Columna de La Reconquista | “¿Amarás a Sánchez sobre todas las cosas?”

Imploro, ruego y suplico a usted, señor lector, perdón por la cuasi-blasfemia enunciada en el título, pero es casi una convicción que los deseos y anhelos de P. Sánchez –conocido o tildado por algunos como «Satánchez»– es ser reverenciado, venerado y adorado como si fuese el Dios Todopoderoso (o, de perdidas, su Mesías, y, con muchísima humildad por su parte, hasta alguno de los arcángeles).

Su trayectoria ha estado jalonada por hitos de… NULIDAD. Nadie le conocía (excepto en su casa a la hora de comer, y me imagino que sus familiares, además de algunos ciudadanos que lo vieron de edil en Madrid), sino que era meramente un número del PSOE, Partido Sin Escrúpulos Observables, hasta que a partir del gobierno de nefasta memoria presidido por ZETAparo subió como espuma dentro del partido mencionado –y bajo igualmente rápido, hasta el punto de dejar su escaño y la Secretaría General de su partido–, hasta que, tras extrañísimas y al menos irregulares maniobras, ganó “las elecciones de las urnas tras cortinas” contra Susana Díaz y Patxi López, comenzando así una trayectoria de dislates, vergüenzas y pérdida de todo tipo de bienestar para el entero y honrado Reino de España.

Tras haber estudiado en colegios católicos –la EGB en Santa Cristina de Chamartín, y Máster en la Universidad de Navarra– y encargarse de procesos electorales partidistas en diferentes lugares, P. Sánchez se unió civilmente con Begoña Gómez en 2006 –muy “católica unión”– y de 2008 a 2013 impartió docencia en la Universidad Camilo José Cela… sin que valores o principios católicos pudieran observarse en su actuar público o privado (supongo que eso de plagiar tesis no es que sea especialmente meritorio para el Octavo Mandamiento).

En los últimos años, con cierto desasosiego y vergüenza he de reconocer que se ha hecho más “visible” de lo que debiera –no sé si se deba a la pugna por ser reconocido como «el presidente más guapo de la historia», a sus incansables «catequesis» televisivas o a la nueva contratación de servicio de maquillaje en Moncloa–. Fíjese usted, señor lector, que, salvando distancias y adaptando el texto, es facilísimo aplicarle el bíblico Salmo 115, en lo referente a que “…tiene ojos, y no ve; tiene oídos, y no oye; tiene nariz, y no huele; tiene manos, y no palpa…” (debo suprimir el eso de que “tiene boca y no habla” o “no emite sonido alguno con su garganta”, puesto que sería notoriamente falso, al igual que el absoluto y completo contenido de cuanto dice, creo que hasta en sueños… como el tango: “¡Verás que todo es mentira…!”).

En definitiva, y para no cansarle a usted, estaríamos hablando de que sería, en el mejor de los casos, un personaje de cómic gris y anodino. Escribí “sería”, porque así debiera haber quedado, mas no fue tal, por desgracia -¡bien sabemos que Dios escribe derecho sobre renglones torcidos, así que ahora que se torció el renglón, solo el Divino Hacedor podrá inspirar a políticos competentes y ciudadanos honestos y valientes a ser quienes arreglen (esperemos sea posible) las tropelías, vilezas, felonías y bajezas de tan siniestro personaje!–. Por nuestra dejadez, desidia, pereza, incompetencia en la elección, falta de interés en conocer a los que se postulan para cargos públicos, etcétera, tenemos que “apechugar” con un extraño ente, híbrido hasta para los suyos, hasta que lleguen Elecciones Generales.

Pero el título de esta breve columna hacía referencia a otra cosa: la patológica y compulsiva necesidad de P. Sánchez –«Satánchez», si lo prefiere– de hacerse notar, figurar, brillar –sin importarle romper protocolos, mentir, humillarse o traicionar–. Él, junto con “su persona” –esa extraña moda que les ha entrado a los políticos de hablar sobre sí mismos en tercera persona es verdaderamente risible, pero por lo ridículo, ya que lejos de demostrar humildad solo ostenta duplicidad–, necesitan ser venerados, es una compulsión megalomaníaca que ni Freud, en sus más abstrusas teorías, pudiera haber imaginado. Como en su apellido el señor Pérez-Castejón ya tiene el “San” –tres letras de “Sánchez”–, se lo ha creído a pies juntillas y quiere que todos así le rindamos honor, veneración, pleitesía y culto.

Pues no. Jamás. Sólo eso faltaba. Únicamente a Dios se adora –quien quiera hacerlo, aunque de nesciente es negarlo–, y punto. Este “ángel caído”, este presidente de chiste, este político titiritero, no amerita nada más y nada menos que terminar sus días en Soto del Real, tras haber pedido perdón uno por uno a todos los españoles –comenzando por las víctimas del terrorismo, siguiendo por los pensionistas, continuando con los niños y terminando con todos los trabajadores y parados–. Con ese “San” podemos decir todos que sea: “Sanseacabó”… Piénselo… Atractiva la idea lo es…

La Reconquista

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