Bildu-Ley de amnesia antidemocrática

¿Alguien se imagina a un violador legislando sobre los derechos de la mujer violada?

Estimado lector, sufrimos lo peor de la peor izquierda: La heredera natural del aciago 12 de abril 1931. Son los nietos ideológicos de los que provocaron y perdieron la Guerra Civil.

¿Exageración? Ni un ápice. Me quedo corto. Muy corto. Tengo claro que los que hoy detentan el poder dejarían en buen lugar a los viles “hombres de Stalin en España”: el Frente -criminal- Popular. Una comitiva de traidores, que sueñan con volver a enfrentarnos entre los españoles.

Para dejar clara mi postura sobre el nauseabundo matrimonio ideológico socialista con Bildu, cuya bastarda primogénita es la “Bildu-ley de amnesia antidemocrática”, aporto mi parecer: El aserto “memoria democrática” es la expresión dimanante del resentimiento y la estulticia, propia de estólidos dictatoriales. La memoria es la capacidad del ser humano para almacenar información en su cerebro. Es personal y privada. No es democrática ni antidemocrática. Sobre ella no se puede legislar, prohibir, juzgar ni condenar. Es una materia tan subjetiva e intangible y sujeta a tal cantidad de elementos, matices y factores que no admite intromisión externa alguna.

Si la izquierda quiere hablar de “memoria”, obligado es recordarle qué hizo en  el periodo de tiempo que trascurre desde 16 de febrero al 15 de junio de 1936: 160 iglesias calcinadas; 251 asaltos de templos; 269 muertos; 1287 heridos; 215 agresiones; 138 atracos; 379 centros políticos asaltados; 113 huelgas generales y 228 parciales; 10 periódicos destruidos; 33 asaltos a periódicos y 146 bombas. Además, estableció las patrullas de milicianos que se erigían en jueces, con sentencias dictadas ipso facto, “los paseillos”, eufemismo de fusilamiento.

Un sinfín de atropellos sin que el Gobierno hiciese nada para evitarlos, salvo encubrirlos. Hay que citar la masacre de Casas Viejas, donde asesinaron 22 campesinos por orden del ministro socialista siguiendo instrucciones de Azaña: “Ni heridos ni prisioneros, tiros a la barriga”, fue la orden que manifestaron haber recibido los capitanes Rojas y Barba Hernández. El Gobierno de Azaña fue conocido como el del “barro, sangre y lágrimas”. Aprobó la Ley de Defensa de la República y la Ley de Vagos y Maleantes, que les dio margen para actuar fuera de la Constitución. El propio Azaña cuenta en sus diarios cómo ordenó fusilar sobre la marcha a quienes se localizaran con armas.

El 11 de julio de 1936, la “pasionaria” amenazó de muerte al líder de la oposición José Calvo Sotelo en el Congreso: “Este hombre ha pronunciado su último discurso”. Horas después, la madrugada del 13, era secuestrado y ajusticiado en una cuneta de dos tiros en la nuca. Los secuestradores fueron la escolta de Indalecio Prieto, guardias de asalto de la brigada motorizada del PSOE de Madrid, que acompañaron a Luis Cuenca Estevas, el asesino. Posteriormente, intentaron asesinar a José María Gil Robles, pero cuando irrumpieron en  su domicilio, ya se había marchado.

Nada hablan de los campos de concentración en Los Infantes, en Concabella y Alcalá de Henares; los fusilamientos de Paracuellos del Jarama o “los trenes de la muerte” de Jaén. Las persecuciones y asesinatos contra católicos provocados por la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, entre ellos, las vejaciones y mutilaciones al beato Florentino Asensio Barroso. Llegaron a cercenarle los genitales entre risas de los milicianos. Luego lo fusilaron.

En los Santos de Maimona encerraron a los católicos en la Iglesia y le prendieron fuego con ellos dentro; todos perecieron calcinados. O el bombardeo de Cabra, donde vilmente fueron asesinados 109 vecinos e hirieron a 300. No existían objetivos militares. O la cruel brutalidad de las minas de la plata (la mina de los horrores) en Camuñas, donde arrojaban heridos y fusilados en un agujero inmundo de 30 metros. Un escenario de terror como pocos se han conocido, llegándose escuchar en el exterior los atroces alaridos de los arrojados vivos que pedían clemencia. Para evitarlo, decidieron incendiarlo con gasolina y quemarlos a todos –vivos y muertos–; a continuación, los sepultaron rellenando la mina con cal, piedras y tierra. Después, se hizo el silencio.

Soy partidario de mirar hacia delante. De cerrar heridas. De dejar atrás los odios que nos llevaron a escribir una de las peores páginas de nuestra historia. Pero si la izquierda quiere hablar, hablaremos. Porque tenemos la razón, la moral y fe de nuestra parte.

Lamento la dureza de lo expuesto, pero imprescindible contar la verdad.

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