientes y progresivos, si bien diferentes autores añaden o suprimen alguna de estas cualidades características). Es decir, que son inherentes a la condición humana, sin excepción alguna posible, se trata de quien se trate –puesto que humanos, aunque no lo parezca, lo somos todos los pertenecientes a la clasificación de homo sapiens sapiens, si bien de algunas personas cabrían serias dudas sobre su evolución, o mejor dicho sobre su involución, ya que parecen, actúan y piensan como auténticos pitecanthropos–.

Cierto es que no son derechos absolutos –puesto que, al igual que la libertad, tienen el límite tanto de legitimidad como de legalidad, pero desde un punto de vista no únicamente objetivo en base a las normas imperativo-atributivas, sino también desde la subjetividad de la teleología del ser humano, sin negar su naturaleza–. Permítame, amable lector, explicarme, porque la frase precedente salió algo técnica… Me refiero a que esos Derechos Humanos son reales, pertenecen a cada ser humano, aunque están sujetos unos a otros para complementarse –interrelacionados–, sin que se caiga en el abuso de un derecho que pudiere ser perjudicial para todos los demás.

Ya el tema, de por sí, es un poco complicado, pero hemos subido el primer escalón: los Derechos Humanos son los que tiene todo ser humano por el hecho de pertenecer a la condición humana, son inherentes (e inseparables) a su naturaleza humana, sin límite de espacio, tiempo o circunstancia. Mis derechos. Para que yo pueda alcanzar mis fines últimos –diríamos nuevamente «teleología», que Aristóteles describe como el anhelo mayor del ser humano: la felicidad (eudaimonía, en griego)–. Por supuesto, no relativiza ni el fin, ni permite moralmente todos los medios. Además, los Estados (todos los que han suscrito y ratificado la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los tratados internacionales referentes a la materia, desde las Convenciones hasta Protocolos, Pactos, Convenios y Tratados) tienen la obligación vinculante de proteger, velar, tutelar, observar y fomentar estos Derechos.

Hasta aquí, todo iba bien. Y escribí «iba», porque subimos el segundo escalón: ¿cuáles son esos Derechos Humanos? Hemos dicho qué son, pero es otra complicación enumerar cuáles y cuántos son, porque nadie se pone de acuerdo con nadie al respecto. Así, la Declaración aludida presenta un catálogo basado en «derechos generacionales» (es decir, de «primera generación» –derechos civiles y políticos, que son los de vida, libertad personal, de expresión, de seguridad jurídica, etcétera–, de «segunda generación» –los derechos atinentes a los temas económicos, sociales y culturales– y los de «tercera generación» –los derechos de solidaridad y ambientales–), pero otros instrumentos jurídicos varían su orden o su aplicación y reconocimiento.

Creo que es inconcuso afirmar que el primer derecho humano es el derecho a la vida. Sin vida (y su protección desde el momento de la concepción, como lo explicitan algunos tratados de Derechos Humanos, muy convenientemente silenciados por las ideologías «de la muerte»), los demás derechos carecen de sustrato (¿para qué quiero tener derecho humano a la vivienda o al agua o al internet, si no me dejas ni nacer siquiera?).  

Bien, son Derechos Humanos reales, e incluso –mediante la «teoría de la ficción», esbozada ya por Savigny y sus amigos– concedemos esos mismos derechos (¡aunque no sean personas humanas!) a las instituciones como el Estado o las asociaciones, sociedades y agrupaciones –porque si careciesen de «personalidad» sería imposible llevarlos a juicio por violación de derechos, por ejemplo–. Hasta aquí también me trago la píldora, aunque sea algo complicado entender que una empresa (por ejemplo) tenga “Derechos Humanos” –especialmente, económicos– mientras que miles de niños mueren de hambre cada día en el mundo –aunque tengan el Derecho Humano a la vida, a la salud, a la alimentación, máxime por el principio del interés superior de la infancia–…

Donde ya no puedo estar de acuerdo, por mucho que sea doctrina jurídica, es con lo que algunos denominamos «falsiderechos», derechos que en realidad son falsos, bien sea por la titularidad de los mismos, por su aplicación o por su discrecionalidad. Por ejemplo, muchos derechos de segunda generación («derechos económicos, sociales y culturales») dependen únicamente de políticas públicas (o sea, permiten “tutelar” desde programas asistenciales a refugiados, migrantes, madres solteras, etcétera), y ahí es donde puede darse una auténtica desigualdad entre el titular del derecho y el receptor del mismo, puesto que al parecer existen (según estos «falsiderechos») «humanos de primera» y «humanos de segunda» (porque no percibe lo mismo en ayudas un padre de familia español con siete hijos que un padre de familia tunecino emigrado con siete hijos). Vaya. ¿Y el principio de igualdad ante la ley? ¿Y la universalidad de los Derechos Humanos? No. Aquí se trata de «política» –o, mejor dicho, «politiquería»–, y los «derechos» que se conceden violando los principios de universalidad, generalidad y abstracción son «falsiderechos». La ley no se hace a medida de alguien, como si fuese un traje. Es la misma para todos los que están bajo su imperio. Por ello, la divergencia tan fuerte entre cómo y a quiénes han de aplicarse algunos «derechos» creados por la ideología, y no dimanantes de la naturaleza humana, la ley natural, la recta razón, la lógica y el bien.  

Otro ejemplo –que en lo particular me molesta hasta límites inusitados– es constatar que un manglar o una tortuga tiene más «derechos humanos» («falsiderechos», recuerde usted) que un enfermo terminal en África, una mujer en Asia o un niño concebido en EEUU o España. ¿Es que el manglar o la tortuga pertenecen a la naturaleza humana? Hasta donde sé, no, puesto que el manglar es del reino plantae, la tortuga pertenece al reino animalia, y el ser humano también es animal, también (a unos se les nota más que a otros, se lo concedo), pero con naturaleza racional… Baste por el momento…

CONTINUARÁ…

@LaReconquistaD

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