Columna de La Reconquista | “Aborrecible pederastia eclesial, familiar y social”

Gran revuelo, señor lector, ha causado el reporte sobre abusos sexuales a menores en la arquidiócesis de Múnich y Freising, Alemania, de los años 1945 a 2019, especialmente porque achaca al Papa Emérito Benedicto XVI no haber actuado debidamente en cuatro casos de sacerdotes, cuando sirvió como arzobispo de 1977 a 1982, antes de ser llamado por el Papa San Juan Pablo II a ser Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Sus enemigos –que siempre los tuvo– se regodean con el caso y tratan de echarle todo el lodo posible, a pesar de que el Papa ha declarado que nunca los solapó –ni sucedieron bajo el periodo de su episcopado–. Aceptó a un sacerdote de la diócesis de Essen sólo para su tratamiento psicológico, sin darle cargos pastorales. Con su actuación al frente de dicha Congregación y como Papa, siempre demostró mano firme para desterrar este crimen horrendo en la Iglesia. Como algunos de sus detractores tienen mucha cola que les pisen, malinterpretan el caso para legitimarse a sí mismos, para justificar su propio estilo de vida contrario a la Palabra de Dios, para desprestigiar a la Iglesia y quitarle autoridad moral.

Lo mismo podríamos decir que ha de sufrir la Iglesia Católica en España, bajo las inquisiciones de este nefasto gobierno de coalición, cual leviatán surgido de las profundidades, con la única y misma finalidad: el desprestigio de la autoridad moral de la Iglesia Católica y de todos sus ministros –sean obispos, sacerdotes, religiosos o religiosas– e incluso fieles –a quienes se busca escandalizar para que se aparten de la Iglesia, o al menos se sientan cohibidos para defenderla–.  El ataque despreciable del Gobierno actual contra el catolicismo es furioso y nauseabundo –al igual que el de sus predecesores en ese ADN político del que presumen, en los aciagos años 30 del pasado siglo–, y les molesta todo símbolo cristiano, toda educación cristiana, todo valor cristiano y todo lo que tenga el buen olor de Cristo –pues bien sabemos que el olor a azufre, atribuido a Satanás y sus huestes, es su perfume favorito–. Eso sí, nada dirán contra otras religiones que favorecen la pederastia y el maltrato a la mujer como objeto –como algunas ramas del Islam–, ni contra otras creencias o ideologías que perpetran actos igualmente aborrecibles –aborto, eutanasia, negación de la biología natural, etcétera–. Claro, la piedra no va a ir contra su propio tejado…

Sin embargo, las estadísticas hablan solas. Que el delito de pederastia es despreciable creo que todos lo afirmamos –bueno, quizá no tanto aquellas personas que no quieren investigar los abusos cometidos contra las menores tuteladas, ¿verdad, señora Oltra?, ni otras agresiones perpetradas por altos cargos–. Pero que no puede imputarse a la Iglesia Católica de forma exclusiva también lo es. La excelente y exhaustiva investigación de la Fundación ANAR (@FundacionANAR), analizada por el valiente Obispo Mons. Munilla, presenta las cifras objetivas: de todos los delitos de pederastia en España, han sido cometidos por sacerdotes (asimilados los religiosos, frailes, obispos, etcétera) el 0.2% del total. ¿Eso es el “gran escándalo”? Sí avergüenza, sin duda, y es hecho criminal. Pero cometidos por los padres son el 23.3% de los mismos, y si le sumamos tíos, primos, padrastros o parejas de progenitores, abuelos, etcétera, representa el 49.2% de los delitos pederastas (ah, pero… ahí ya no se dice nada); seguimos con profesores, monitores de deportes, amistades cercanas y vecinos, que son el 10% de los pederastas, etcétera. Pero no importa ningún otro caso que suma el 99.8% de tan aborrecibles hechos, por lo visto: solo importa el 0.2% achacable a la Iglesia Católica… (aunque algunos promoventes de la “ideología de género” hasta buscan legalizar al “pobre” pederasta, porque “nació” así… ¡asco da que intenten legitimar lo antinatural!).

Ante esta situación (y muchas otras precedentes), no es ya extraño escuchar a muchas personas decir: “Yo creo en Cristo, pero no creo en la Iglesia” o “Creo en Dios pero no en los curas”. Bueno, respecto al segundo aserto, distinguido lector, le diré que tampoco yo creo en los curas, ni en los obispos… porque Iglesia somos todos los bautizados, lo queramos o no, y no es dogma creer en las personas. Pero en la Iglesia… sí que creo, puesto que fue creada por el mismo Jesucristo como instrumento de salvación, para evangelizar, enseñar, administrar los Santos Sacramentos, promover la caridad. Muchos son los que se refugian en una fe en un Dios abstracto, no encarnado, con una religión sin iglesia, sin comunidad eclesial. Es el porcentaje que más va creciendo, según el censo de 2020: los que se dicen creyentes, pero sin iglesia, sin una religión concreta. Contraponen a Jesucristo con la Iglesia. Dicen creer en Jesucristo, pero no en la Iglesia, por las deficiencias y pecados que descubren en la misma –como si cada uno de nosotros, yo el primero, no tuviésemos pecados, errores, deficiencias, carencias ni fallos, y fuésemos puros ejemplos de amor, paz y virtud–. Sin embargo, no hemos de olvidar que Jesucristo estableció su Iglesia con Pedro y los demás apóstoles, que también adolecían de graves defectos, porque Él quiere seguir actuando, predicando y salvando, precisamente por mediación de su Iglesia.

San Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris missio, afirmó y advirtió que: “Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hombres y respuesta debida a Dios, recordando que ‘su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad’ (LG 14)” (n. 11). “El Reino de Dios que conocemos por la Revelación no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia… Así mismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es fin para sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos” (n. 19).

Condenemos absolutamente la pederastia y castiguemos al pederasta, que es lo justo, correcto y sano, no importa quién sea. Pero no cerremos los ojos a la verdad, ni hagamos culpables a quienes no lo son, estigmatizando al resto de ministros de culto ni a la institución eclesial. Fortalezcamos nuestra fe en Cristo y en su Iglesia, asumiendo que ésta es santa –porque está cimentada en Cristo, fuente de toda santidad–, pero a la vez pecadora –porque quienes la formamos somos pecadores, débiles y limitados–. Ni usted ni yo somos ángeles, y cometemos errores, pero la mediación ordinaria para llegar a Dios es la Iglesia; la amamos y la defendemos, porque es nuestra madre en la fe. El propio San Agustín nos lo recordó en el siglo IV: “No tiene a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre”. Así que, en coherencia, culpemos al culpable, por supuesto, pero en ese ejercicio de limpieza y arrepentimiento, avivemos nuestra conversión, propiciemos la educación y respeto a los valores y principios sagrados, y veamos cómo así cambia en verdad cada corazón y la sociedad entera.

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