Columna de La Reconquista | “Como decíamos ayer…”

Con estas palabras retomó su cátedra en la Universidad de Salamanca el ínclito Fray Luis de León en las postrimerías del siglo XVI, tras haber sido cesado en ella por presunta herejía en materia de fe (supuestamente por traducir unos libros santos a lengua «vulgar»), y haber estado encarcelado durante cinco años por el tribunal de la Inquisición. Claro, algunos dudan de la veracidad o historicidad de ese aserto (como siempre dudarán de todo), pero no por ello resulta menos acertado, en el sentido tanto de que el tiempo vuela como en el de la consideración de que nada había sucedido que interrumpiera lo realmente importante –que es como se ha interpretado este dictum del fraile granadino–.

Como decíamos ayer, pues, poco bueno ha sucedido desde que comenzó en España la denominada «transición democrática». Y no me malinterprete usted, amable lector, sin antes permitirme aclarar la frase precedente. Por supuesto que la Transición fue un hito histórico y relevante en la Historia de España (y del mundo, a decir verdad), puesto que fue un periodo en el que, pese a las tensiones, dudas y vicisitudes del momento, se pudo lograr de manera pacífica, solidaria, abierta y cierta –aun cuando quizá demasiado tolerante, a mi parecer– que España cambiase las formas de gobierno, leyes, instituciones y convivencia social, en modélico ejemplo de conciliación entre las denominadas «Dos Españas» –que habían combatido en la Guerra Civil a finales de la década de los años treinta del pasado siglo–. Por eso, risible es –o lo sería, si no causase llanto y hartazgo– que ahora el tema de marras esté siendo tan manido por elementos políticos de todos los colores, sabores y tamaños, puesto que hubo plena amnistía, al igual que el ejercicio democrático de votación –por referéndum, que algunos quisieren obviar– tanto de la Constitución como de la forma de gobierno.

Como decíamos ayer, además, mucho malo ha acaecido en los 35 años de «democracia plena» –como gustan ahora decir en política–, puesto que se ha pasado de vivir en concordia, cordialidad, trabajo, virtud, orden y paz –alterada en ocasiones por vandálicos y sanguinarios actos de terrorismo de diferentes signos, como los de la ETA, Terra Lliure, GRAPO y desalmados afines que causa asco traer a colación–, a vivir en el régimen de la permisividad más amoral, la destrucción más salvaje y la dictadura más férrea –las tres cosas en los aspectos morales, económicos, sociales, políticos, legislativos, culturales y sociales–, auspiciado igualmente por la dejadez de unos gobernantes –es negligencia– y la agresividad de otros –es comisión–, según el turno de gobierno. ¡Curiosa «democracia plena», que censura más que Stalin, destruye más que Al-Qaeda y corrompe más que Uribe, Chávez o Castro! Si eso es «mejorar», no quisiera yo saber qué sería «empeorar»…

Como decíamos ayer, difícil lo tenemos los propios españoles, puesto que, además de estar en las «garras siniestras» de tenebrosos mandatarios, estamos divididos y polarizados en muchos de los temas importantes para el progreso de la Patria, de cada región y cada habitante de la misma. Y este no es un punto baladí, para nada… Porque la división ha logrado permear –o la han logrado «inocular», válidamente dicho– hasta los núcleos familiares (todos tenemos parientes que, a favor o en contra de una ideología, una medida sanitaria o una opinión, han dejado de dirigirnos la palabra), la convivencia social (porque jamás habíamos visto en muchas décadas tantas manifestaciones, concentraciones, llamamientos y pronunciamientos de unos contra otros o todos contra todos) y las instituciones del Estado (que en lugar de ser un ejemplo de orden,  justicia, legalidad y buen hacer se han convertido en centros de corrupción, de violación y conculcación de derechos, de apatía y pereza, colocaciones “a dedo” como “servicio alternativo de empleo a parásitos” y lentitud extrema en adoptar resoluciones óptimas).

Como decíamos ayer, pues, estamos en el mundo del revés. Permítanme citar a Demócrates, filósofo griego del siglo IV antes de Cristo, con dos de sus sentencias morales. La primera dice así: “Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”. Quien defiende el respeto, la dignidad humana, la vida desde su concepción, la sana educación en principios y valores, la correcta hermenéutica de la historia o la necesidad de leyes buenas para todos es tratado por unos cuantos gritones amargados, con idiocia –congénita o adquirida, igual me da–, sin educación, tolerancia ni talante cívico (aunque presuman de ello con alaridos e insultos) como si fuese un “sub-humano” y hacen de él un paria social, excluido de poder emitir libremente una opinión mesurada y comprobada (como es su derecho), rechazado por pedir que el relativismo imperante no mate todo aquello que es de valor universal, e incluso, ¡paradojas de estos tiempos!, es despreciado por quienes dicen que a nadie se ha de despreciar (excepto a quienes ellos indiquen, claro está). Aquí aplica la segunda sentencia del filósofo: “Los miserables que acceden a los cargos, cuanto más indignos son al llegar a ellos tanto más ociosos se hacen y más se llenan de insensatez y de engreimiento”. Por supuesto, no pondré nombres a tales «miserables», que siempre hablan en nombre de la “igualdad”, “tolerancia”, “inclusión”, “transversalidad”, “resiliencia” y cuantos vocablos gustan utilizar… porque al cerdo le encanta revolcarse en su propio lodo, pero, ¡ay del médico que pruebe de su medicina!

Como decíamos ayer, y como decimos hoy, ¡basta ya de hipocresía, de sinrazón, de abusos legislativos y ejecutivos, de desorden y odio! ¡Basta ya! ¿No es suficiente con las muertes de víctimas a manos de terroristas, de enfermedades y de accidentes, que también hay que matarlas moralmente y excluirlas de la vida social? ¿En verdad es necesario enseñar a odiar al que piensa diferente, en lugar de enseñar a amar los valores que nos unen y dignifican? ¿Realmente es necesario que unos pocos estúpidos cortos de mente y entendederas dicten las leyes, normas y reglamentos por los cuales hasta un can tiene más derechos y protección que un ser humano concebido?

Pienso que no. Jamás. Es suficiente. Mucho rogaría a todos, estén de acuerdo conmigo o no, que reflexionásemos antes de tensar más el hilo del tejido social, porque se ha de romper (y la última vez que sucedió cosa análoga, ya ven las consecuencias que ha traído para la historia y la vida de todos). No seamos viscerales, sino racionales; dejemos un momento de ser reactivos, para poder ser proactivos, ayudarnos todos a todos y, en la mejor de las lides, enderezar el rumbo que hemos perdido por experimentar con ideologías malsanas y enfermizas, adoctrinamientos nefandos y abominables, e intrusismo de incapaces, rapaces y mitómanos seres en las instituciones del Estado para destrozar la sociedad.

FINIS!

@CondestableDe

@LaReconquistaD

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