Columna de La Reconquista | “Ciegos guiando a otros ciegos…”

Mucho da de sí, señor lector, ese libro tan antiguo y tan nuevo al mismo tiempo, de tantos autores humanos pero de un solo autor divino, que llamamos “Biblia”. Y una frase que muchas veces se nos graba en mente y corazón es la que forma parte del acervo de la sabiduría popular: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo?” (Lc. 6,39). Es, sin duda, una advertencia e invitación para saber elegir a los maestros y ejemplos de vida, optando únicamente por quienes poseen la suficiente sabiduría para guiar correctamente.

En la actualidad –y no me deje mentir, amable lector– son muchos quienes pretenden erigirse como «maestros», haciendo alarde de pretendida –pero solo aparente– sabiduría. Su ceguera es manifiesta. Algunos se presentan como «maestros», pero no les importa la formación de los niños, adolescentes y jóvenes y solo buscan sus propios intereses y pretendidos derechos personales.

También son guías ciegos muchos dirigentes demagogos, enfermos de poder y ambición de dominio, que afirman falsamente servir al pueblo, pero en realidad se sirven de él para su propio beneficio y su egolatría.

Sin duda, igualmente son guías ciegos los líderes de colectivos que enarbolan estandartes de supuestos derechos, pero en realidad destruyen los valores familiares, sociales y religiosos.

Algunos más –y muy perniciosos–: son guías ciegos los comunicadores sensacionalistas, interesados solo en vender la noticia.

Para finalizar con esta hipotiposis, no se ha de olvidar que, desgraciadamente, también son guías ciegos aquellos falsos «pastores», clérigos y laicos, que en vez de anunciar la Palabra de Dios, propagan sus propias ideas –muchas veces ajenas e incluso hasta contrarias al Evangelio y a la recta luz de la razón natural–.

No nos hace falta mucha elucubración ni ser parte de esos «comités de expertos» –unos inexistentes, y otros con muy poca experticia– para recordar el sabio refrán que afirma que “no hay mayor ciego que el que no quiere ver”. Sin embargo, pocas veces continuamos la reflexión y nos percatamos de que nosotros, el pueblo soberano, hemos puesto las riendas del gobierno y la administración en manos de inexpertos mentirosos, ególatras irredentos, mentecatos pusilánimes, demagogos tiránicos y estrategas de pacotilla. ¿Cómo es posible, entonces, que esperemos que las cosas vayan bien, en progreso? Quizá sean muy “chulis” para algunos –los que se llenan las carteras con el sufrimiento ajeno y obtendrán pensiones vitalicias a costa del incauto pueblo votante–, pero la culpa es de todos los que permitimos que esta situación continúe.

Muchas veces se ha definido la locura como “hacer lo mismo una y otra vez, esperando resultados diferentes”. Pues eso es el experimento político en la mal denominada «democracia plena» –que ni es democracia, porque el pueblo no elige directamente, sino por listas de representación, ni es plena, porque se amordaza, literalmente, al disidente de cualquier medida que no guste al proyecto ideologizante de esa nauseabunda Agenda 2030–. Ergo, la conclusión, mi estimado lector, es que debemos estar locos. Muy orates. Quejándonos, sí, pero “de boquilla” –y de lengua, ya ve que hacemos empanadas–, sin tomar acciones decisorias. Si un gobierno no sirve, se le reprocha y culpa por el mal causado, se le fincan las responsabilidades pertinentes, se le despide –democráticamente, además, por iniciativa de ley popular– y se elige uno nuevo. ¿Dónde hemos perdido el hilo en el camino de los últimos años?

Siguiendo el relato mencionado de San Lucas, dice: “¿por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo?”. Claro está, se refiere a la inclinación espontánea a ser indulgentes con nosotros mismos pero exigentes con los demás –o sea, la “ley del embudo”, coloquialmente hablando–. La imagen de “la paja y la viga en el ojo” nos invita a percatarnos de la distorsión con que a veces miramos. Antes que nada, es cierto que se ha de reconocer que ninguno somos perfectos, y que necesitamos darnos cuenta de la magnitud de nuestros propios defectos y errores, antes de hacer observaciones o aconsejar a los demás –con humildad y con el deseo sincero y genuino de ayudar, por supuesto–. Porque la buena crítica aprovecha y construye, pero la mala hiere, lastima y destruye.

Ahora bien, ya experimentados los males, estamos en posición lógica de decir que “el árbol se conoce por sus frutos”. Ésta significa que la bondad o la maldad se manifiestan en las obras que cada uno realiza, de modo que no se es bueno o malo por lo que cada uno dice de sí mismo, o por la fama adquirida –y pues ya ve que con “dirigentes” dueños de saunas lúdicas, diputados sentenciados en firme por corruptos, estafadores, maledicentes y delincuentes, difícil es que el fruto se ve “bueno” ni por los ojos ni por el sabor–. “No se recogen higos de los espinos ni uvas de las zarzas”. Y ya puestos a trufar el párrafo con textos bíblicos, un salto al Sirácide nos recuerda que “la boca habla de lo que está lleno el corazón». ¡Ahora comprendo cómo es posible escuchar tanta necedad en el Congreso, vacuidad en los discursos y odio en las declaraciones! No hay más en esos corazones (meros músculos de irrigación sanguínea) que tildan a todos de cualquier fobia pero que no ven (ciegos guiando a otros ciegos) que ellos son los fóbicos. Pues… a este paso ruego no sentir “demagogofobia”, “separafobia”, “idiotifobia” o “terroristofobia”, porque se contagian estos sentimientos más que la gripe, y no se quitan ni con inoculaciones ni con ministerios de “igual-dá”.

En un mundo imperfecto como el nuestro siempre habrá discordias, rencillas, venganzas, guerras –como la que tiene escenario ahora en Ucrania, o la “guerra sanitaria”, o, como en nuestro país, la corrupción, la ineptocracia y el “chiringuiterío” barato–… Son expresiones del corazón perverso. El corazón bueno, en cambio, trabaja por la reconciliación, lucha por la justicia y construye la paz. Es la gran diferencia entre la Agenda 2030 y la Agenda España, entre el globalista y el patriota, entre el ensoberbecido ideólogo y el pragmático lógico. Díganme “facha”, “ultra” o como gusten, pero… ¿qué frutos está dando un “desgobierno de rendición” –ante separatismo, terrorismo, traición y corrupción–, que solo eleva impuestos, discrimina a los nacionales y rinde la patria a todo lo externo que llegue o guste? ¿Qué palabras “chulis” pueden hacer que cambie en número de desempleados, que aumente la capacidad adquisitiva del pensionista, que fomente la vivienda digna para jóvenes (no “okupas”) o que proteja la vida desde la concepción hasta su muerte natural?

Cada día nos hacemos más ciegos ante las necesidades de la sociedad, de las personas y de la misma Patria, cada día damos menos frutos de bondad o de justicia, cada día tenemos más endurecido el corazón y brotan de los labios odio, rencor y la propia degradación moral. ¡Y todavía presumimos de ser aquellos que eligen bien, que conocen mejor y que buscan lo óptimo!

“Obras son amores y no buenas razones”, señor lector, como dice el Refranero. Pues… pongámonos a ello, que se acaba el tiempo, porque en España urge un cambio radical de aires (y no me refiero al “efecto climático”, tan resiliente y ecosostenible, sino a la democrática expulsión del mal gobierno, que si conociese la palabra “dignidad” ya habría cesado y dimitido años ha).

Dixit!

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