Columna de La Reconquista | “Defender la vida desde su concepción (I)”

Escribió Teresa de Calcuta en su Diario: «Si el aborto no está mal, entonces nada está mal». La vida es lo más sagrado, lo primero. Bueno, siempre después de Dios, claro está, pero aun así permítame considerarla como el más valioso y primero de los derechos. Como bien recuerda usted, estimado lector, el término «aborto» deriva del latín abortus (que, a su vez, se conforma por el prefijo privativo ab-, y el sustantivo ortus –que quiere decir nacimiento, deponente del verbo orior, nacer–), por lo que el vocablo integrado refiere a la maniobra de abortar, a lo nacido antes de tiempo, al parto prematuro, y, en sentido estricto, a la acción de privar de nacer. Por ello, etimológicamente, significa «sin nacimiento».

En la esfera mundial, la relevancia en materia de derechos humanos ha permitido el resurgimiento del debate en relación al tema del aborto, especialmente en el contexto occidental europeo y en los países subdesarrollados de América Latina (en especial, México, que en su lucha por tener una mayor cobertura de derechos y ser “progresista” se ha desviado de la legitimidad en su actuar).

Como suele darse en todo tema sujeto a debate, han levantado la mano para apuntarse en esgrimir argumentos dos grupos antagónicos entre sí, y además ambos bandos contrapuestos por los derechos fundamentales y humanos, buscando diferentes fundamentaciones, motivaciones y justificaciones al punto a defender desde su particular campo de reivindicación.

Sin embargo, desde el muy particular punto de vista de este su servidor, se ha visto que estos derechos, lejos de otorgarle mayor relevancia al nasciturus, lo han demeritado, si cabe, aún más –en específico a lo referente a los grupos defensores del aborto–, ya que en vez de otorgar al nasciturus un lugar dentro de tales derechos, lo han excluido casi absolutamente, al grado de perder toda calidad y reconocimiento legítimo al querer aterrizar en las legislaciones locales en cada país, distrayendo la litis en comento a otros campos correlativos, como los derechos fundamentales y humanos de la mujer –que han cobrado renovada vigencia frente el derecho a la vida del nasciturus–.

Estas «transiciones» que ya se han mencionado en cuanto a ideología, se han ido desarrollando de manera paulatina, siendo los pioneros los países comúnmente denominados «del primer mundo» –como, por ejemplo, los europeos–. En cuanto al continente americano, es en Estados Unidos de Norteamérica, Cuba y Puerto Rico –como países «vanguardistas» en la desprotección formal del producto de la concepción– donde se origina el debate de manera interna sobre las cuestiones del aborto.

Me llega a la memoria el día 18 de enero de 2020, cuando en Estados Unidos de Norteamérica una cantidad considerable de manifestantes antiabortistas salieron a las calles de Washington –en la que ya se está convirtiendo en una tradición llamada «Marcha de la Vida», siendo lo notorio que a esta marcha se sumó en apoyo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien en su discurso manifestó que “cuando miramos a los ojos de un niño recién nacido, vemos la belleza, el alma humana y la majestuosidad de la creación de Dios. Sabemos que toda vida tiene sentido”.

Si bien siempre se ha comentado que Estados Unidos ha sido “punta de lanza” en los temas legales que han creado controversia en diferentes países de Europa por defender o no el derecho a la vida –y teniendo como tema central el aborto–, lo anterior impacta directamente y sienta precedente para todos aquellos estados que se han centrado en permitir el aborto de manera libre en su legislación, forjándose una reacción en cadena y golpeando a una facción del pensamiento «progresista» del derecho.

ABORTO E HISTORIA

Con la anterior introducción realizada, permanece la incógnita respecto a dónde surge el aborto. A través de la historia, es sabido que –como las cuestiones de derechos humanos en general– el concepto y aplicación del aborto tuvo diversas transformaciones –toda vez que el derecho en general es de aplicación en un ámbito territorial y evolutivo, y tiene como principales factores de cambio los parámetros sociales, los aspectos religiosos, morales y culturales, así como las cuestiones jurídicas aplicables–.

Sin duda alguna, el aborto tiene extremos en su paso por la historia: en algunas épocas –basado en la ignorancia del accionar– su práctica era de una impunidad absoluta, ya que no se dimensionaba en sus inicios el actuar. También en su camino –y en los vectores de la vivencia de la religión y moral– la práctica del aborto ha tenido rotunda condenación –legalmente bajo forma de privación de la libertad y moralmente (o religiosamente) la condena social (o el infierno)–, ya que su práctica bajo el razonamiento atentaba contra la vida.

Con el paso del tiempo, y con base al desarrollo de la ciencia médica y las consideraciones que lleva implícitas por medio de sus avances, el aborto ha caído en lo que se podría denominar «términos medios», es decir, se considera permisible bajo ciertas circunstancias conocidas y reconocidas legalmente –como lo es en los supuestos de consideración de cuando la vida de la madre se encuentra en riesgo, cuando el producto de la concepción tiene alguna malformación que pone en riesgo su gestación, cuando la concepción es fruto de una violación, etcétera–, y se considera por otro lado prohibido aun para cuestiones de voluntad únicamente –tema central de debate–.

Los primeros indicios históricos que se han descubierto sobre la consideración del aborto se dan en la antigua Grecia, donde se intentaba justificar dependiendo de las circunstancias por las cuales estaba pasando la gestación –una de los primordiales era que se realizara en los primeros meses de gestación, siempre y cuando estuviese en riesgo la vida de la madre o el nasciturus fuese inviable, lo cual era algo complicado de afirmar taxativamente hace veinticinco siglos–.

En el devenir histórico, es en Roma donde el producto de la concepción fue catalogado como portium viscerum matris –más o menos traducido como «apéndice de la madre»–, considerando así el aborto como un derecho accesorio de la madre, y, por consiguiente, la mujer romana –siempre y cuando contase con aprobación de su pareja– tenía la potestad bajo la premisa de disponer de su cuerpo, expresión que se ha retomado de manera furibunda en la actualidad, como si se descubriese el hilo negro…

Ahora bien, Roma se convierte al Cristianismo después del Edicto de Milán, y bajo la perspectiva de la religión cristiana –con su justificación veterotestamentaria recibida del judaísmo– siempre se ha considerado como ilícito la práctica del aborto, independiente de donde sea la ubicación geográfica o momento de la historia, siendo una postura casi absolutamente homogénea en las corrientes cristianas históricas y actuales.

Bajo este contexto histórico (donde se pueden apreciar los extremos de acción en el aborto), diferentes autores señalaron hace década y media que la despenalización del aborto en todo el ámbito occidental era solamente cuestión de tiempo; sobre ello, es de considerar que el inexorable paso del tiempo les ha dado la razón. Puede verse a través de los medios de comunicación que en la gran mayoría de países latinoamericanos, existen propuestas despenalizadoras –o en su caso permisivas–, dejando fuera elementos objetivos y basados en el aspecto subjetivo de la decisión que tiene la mujer sobre su cuerpo que han ido cimentando todo un camino legal para hacer de esta práctica un mero sentimentalismo del animus de la mujer que en cualquier momento decide tener o no familia –que en la mayoría de los casos (por no decir en todos), se deja a un lado al varón/pareja–. Y, aun cuando esas iniciativas no han obtenido el fruto esperado, ya se están colando paulatinamente en las mentes del colectivo y sobre todo en la de los legisladores, las ideas despenalizadoras.

Lo anterior puede constatarse en las cerradas votaciones legislativas y el cada vez mayor apoyo de la colectividad a la pretensión despenalizadora, teniendo apego a lo que mediáticamente se nos muestra, sin hacer una ponderación más allá de la premisa «es mi cuerpo y yo decido», y es ahí donde radica la mayoría de los problemas internacionales, ya que se tiene en un limbo la figura del nasciturus sin reconocimiento alguno de vida intrauterina, o en una concepto más arriesgado y temerario considerarle como «persona» –ya que solo podemos hablar de esta figura para las cuestiones civiles de herencia, sin ir más sobre terreno legal–.

Continuará…

@LaReconquistaD

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