Carta al Zar

Corren tiempos difíciles. Son tiempos de guerra, de enfermedad, tiempos de una siniestra ingeniería social que, por desgracia, más rápidamente de lo que a algunos nos gustaría, está funcionando. Precisamente, hoy quería detenerme en este punto concreto; la salud.

Distintos medios nacionales (españoles) se han hecho eco de una filtración realizada por un supuesto medio libre e independiente llegado desde la Madre Patria (entiéndase la referencia). Y es que, según parece, la salud del mandatario ruso Vladimir Putin no atraviesa su mejor momento. Resumida, la noticia vendría a decir más o menos lo siguiente:

“La élite rusa está disgustada con la actitud y la actuación de su querido líder, y, en consecuencia, no vacilará en aprovechar el momento para quitárselo de en medio”

Algo muy bonito, muy, como dirían algunos, “de película de Hollywood”. No podemos olvidar, queridos lectores, que nos hallamos en medio de una guerra. Nuestra posición como ciudadanos españoles en este momento no consiste en estar en el frente de batalla, más en bien lidiar con la información y la propaganda emitida por ambos bandos. No hablo de otra cosa que la guerra ideológica. La guerra de la información.

Ahora resulta que en Rusia existen medios independientes. ¿No era hasta hace dos días ese país un ejemplo de control de la prensa habida cuenta de la existencia de las dos principales cadenas de propaganda, a saber, Rusia Today y Sputnik? A lo mejor es que el país eslavo se ha vuelto ahora en el paraíso de las libertades que va degenerando por obra y gracia de un tirano que para algunos es zarista, imperialista, comunista o nacionalista. Es lo bueno que tiene el relato, que se adapta a la conveniencia. Eso, y un receptor como el receptor español, caracterizado por su memoria cortoplacista, se convierte en caldo de cultivo perfecto para la manipulación del rebaño según haga falta.

La historia nos cuenta que, tras años en el poder, los achaques de la edad (y de la bebida) hicieron mella en la figura del hombre de acero. No hablo de Superman, sino del tito Iósif (Stalin). Cuentan las crónicas que, debido a esos achaques (propios de un hombre de 70 años), sumados a la pérdida de facultades como la memoria, el alto mando de la URSS se vio “obligado” entre cínicas comillas, a dejar de lado al camarada Stalin y a forzar un retiro oficioso. Digo oficioso debido a que el bueno de Stalin no se retiró del poder hasta estar bien muerto. En fin, la realidad es que, tras una noche de diversión, el viejo Stalin se fue a dormir, allá por principios de 1953. Al día siguiente, el líder debiera haber salido de sus aposentos tal como acostumbraba, mas no fue así. Tal era el pánico a su figura, que nadie osó entrar a ver qué ocurría. Hasta que alguien se decidió a entrar y lo que aquellas gentes se encontraron fue el cuerpo de un hombre viejo, tirado en el suelo y cubierto de sus propios meados. La muerte le llegaría a los pocos días entre terribles dolores.

Si por algo se caracterizaba Stalin era por proyectar al exterior una imagen de sí mismo aparentemente ausente de imperfecciones. Hablamos de un hombre que padeció viruela, y que dicha enfermedad dejó marcas en su rostro, y por ello, pasaba maquillado gran parte del día. Un hombre acomplejado por su pequeño tamaño, con un brazo más corto que el otro a causa de un accidente en su juventud. Todos estos defectos, debían ser ocultados con el objeto de transmitir una idea de culto al líder incorruptible, factor que se repite en muchos regímenes en el siglo XX y a día de hoy, en el siglo XXI. Putin es otro ejemplo.

Llama la atención la facilidad con la que se propagan distintos rumores, o distintas fotografías que pretenden atestiguar la caída de un tirano y el régimen que ha ido construyendo a lo largo de los años. Si antes, en la década de los 40 del siglo pasado, no era algo imposible, mucho menos lo es ahora.

Son tantas y tan variadas las historias que se cuentan del zar que uno no sabe ya qué ideología atribuirle. No obstante, mi cometido en estas líneas no es otro que el de establecer paralelismos. El creer que Putin abandonará tarde o temprano el poder debido a los achaques de la edad o a la desaprobación de las élites, a mi juicio no deja de ser un cuento muy simplón destinado a las mentes infantiles e inocentes defensores de conceptos como la paz mundial, habitantes del mundo de Yupi.

Parece que no nos damos cuenta de que la historia se repite, y el personal no percibe que los líderes autoritarios no rinden ni tienen por qué rendir cuentas a nadie

Por su misma condición de autoritarios. Llevado al plano nacional, por mucho que haya disidencia en el Consejo de Ministros… ¿creen ustedes que nuestro Presidente del Gobierno no eliminará, como ya ha hecho, por cierto, a quien crea oportuno? Como diría Antonio, “pues eso”.

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