Columna de La Reconquista | “Creer para ver, ¡quién lo diría!”

No ha leído usted mal el título de la columna, perspicaz lector. No soy Tomás Dídimo ni nunca he considerado en el aspecto fiducial la necesidad empírica para poder creer una verdad (que se enunciaría como «ver para creer»), aun cuando he de admitir que aprovecho la frase de la escritora estadounidense Madeleine L’Engle, extraída de su libro “Un planeta a la deriva” (publicado en 1978), que literalmente afirma: «Algunas cosas han de ser creídas para ser vistas», para intentar expresar la gran diferencia que existe entre el uso de la mera razón y la lógica (que se desarrollan en forma teórica, con aplicación práctica) y la fatídica aplicación empírica (la experimentación y realización de ideas, que se desenvuelven en el ámbito práctico, incluso práxico, y que requieren de corroboración externa por medio de los sentidos).

Me sucedió hace unos años en una universidad estadounidense tener que debatir con cierta persona de algún prestigio en el mundo científico … Tal «señor» –por educación así lo refiero, pese a ser una mente cuadrada, de inteligencia obtusa, de beligerante ateísmo y de verborrea vacua– me dijo (le traduzco del inglés en que se desarrollaba la conferencia): “Usted no puede demostrar nada de la naturaleza humana sin acudir a la ciencia, que no se basa en «conceptos» ni «ideas», sino en realidades pragmáticas”. Con absoluta seriedad, tono ecuánime y cierta ironía –lo confieso sin arrepentimiento–, le respondí: “De ser cierto lo que usted afirma, entonces ni usted es científico ni la ciencia existe, puesto que la base de la ciencia son los «conceptos» metafísicos –intangibles– e «ideas» de “espacio” y “tiempo”, sobre los cuales se construye cualquier experimentación, contrastación y método”. Quedóse callado el “señor científico” por un minuto –de atronador silencio, he de manifestar–, me respondió literalmente: “Es usted un dogmático anticuado con quien no se puede debatir”, se levantó y se fue… Tres minutos de debate… Vaya… ¡Fácil me lo puso! Ni le cuento a usted los aplausos que los académicos presentes –de toda creencia, increencia y pensamiento– regalaron a mi escasa argumentación… pero contundente e irrebatible –¡y yo era el “dogmático”, cuando él actuaba como el “Torquemada” redivivo de la “inquisición científica”, si tal existe!–.

Traje a colación mi vivencia anterior para exponer la contraposición existente entre «ver para creer» y «creer para ver», que hace latente la gran diferencia que en los tiempos actuales tenemos que contrastar. La premisa primera requiere la corroboración, mientras que la segunda afirma la existencia de lo creído para que pueda ser real. No es un juego de palabras, estimado amigo, por lo que le ruego me tenga paciencia, a fin de desenrollar este nudo gordiano, con un nuevo hilo de Ariadna que nos guíe a través del laberinto que es la comprensión de la cosmovisión hodierna.

El globalismo que nos rodea, anega, entontece y brutaliza exige que creamos en él –y en sus agendas, y en sus «mesías» y en sus programas– para que «veamos» los «prodigios» que pretende lograr en todas las áreas y todos los ámbitos del desarrollo humano, y para ello, sin pudor alguno, descaradamente, manipula, adoctrina, inventa o miente, según piensen las maquiavélicas mentes que urden tal tela de Penélope…, siempre con la finalidad, claro, de salirse «con la suya» –la de ellos, no de la de usted–. Todas las utopías y distopías, las fantasías más surrealistas o las más oníricas pesadillas que pudieren haber tenido los seres humanos de todos los tiempos no alcanzan ni por asomo a comprender cómo es que estamos como estamos: en nombre de una falsa evolución se consigue una brutal involución, al igual que so pretexto de «falsiderechos» se legisla diferente para quienes compartimos la misma naturaleza y dignidad humana –que no entiende de géneros, ideologías, transversalidades ni conceptos holísticos creados para intentar disfrazar y vilipendiar la verdad–. Me atrevo, amable lector, a recomendarle dos columnas previas, publicadas en este mismo medio digital, por si gusta usted profundizar al respecto: https://nuestraespana.com/columna-de-la-reconquista-derechos-y-falsiderechos-realidad-actual-i/ y https://nuestraespana.com/derechos-y-falsiderechos-realidad-actual-y-ii/

Así, el globalismo imperante se hace una nueva –y apocalíptica– religión. Es nauseabundo. Porque la «religión» –ya sea en los análisis etimológicos de Agustín de Hipona o de Lactancio, provenga de “re-ligare”, “re-legere” o “re-eligere”, como prefiera– siempre es transcendente, es decir, va más allá de las percepciones meramente materiales, mientras que el globalismo –al igual que toda filantropía vacua, que todo materialismo histórico, dialéctico o económico (como el socialismo o el comunismo, por ejemplo) o que cualquier nihilismo– es inmanente, no busca ir más allá, se queda en lo “inmediato”, en lo empírico, palpable, tangible, mensurable… ¡Triste mundo sería éste si tuviésemos que “palpar” el cariño, “tocar” el amor, “medir” la fe o “comprobar” la belleza!

Y, sin embargo, eso es en lo que se nos «adoctrina» desde cada medio de comunicación –casi–, cada ley aprobada –educación, aborto, eutanasia, seguridad ciudadana, presupuestos generales…–, cada “agenda” impuesta –ponga usted los números de años que guste, quizá ni mañana estemos vivos–, en nombre de un presunto «bien mayor» –que no es tal, puesto que no ha sido “elegido” por la mayoría de la población humana, en caso de que ésta tuviese capacidad de discernir el bien y el mal en forma libre–, que se contrapone frontalmente a la ley natural, a la justicia natural, a la inteligencia natural

Lo más curioso de todo ello, es que estoy en pleno acuerdo con ese “creer para ver”, puesto que el propio Agustín de Hipona afirmó su “cree para entender” (crede ut intelligas), puesto que es la base de la fe –y aunque malo y pecador, soy creyente practicante hasta el tuétano, y ruego a Dios morir en la Santa Fe–. Pero no en una «fe» vacía de bondad, verdad y justicia, de belleza y dignidad, ni en unos «mesías» dictatoriales, falsos profetas de la caduca «religión positivista» que visten ahora nuevos ropajes de «modernismo» –el juramento antimodernista que una vez profesé ad perpetuum es parte de la fe que confieso–, que quieren hacernos “comulgar con ruedas de molino”, solo en miras a su beneficio, egoísmo y arbitrariedad. ¡Nada les importa la dignidad del ser humano, hombre o mujer! ¡Nada les afecta la crisis económica, porque ya “se han cubierto bien el riñón”, ni sufren por quien la padece! ¡Nada buscan bueno o justo, porque solo tienen la neurona de la «ideología», que siempre es nefasta, sea cual sea!

Si fuésemos más inteligentes –en el sentido práctico de la inteligencia–, exigiríamos que las promesas fuesen realidades, que la justicia fuese pronta y expedita, que la igualdad no discriminase bajo terminologías de «género», «grupo vulnerable» o «libertad» (que solo es libertinaje adoctrinado). Aquí sí me uniría yo al “ver para creer”… pero… no puedo compartir tal paradoja, puesto que hoy representa, ni más ni menos, que la destrucción de la Patria, de los Estados Nación y del Planeta, en ese orden. Seguiré creyendo, sí, pero en quien ni miente ni engaña, no en los sucedáneos «mesiánicos» de falsarios, traidores y perdularios de todo lo humano y lo divino.

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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