Che Guevara: ¿Por qué le llaman libertador cuando fue un asesino de masas? | Parte I

Hace unos años conocí a un ser humano extraordinario, Juan Aroca Sanz, periodista, humanista, inventor, polifacético, politólogo y, ante todo, defensor de la libertad. Escritor, autor de varios libros, como Los Ciegos del Concorde, Diccionario de atentados contra el idioma español, o Amalkor, un pelendón de Numancia, entre otros.

Cuando lo conocí, ya era mayor, iba siempre acompañado por su inseparable amigo Jose Mª de Carlos Roca, al igual que Juan, una persona maravillosa, culta, encantador y un amigo entrañable, al igual que Juan. Hace unos meses me llegó la noticia (aunque no he podido confirmarla a día de hoy) que Juan había muerto, y lo más terrible, es que aún desconozco como murió, si fue como consecuencia del coronavirus u otra circunstancia. Quise hacer gestiones con Jose Mª de Carlos, su inseparable amigo, también mi amigo, tampoco pude localizarlo. Sospecho que este virus se ha llevado a una infinidad de personas que hasta que no se asiente todo, no descubriremos el daño tan terrible que ha hecho esta pandemia.

Desde el mismo momento que conocí a Juan y a Jose María, nos hicimos buenos amigos. Por aquel entonces compartimos diversas reuniones por motivos profesionales, pero siempre había lugar para entablar enriquecedoras charlas sobre política, sobre la vida, pero, sobre todo, compartíamos interés por la situación política en España.
Por aquel entonces, acababa de llegar al poder el PSOE, de la mano de Jose Luis Rodríguez Zapatero (alias ZP). Ya se vislumbraba todo el daño que estaba perpetrando y como había llegado al poder a través de una de los atentados conspirativos más sangrientos y terroríficos de la historia de España.

En una de aquellas reuniones, nos fuimos después a tomar un café a una cafetería conocida de la zona del Eurobuilding, en la calle de Alberto Alcocer de Madrid. Estábamos los tres, Juan, Jose Mª y yo, hablando de la deriva de España hacia la extrema izquierda, cuando me miró a los ojos y me dijo; ¡hay amigo Fran!, si tu hubieras visto lo que yo tuve que ver en Cuba. De inmediato se me abrieron los ojos, o como se suele decir, quedé ojiplático. Juan comenzó a relatarnos (como si de ayer se tratara) las vivencias que tuvo que pasar en aquel periodo de su vida.

La “relación” del Che con mi amigo Juan

Pero mi sorpresa iría en aumento cuando me confesó, estando Jose Mª de testigo, que había conocido al mismísimo Ernesto Guevara, el Che, seudónimo con el que es conocido en el mundo entero. Juan acababa de estudiar periodismo y las ganas de aventura, por otra parte, típicas de la juventud, le hizo conocer mundo. Aprovechando la misma y en plena revolución cubana, se marchó allí para cubrir aquella revolución que ya estaba en todos los periódicos de medio mundo, aunque lo fundamental de aquel viaje fue el afán de aventura y vaya si la encontró.

Juan nos siguió relatando aquella experiencia…Una mañana, estaba sentado intentando recopilar información para ver por dónde iban a ir las incursiones de los guerrilleros y mercenarios del ejercito de la revolución castrista de aquel día, cuando observó que justo al lado, había un grupo de guerrilleros. Estaban por todas partes. A Juan le llamó la atención que entre ellos había uno que sobresalía de los demás, tanto en el mando como en la forma de hablar. Este parecía más culto que el resto de los soldados guerrilleros. Parecía, a los ojos de Juan, ser algún mando importante o alguien de la revolución castrista de alto nivel.

Llegó a preguntar a otro periodista — ¿quién es ese? Parece ser alguien importante. — El periodista le contestó, es el Che, es uno de los que llevan aquí la batuta, la mano derecha de Fidel Castro, dijo el periodista. Pero para sorpresa de Juan (que aún no sabía quién era aquel comandante) el mismo Che se acercó al grupo de periodistas y se dirigió a Juan que estaba junto a otros periodistas que le acompañaban. — ¿Vos sos español, periodista? — Juan asintió con la cabeza, muerto de miedo, tembloroso, pues había oído rumores de comportamientos violentos o nada edificantes sobre periodistas de otras nacionalidades. Pero al contestar afirmativamente, el Che le sonrió. — Pero seguro vos no sabéis lo que es la revolución cubana. ¿Vos queréis saberlo?, acompáñenme, le espetó, casi ordenó, a él y a otro periodista argentino.

El Che se dirigió a Juan — le voy a mostrar cómo es la revolución del pueblo cubano, pero solo podrá verlo, vos no podrá escribir, ni fotografiar a mis hombres ni nada de lo que observe, absolutamente nada de lo que aquí vea en el día de hoy, bajo castigo de alta traición a Cuba y la revolución. ¡Patria o muerte! Gritó enfervorecido para que le oyeran sus hombres. — Para que vea la eficacia de nuestra revolución. Acabó diciéndole a Juan y al otro periodista con mirada amenazante.

Las ejecuciones sumarísimas

Iban de pueblo en pueblo, en camiones destartalados y antiquísimos, algunos incautados a la pobre gente, otros de algún ejercito de otra época. Juan contó más o menos de 25 o 30 soldados-guerrilleros, divididos en escuadras de 5 hombres. Entraban en casas sacando a todo el mundo, agrupándolos en alguna plaza, mientras alguien gritaba, ¡quien no esté con la revolución, está contra ella! Allí había hombres, mujeres, niños, ancianos. De rodillas frente a los guerrilleros. Aquello parecía que iban a ejecutar a alguien, pensó Juan, temblándole las piernas. De repente hubo un tumulto y apareció el Che pistola en mano, tenían apartados a tres jóvenes arrodillados, temblando y pidiendo perdón, rogando por su vida por algo que se supone habían hecho, o no. Cuando el Che llamó a dos soldados de su tropa, tan jóvenes como los que estaban de rodillas. En ese momento el Che ordenó a sus dos hombres que mataran a los tres jóvenes, que lloraban desconsoladamente. ¡Mátenlos, mátenlos! Maten a los traidores, Mátenlos ¡Fuego, fuego, caraaajo¡ Los dos jóvenes ejecutores descerrajaron varios tiros de pistola que mataron a los tres jóvenes, que cayeron fulminados muriendo en el acto.

Juan me confesó, Fran, no sé quién temblaba más, si los pobres que fueron ejecutados, los soldados que fueron ordenados que dispararan o yo mismo. ¡Terrible!

La “socialización” del asesinato

Juan se quedó helado, perplejo, acongojado y muy asustado, no sabía cómo reaccionar. Casi se pone a llorar del susto, de miedo. Quería salir corriendo de allí. Alguien le tocó por la espalda y este pegó un salto, asustado, era el mismo Che. –Tranquilo, ya ha pasado el peligro. ¿Es la primera vez? Dijo con voz muy autoritaria. –Eran enemigos de la revolución. –Juan asintió con la cabeza, no podía ni articular palabra. Después de un rato, que a Juan se le hizo eterno, bebió un trago de agua de la cantimplora que llevaba, se mojó los labios y le echó valor: –¿podría hacerle una pregunta, mi comandante? –El Che le dijo, solo una. Lo que si podrán hacer al final es unas fotos a su comandante. Al Che siempre le gustó dejarse fotografiar de todos los periodistas que querían inmortalizarle. — Juan le preguntó, Comandante, ¿por qué no ha ejecutado Ud. mismo a aquellos «enemigos”? Le miró como con desprecio y arrogancia. El Che le contestó de forma taxativa, –Yo instruyo a mis hombres para la revolución, les obligo a ejecutar a sus enemigos para involucrarlos en ella, de esta forma se acostumbran a matar y así ya no pueden desertar, ni tener miedo a matar ni a morir, siendo fieles a la revolución cubana hasta el final de sus días. ¡Hasta la victoria, patria o muerte!

Es decir, lo que le estaba diciendo a Juan, el ordenar a sus hombres los asesinatos contra los propios cubanos, supuestamente enemigos de la revolución, era una forma de “socializar” el asesinato a través de sus hombres. Les convertía en asesinos despiadados carentes de sentimientos, de dolor, de empatía, de alma, de cualquier vestigio de humanidad.

Aquel día acabó, por fortuna para Juan. Lo que vio le dejó tan impactado, que me llegó a comentar que estuvo muchos días con aquella horrible imagen. Tenía pesadillas. Juan jamás olvidaría aquellos hechos tan horripilantes y los que vio durante el periodo revolucionario de Cuba, que, por suerte para él, en cuanto pudo volvió para su patria, España. Pero antes que eso, estuvo un tiempo indagando e investigando (dentro de lo que le era posible) algunas actuaciones del Che, en otros pueblos o ciudades, o en general a los guerrilleros adscritos a la revolución. Como, por ejemplo, lo que le contaron en uno de esos pueblos grandes de cuba, donde había ya algún espectáculo, cafés etc. Los soldados entraban con violencia y sacaban a todo el mundo de sus casas y locales a la calle.

Las mofas y befas a los homosexuales

Algunos chicos tenían aspecto de afeminados, los ponían a parte, siempre de rodillas cara a cara con los guerrilleros. Los soldados se mofaban, les ridiculizaban, les insultaban o peor aún, a varios de estos chicos, al parecer, el Che hizo que se pusieran unos harapos de mujer y les hizo desfilar por toda la calle principal del pueblo, haciéndoles mofa y befa, agrediéndoles y escupiéndoles. En otra ocasión, según le declararon a Juan testigos presenciales, cogieron a un chico, al parecer homosexual, lo ataron de pies y manos, y un guerrillero, a órdenes del Che, lo empaló por sus partes hasta que el chaval murió. Aquellos mercenarios se reían de aquella atrocidad, aquel asesinato, como tantos y tantos otros que fueron dejando en nombre de la revolución. Parece que esto era una práctica habitual con los homosexuales, o les empalaban, o les llevaban a trabajos forzados, o les obligaban hacer actos que hasta para escribirlos y describirlos me resultan indescriptibles, abominables e inenarrables por su dureza.

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