Columna de La Reconquista | ¡Claro que el tamaño importa!

Sin duda alguna y con toda certeza, la cuestión a tratar, la del “tamaño”, es de tamaña importancia (válgase la redundancia). Y es que coincidirá usted, amable lector, en que no es lo mismo tener una cuenta bancaria con una longitud de 9 dígitos a tenerla de 3 números, al igual que no es indiferente la longitud en una propiedad inmueble (de tener un “casoplón” de 1200 metros cuadrados a un pisito de 48 de los mismos), o que en nada se asemeja el pago a un Congreso que se conformase por 64 integrantes al pago del actual, con 265 “señorías”. Aclarado esto, y viendo que es inconcuso que importa, ¡y bastante!, el tamaño, extensión, longitud, grosor y medida del tema que podamos tratar, continuemos.

Dado que hemos hablado de ciertas cantidades en referencia al tamaño de las mismas, déjeme que le traiga a colación –aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ya sabe usted– el ingente número de abortos (o, según mi personal definición, “asesinatos legalmente despenalizados, cometidos por las madres gestantes desnaturalizadas”). Las cifras (y las instituciones que las proporcionan) tienen la desvergüenza de admitir como si un logro o triunfo fuese, que en 2020 asesinaron a sus bebés nonatos 88 mil mujeres en España (de las que más de 8,600 tenían 19 años o menos), y el 42% de tales crímenes los cometieron jóvenes de 20 a 29 años. Aberrante calidad y exorbitante cantidad (aunque, fríamente, les parece muy baja en relación a los más de 42 millones y medio de estos asesinatos cometidos en el mundo en el mismo año).

Si uno no conociese la ley de la entropía –que más o menos viene a decir, coloquialmente, que al orden sucede el caos y viceversa, o que cada anverso tiene un reverso y viceversa–, pensaría que la involución moral del ser humano está alcanzando cuotas históricas desde el australopiteco, puesto que es el colmo de la incongruencia (¡también importa el tamaño del mismo, sí, puesto que mueve miles de millones de euros en hospitales, medicación, poco “profesionales” de la salud, “chiringuitos” de “información” y adoctrinamiento, etcétera!) dedicarse al “negocio” de la industria de la muerte al mismo tiempo que se llora la falta de nacimientos y nuevas generaciones que hayan de pagar las pensiones (por lo que, de rebote, hay que fomentar la migración, y ya veremos si “regular”, “irregular”, con papeles, sin ellos, con más o menos seres humanos que huyen del peligro, el hambre y la muerte –debe ser de las guerras en Nigeria y Sudán, porque de Ucrania no huyen tanto, y a los pobres que se recibió en la hoy malhadada España se los tiene pidiendo limosna–).

Prometo a usted que he llegado a pensar muy concienzudamente que los gobiernos actuales (válese también decir “des-gobiernos”), tanto de la Nación como de los diferentes países, tienen auténtico miedo, terror, pavor y espanto a los no nacidos. Se les ve como la máxima amenaza –seguramente, según las teorías maltusianas, que afirmaron en el siglo XVIII que los recursos de la Tierra no serán suficientes para poder alimentar a la población, y ¡vaya que la están reduciendo, sí, con el despreciable aborto, la inconfesable eutanasia, los programas de anticoncepción y las enfermedades víricas, absolutamente letales, mortíferas y mortales que se “descubren” en los avanzadísimos laboratorios–. Ni los retrovirus, coronavirus, peste negra, SIDA o bomba atómica, todos juntos en coctel, parecen alcanzar al rango de pánico que provoca el bebé concebido pero no nacido a todos los gobiernos, instituciones y personas (“siniestras”, sin duda).

No crea usted que la teoría de ese “miedo infundado” es mía, para nada. Fue la Madre Teresa de Calcuta –en el mundo, Agnes Gonxha Bojaxhiu, canonizada en 2016– quien acuñó esa expresión respecto al abominable crimen de asesinato al nasciturus… Y lo expresó ante los líderes mundiales el 11 de diciembre de 1979, cuando recibió el Premio Nobel de la Paz. ¡Qué calladitos estaban todos en ese momento, según muestran los videos oficiales! Pero, eso sí, aplaudieron como hipócritas las palabras de la Santa de Calcuta. Permítame reproducirle alguna de las lapidarias frases que esa pequeña mujercita de corazón gigante y de valor infinito arrojó a la faz de los “mandamases”…

  1. “Para mí, esas naciones que han legalizado el aborto son las naciones más pobres de todas. Tienen miedo de los más pequeños, tienen miedo de los niños no nacidos. Y el niño tiene que morir, porque no quieren a este hijo –ni a uno más–, no lo quieren educar, no le quieren dar de comer, y el niño debe morir. Les suplico en nombre de los más pequeños: salven a los que van a nacer (…)”.
  • “Hoy, millones de no-nacidos son asesinados y no decimos nada. En los periódicos leemos esto y lo otro, pero nadie habla de los millones de pequeños que han sido concebidos con el mismo amor que tú y que yo, con la vida de Dios. Y no decimos nada, nos callamos”.
  • “Tengo una creencia que quiero compartir: el mayor destructor de la paz hoy en día es el llanto de un niño inocente no-nacido. Si una madre puede matar a su propio hijo en su seno, ¿qué peor crimen puede haber que matarse el uno al otro?”.
  • “Muchas personas están muy, muy preocupadas por los niños en India, por los niños en África, donde muchos mueren, tal vez de desnutrición, de hambre u otras cosas, pero millones están muriendo de forma deliberada por la voluntad de la madre. Y ese es el mayor destructor de la paz hoy”.

La verdad, señor lector, no sé cómo le quede de acongojada el alma, la mente o la conciencia, pero confieso que mi ser se conduele y estremece. He tenido la desgracia de poder ver en hospitales de América, por mediación de amigos médicos y enfermeras, tirados en la basura como cualquier mondadura de fruta, trocitos de bebés desgarrados, triturados, despedazados. ¡Qué sufrimiento! Y aunque todos hemos quizá derramado alguna lágrima cuando en una película un perrito sufre la ausencia de su dueño –ya no sé si la nueva legislación le llamará “curador”, “tutor” o “progenitor”, qué más da–, ¿no derramaríamos cataratas de lágrimas ante tan espeluznante abominación? Y reconozco que me infunden más sentimiento de dolor esas tiernas criaturitas creadas para la vida –que se les arrebata de manera cobarde, miserable, dolosa y sacrílega, puesto que toda vida es sagrada– que la de sus madres, las de los falsos “profesionales” de la salud y de todos quienes recomiendan, defienden o promueven el inexistente derecho a matar al más indefenso y necesitado de los seres. ¡Ah, eso sí, no se les ocurra pescar un alevín, recoger mejillones, buscar setas o comer huevos de tortuga, porque serán penalizados por ecocidio! ¡Desvergüenza a límites inimaginables!

Del “negocio” de la vida (más bien de la muerte) muchos políticos se han posicionado de manera absolutamente vergonzosa, De todo el espectro político que compone el arco parlamentario, solo un partido, VOX, se ha posicionado abiertamente en defensa de la vida. Los demás, incluyendo al hasta poco tiempo hace favorable a la vida, el Partido Popular, se han inclinado en la balanza a la izquierda, donde pone el propio Evangelio a los “malditos” (creo que ya saben que Núñez Feijóo ha manifestado que excluirá de las listas electorales a los diputados que exigen la derogación de la ley del aborto)… ¿Qué nos queda sino orar pidiendo misericordia y actuar exigiendo justicia? Cuando la muerte es negocio, justifican todo –cuales nuevos Judas Iscariote o felones Don Julianes– para tener su ganancia, a costa de lo que fuere… Y no es solamente que prostituirían a sus propias madres, venderían a sus hermanos y traicionarían cualquier principio ético, no. Es mucho peor: afirman abiertamente que matar al inocente e indefenso niño concebido es un “derecho”. ¡Aberración jurídica en nombre de una supuesta “libertad” de un “cuerpo” que dicen las «feminazis» que es suyo, como si ellas lo hubiesen creado, diseñado, nacido y protegido hasta edad parecida a la racionalidad!

Así que este es el panorama: matemos, como Herodes redivivos, a los niños inocentes, y poblemos la Patria con inmigrantes, para que sus “costumbres” y “tradiciones” exterminen ya lo poco que de bueno queda en España… ¿Eso es lo que queremos, en verdad? Si es así, no nos quejemos y vayamos al ostracismo. Si no es así, exijamos, como soberanía popular que somos, la defensa de la vida inocente, de la verdad biológica, de la belleza de la creación y del orden natural. Lo contrario será traición: a la vida, a la Patria y a Dios, el Dios de la vida y amor por ella, que no quiere que muera ni el pecador, sino que se convierta y viva…

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@LaReconquistaD

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