Biden reorganiza fuerzas para una ofensiva en dos frentes

Después de dos meses de hibernación la diplomacia de Washington vuelve a la acción. Primero fue el turno de Rusia, a quien Biden provocó insultando a su Presidente y amenazando con nuevas sanciones. Después le tocó a China, con la que la nueva Administración ha empezado a reunirse desde hace una semana para dejar claras las prioridades de Estados Unidos, negociar el espinoso tema de las relaciones comerciales y criticar asuntos de política interna como la situación en el Xinjiang, el Tíbet y Hong Kong.

El tono agresivo con Rusia y la renuncia a cualquier tipo de acercamiento diplomático marca ya una clara diferencia respecto a la diplomacia llevada a cabo por la administración Trump. En Rusia la amenaza implícita en el tono y la retórica ha sido claramente comprendida. De ahora en adelante, Estados Unidos vuelve a considerar a Rusia el principal enemigo a abatir en la gran estrategia norteamericana.

En el Kremlin nadie se engaña y voces importantes como Nikolai Patrushev, Secretario del Consejo de Seguridad Nacional, ya han advertido a Washington que Rusia no sólo está preparada para una nueva agravación en las relaciones, sino que además Estados Unidos tendrá que asumir la responsabilidad por las consecuencias del deterioro. Esto ocurre de forma simultánea con un agravamiento de la tensión en la línea de frente del Donbás. Voces informadas como la del analista y geoestratega Rostislav Ischenko no descartan que los combates se retomen durante esta primavera.

Hay motivos para pensar que en Kiev, ahora que gobierna Biden, están creciendo las esperanzas en un mayor apoyo de Washington (incluso militar) en su empeño por recuperar el control sobre las regiones rusófilas de la cuenca del río Donets. Un conflicto en el este no se saldaría con ninguna victoria del ejército ucraniano mientras los rebeldes del Donbás sigan recibiendo el apoyo del Kremlin, pero una inflamación de la herida en dicha zona estratégica sí podría servir a Washington a la hora de justificar sanciones de más envergadura contra Rusia y forzar a sus socios europeos, especialmente a Alemania, a congelar el proyecto de gasoducto North Stream-2

En Washington el fantasma de MacKinder (geógrafo británico de finales del siglo XIX y principios del XX) reaparece cada vez que Rusia y Alemania se acercan. En consecuencia, la úlcera que supone el conflicto fratricida entre Rusia y Ucrania por el control del Donbás puede ser usada para evitar un mayor acercamiento entre Rusia y los grandes países de la UE.

En un contexto de tanta tensión no es para nada descabellado que las palabras de Patrushev indiquen una predisposición del Kremlin a repetir la jugada de Crimea en el este de Ucrania en caso de que el régimen de Kiev asalte Donetsk y Lugansk. A principios de invierno, en Moscú se celebró un gran acto político donde representantes de la élite política y mediática rusa reclamaron al Kremlin una política más contundente en defensa de la población rusa que vive en el Donbás y una mayor dureza con Washington y el régimen de Kiev. Incluso se llegó a pedir la integración del Donbás en el seno de la Federación Rusa.

Todo parece señalar que, tanto en Washington como en Moscú y Kiev, los partidarios de la fuerza ganan terreno en medio de un contexto mundial altamente volátil y cada vez más tensionado. De momento, Moscú no está interesado en un conflicto que pueda dar al traste con el North Stream, pero si Kiev, con el beneplácito de Washington, va a la guerra la respuesta no va a ser modesta. Putin hace un año ya advirtió a Kiev sobre la posible pérdida de su condición de estado soberano en caso de resolver por la fuerza el conflicto en el este.

En el ámbito de las relaciones con China la creciente tensión retórica entre ambos contendientes al liderazgo económico mundial no deja lugar a dudas. Estados Unidos percibe a China como un enemigo estratégico que hay que contener por todos los medios. Anthony Blinken fue meridiano al insistir en la necesidad de hablar con China desde una posición de fuerza. Por si estas palabras no fueran suficientes, Estados Unidos empezó a mediado de marzo una gira por la región del Pacífico para reforzar la alianza con Japón, Corea del Sur y Australia en vistas a contener el creciente poder naval de la armada china. Este movimiento se suma a la consolidación de la alianza Quad que suma India a las tres potencias mencionadas.

Beijing contempla con impotencia y creciente irritación como Estados Unidos va estrechando el cerco estratégico alrededor de China y acrecienta su control sobre las líneas de tránsito marítimo por donde discurren las mercancías exportadas por el gigante asiático y llegan la mayor parte de suministros energéticos desde África y Próximo Oriente.
Para acabar de aislar a China y dificultar sus relaciones con actores clave como la UE, Estados Unidos y Reino Unido han lanzado una campaña activa que busca poner en el foco mediático la denuncia de un supuesto genocidio cultural contra la minoría uigur.

En lo que respecta a la economía, la Administración Biden no pretende, al menos de momento, levantar los aranceles que Trump impuso a la mayor parte de productos de importación procedentes de China. La propia Hillary Clinton alabó algunos aspectos de la política proteccionista de la anterior administración y abogó por la repatriación de algunas de las industrias clave.

Estas palabras no son algo aislado, puesto que el Presidente del Foro de Davos, Klaus Schwab, hace poco menos de medio año reconoció que la globalización estaba llegando a su fin tal como la hemos conocido y que, gracias a la reducción de costes de producción que acarrea la automatización, la robotización y la aplicación de la IA, en los próximos años la mayor parte de las corporaciones occidentales van a reubicar buena parte de sus instalaciones en Estados Unidos, la UE y los países colindantes. El gran capital estadounidense, tal como advirtió hace cinco años el geoestratega americano George Friedman, tiene la oportunidad, gracias a la automatización y a la robotización, de dejar de depender de la mano de obra china y golpear al gigante asiático donde más daño hace, a saber, su dependencia de la inversión exterior y del mercado estadounidense.

Después de la pandemia, la lucha por los recursos se agrava y en un mundo mucho más estrecho no hay lugar para tantos depredadores. Significativo es que en grupos de interés recientemente constituidos que tratan de influenciar en la evolución del mundo post-covid como la Alianza “Inclusive Capitalism” (formada por el Vaticano y representantes de corporaciones de Wall Street, la City y la Europa continental) no haya ni un solo empresario chino o ruso, pero sí hindúes y japoneses.

La Administración Biden se enfrenta a enormes retos, a saber, reducir el déficit en la balanza comercial tanto con China como con la UE, calmar la tensión social interna, frenar a China, anclar al mercado europeo firmemente en su órbita e impedir que Rusia recupere su área de influencia natural y forje alianzas económicas con la Europa occidental.
Los próximos meses la administración Biden buscará por todos los medios bloquear la construcción del gasoducto North Stream-2, torpedear las negociaciones comerciales entre la UE y China, reforzar la alianza militar con India, Japón, Corea del Sur y Australia, impulsar la economía norteamericana mediante un masivo programa de inversiones y desestabilizar a Rusia antes de las elecciones legislativas de este septiembre.

En Washington aumenta la impaciencia al constatar que el tiempo para resolver las tareas estratégicas que Obama y Trump dejaron pendientes se acaba y el riesgo de que estalle un conflicto, de momento indirecto, entre grandes potencias va agravándose día tras día.

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