Columna de La Reconquista | “Cortinas de humo para mentecatos”

Estimo, señor lector, que no es una novedad para usted escuchar hablar (o leer) al respecto. Bajo la eufemística denominación de “cortinas de humo” se designa a toda aquella clase de distractores que buscan cambiar el foco de atención del ciudadano (o del lector o del espectador, según los contextos), despistar el punto de mira respecto a los auténticos (y muchas veces graves o gravísimos) problemas y circunstancias reales que se viven en un determinado tiempo (ya sea en uno o en muchos lugares).

Distractores. Ni más, ni menos. En realidad, no son «engaños» tal cual (como lo fuere en su época el famoso “caballo de Troya”, mediante el cual, por sugerencia de Odiseo, los griegos lograron infiltrarse en la poderosa Ilión), puesto que contienen dosis mínimas de verdad (o al menos, cierta veracidad), pero que no son de relevancia auténtica para el bien común, para la sociedad. Son “engañifas” de mercachifle que nunca carecen de crédulos ingenios, son “engañabobos” que siempre tienen público aplaudiendo y dejándose “timar” con gusto y agrado –e incluso llegando a pagar por ello–. De ahí que sean para mentecatos –que el diccionario define como la “persona tonta, con poco o ningún juicio, privada de razón”, muy al tenor de la etimología jurídica latina, mentis-captus, privado de mente–, puesto que ninguna persona medianamente analítica (no digo ya siquiera inteligente) se dejaría cautivar por tales cantos de sirena (como los compañeros del citado Odiseo, según el clásico Homero).

La cuestión fundamental, por supuesto, mi estimado lector, no es qué cortinas se propaguen o cómo se disipen, sino qué hay detrás de ellas, o, más bien, con qué propósito son propaladas y difundidas en un momento determinado. Siempre hay que ir más allá de lo que se ve –fíjese usted en que esto es precisamente la metafísica que propugnaba Aristóteles, lo que está más allá de lo meramente físico–. Veamos algunos ejemplos…

Preocupación por la cantidad de metano que contienen las flatulencias expelidas por las vacas, rumores de escándalos matrimoniales de uno u otro personaje de la “jet-set”, envío de cuatro aviones viejos a “defender la paz” en la presuntamente pacífica Bielorrusia, competencias de las Comunidades Autónomas para “luchar” cada una por su lado y bajo su criterio contra una presunta mortífera enfermedad… Cortinas, distractores, engañabobos. Porque tras la supuesta preocupación por el medio ambiente y la emisión de contaminantes (¡bendita ecosostenibilidad y energía verde!) está la ruina del sector primario de la economía; tras los “escándalos” de personalidades está la denigración de las personas, del honor, del respeto; so pretexto de la colaboración con la OTAN está la desintegración de las otrora gloriosas fuerzas armadas españolas, la inseguridad ciudadana, la falta de defensa de las fronteras; bajo la excusa sanitaria se inocula el pánico, se desatienden consultas primarias, se posponen tratamientos, citas de especialistas y medicación más cara… ¿Gusta usted que siga, señor lector?  

El mayor problema, y no me duelen prendas en aceptarlo, es que la mayoría de personas hemos optado por uno de los dos extremos, perdiendo con ello la objetividad, el análisis, la búsqueda de la verdad: o nos creemos todo, o no creemos nada. Y mientras tanto, al mantenernos escépticos en un asunto, ignorantes en otro y pasivos en los demás, los gobernantes en turno (nefastos, sin duda alguna) tranquilamente siguen avanzando por un camino –oculto tras las cortinas de humo– de auténtica desolación y degradación, tanto en lo económico y sanitario como en lo social, lo ético y lo justo. Así, mientras nos dividimos en que si el componente de esta inyección es mejor o peor, la cultura de la muerte sigue apisonando la vida mediante leyes nefandas como las del aborto o la eutanasia –al punto ya de quitarse la máscara (o sea, ya no hacen falta ni esas cortinas) como el vecino Macron, que pretende incluir en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea el “derecho al aborto”, o sea, el derecho a matar al indefenso concebido–.

Terrible es constatar que otras cortinas de humo son auténticos grilletes de férreas cadenas que coartan las legítimas libertades –que no provienen de graciosa concesión del estado ni de los gobernantes, sino que son del ser humano por su propia naturaleza, inalienables, imprescriptibles, inderogables, universales en todo tiempo y lugar–. A tal punto el humo de la cortina nos ha cegado (con una especie de gas pimienta, gas mostaza o gas idiotizante, no lo sé), que, como buenos mentecatos, nos dejamos encerrar en casa (de manera total o parcial, según franjas horarias y fronteras provinciales o nacionales), nos dejamos robar (tanto porque los impuestos no dejan de subir, cuando es apotegma clásico que en época de crisis han de bajar y desaparecer, como robar la decisión que nos corresponde como pueblo soberano de defender nuestros valores, creencias, principios e historia), nos dejamos insultar (porque tras las mentiras de los políticos siniestros está la burla a la inteligencia, la lógica y el sentido común), nos dejamos morir, en definitiva (porque al depender de una economía en crisis, de unas inyecciones que no inmunizan, de unas votaciones parlamentarias que denigran al patriota para exaltar al traidor, etcétera, no se logra sino matar el amor al país, matar el respeto a quien piensa diferente, matar la alegría de vivir en pacífica convivencia, matar la esperanza de vencer juntos los males que nos aquejan).

¿Soluciones? Por supuesto que las hay. La primera y más necesaria es un potente ventilador que disipe las cortinas de humo; el problema es que este ventilador es objetivo y no ideológico, requiere inteligencia y no astucia; presupone activismo y no pasividad; necesita valor y no apocamiento… Estos ventiladores sí son ecosostenibles, transversales e inclusivos (porque quiero y deseo creer que todo ser humano es capaz de pensar, reflexionar, analizar, ponderar, mesurar, aunque cada día lo pongan algunos más difícil de creer, lo reconozco).

La segunda solución es directamente proporcional a la cantidad de potencia que se haya empleado en la primera, o sea, la capacidad de reacción ante la desaparición del humo y la cortina: actuar. Actuar con valor, con decisión, con firmeza. No se puede actuar desde el sillón de casa, ni desde el teclado del teléfono “inteligente” (o al menos, no debe ser solamente así). Hemos de reivindicar que el poder del pueblo (base de la supuesta democracia plena en la que presumen que vivimos) sea ejercido por el pueblo no de forma indirecta, sino directa: manifestarnos, exigir responsabilidades (tanto por vía legal como por vía mediática), depurar la vida pública y reparar la vida política. No es fácil, ni se hace a corto plazo, pero es el camino seguro (aun cuando sea sendero estrecho y duro).

No hay otra forma… a no ser que queramos “suicidarnos” dejando que el actual (e incompetente, inculto, nefasto, falaz, ilegítimo y fraudulento) gobierno (y secuaces) siga destruyendo España y destruyéndonos. En definitiva, y como siempre, usted (y yo) decidimos. ¿Qué optamos? Si no somos parte de la solución, entonces somos parte del problema. Decida usted.  

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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