Carta a la mujer que falleció sola en la habitación del hospital

Por Redacción

Aquella mañana de abril, lo primero que hice al incorporarme a mi turno, fue abrir la puerta de tu habitación con la ilusión de verte aún con vida luchando contra el COVID 19. No sucedió así.

Silenciosamente me acerqué a tu cama, te llamé varias veces. Con cuidado, retiré tu sábana. No te moviste.

Con los guantes puestos tomé tu menuda mano y al mirarte a los ojos, lancé una mirada al techo por si acaso ese Dios, que a veces siento y otras no, pudiese darme una respuesta.

Te volví a arropar y cerré tus ojos. Unas lágrimas incontrolables se escapaban de los míos.

Habías fallecido en algún momento de la noche, sola. Las sábanas de tu cama fueron las únicas que te acompañaron hasta el final.

Hacía dos semanas que habías ingresado. Aún te quedaban unos años por delante, pero habías tenido la desgracia de ser invadida por un virus hasta ahora desconocido, el SARS-CoV-2.

Apenas un día atrás, te vi llorar porque no permitían a tus hijos venir a verte; venir a darte el último adiós. Tenían prohibidas todas las visitas, ni hijos, ni parejas, ni hermanos; nadie, absolutamente nadie, podía acompañar a los afectados por el COVID.

Se olía el miedo y la poca humanidad en los responsables que nos gobernaban. Ni tú ni nadie merecía aquello.

Siento, y de corazón te lo digo, no haber sido yo quien te acompañase esa noche mientras luchabas por seguir viva y después, cuando todo se precipitaba.

Solamente podíamos entrar a las habitaciones el tiempo imprescindible para asearos, daros de comer o administraros la medicación. No se nos permitía malgastar un solo equipo de protección. Nos faltaba material y recursos humanos. Aquello era todo un caos.

Hubo un momento en que necesitaste una cama en la UMI y te fue negada. No tenían respiradores suficientes para todos y los mismos médicos tuvieron que decidir a quién se le daba la oportunidad de intentar vivir y a quién no.

Hoy, te quiero pedir perdón por no haber sido capaz de hacer nada más. No encuentro palabras para decir como me siento. Ni con todas las combinaciones posibles de todas las letras, podría expresar mi dolor.

Pero te prometo una cosa: mientras yo viva, te mantendré en mi memoria y haré lo posible para que el mundo se entere de que te dejaron morir en la más profunda soledad. De que fuiste amortajada con dos sudarios y unas etiquetas con tu nombre como si fueses basura.

También te doy mi palabra de que cada primer jueves de mes, encenderé una vela blanca por ti y por todos los demás que corrieron tu misma suerte.

Nunca jamás dejaré de pensar en ti. Ahora descansa en paz y acepta mis más sinceras disculpas.

Firmado: Ana María Díez Aretio

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1 Comentario

Ignacio Asin octubre 23, 2020 - 8:17 pm

Estremecedor. Gracias por compartir estos sentimientos tan nobles. Siempre me pareció que los que se dedican a la primera línea de fuego en los hospitales y residencias están forjados con una esencia diferente. Merece la pena entrar por un momento en esta experiencia para hacernos reflexionar sobre tanta frivolidad que nos rodea. Gracias Ana.

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