Asesinato execrable en Lardero. Una «justicia» de chiste para un país de chiste

La Rioja se encuentra conmocionada un día después de que se produjera el macabro asesinato de un niño, que fue asfixiado en un ascensor por un asesino reincidente.

El crimen ocurrió en el barrio de Villa Patro, un apacible suburbio de clase media que conecta los núcleos poblacionales de Logroño (al norte) y Lardero (al sur).

El presunto criminal que ha perpetrado el asesinato encadenaba ya varias condenas por violación y asesinato. Además, estaba fichado por la policía como presunto depredador sexual; este mismo verano había tratado de engañar a dos niñas para irse con él ante la preocupada mirada de varios vecinos.

Una mujer informaba ayer de que el canalla en cuestión había tratado de raptar a su hija días antes, y un padre había denunciado el pasado lunes algo parecido.

Inexplicablemente, el criminal- que es sordo y mudo, lo que limitaba su influencia sobre los infantes- disfrutaba de un régimen de libertad condicional tal que ha podido dar rienda suelta a sus más bajos instintos sádicos y pederastas.

Varias niñas del colegio del barrio y de un parque cercano, conocían al presunto criminal como «el hombre que vigila». La condición del individuo era bien conocida entre los vecinos, a los que la policía no se ha tomado lo suficientemente en serio hasta ahora.

«Nos llamabais locos y solo veníais dos y ahora ha tenido que morir un niño para que vengáis todos a proteger al asesino», le gritaba anoche una vecina a los agentes.

España no es un país serio.

El sistema penitenciario y el sistema de justicia de España son claramente injustos y desproporcionadamente laxos. Sí, a pesar de lo que algunos canallas sediciosos sostienen, el código penal español es insultántemente blando.

Por alguna razón, la extrema izquierda ha conseguido que permee la idea de que los criminales lo son debido a las injusticias del sistema capitalista, patriarcal, tradicional etc… y que, por tanto, el sistema penal debe evitar todo cariz punitivo y pasar a estar íntegramente enfocado en la reinserción.

Paradójicamente, en la Unión Soviética y otros «paraísos» socialistas, este mantra del pobre criminal que lo es por culpa de las injusticias sociales de base duró muy poquito tiempo. Una vez constituidos los estados socialistas, allí la justicia en seguida se volvió implacable. El «giliprogresismo» se diluyó, se lo llevó el viento. Quedando así evidenciado que a la extrema izquierda este tipo de estupideces le duran solo hasta que se hace permanentemente con el poder y adquiere un poquito de sentido de estado y noción de la realidad de las cosas.

Hace pocos días, un portal de ciencias económicas y jurídicas publicaba una noticia en la que informaba que más del 60% de jueces y abogados desconfiaba de la capacidad de reinserción del sistema penitenciario español. Que incluso en un país tan naive, progre y quijotesco como el nuestro, las críticas al estado actual de la justicia sean tantas, debería hacer reflexionar a más de un político.

Tenemos a terroristas con varias muertes a sus espaldas, que van a salir de la cárcel sin haberse arrepentido en un lapso de solo quince o veinte años. Ahora que el nefasto Sánchez va a transferir competencias de prisiones al País Vasco nos tocará presenciar auténticas barbaridades en este sentido. Por lo menos en esos casos, sabemos que, incluso aunque no se arrepientan de tan imperdonables atrocidades, es poco probable que reincidan.

No obstante, también tenemos violadores reincidentes y asesinos que han pagado penas similares por crímenes atroces, propios de subpersonas desprovistas de cualquier tipo de humanidad y empatía. La mayoría de estos canallas han salido de la cárcel siendo todavía muy jóvenes, es decir, teniendo en sus manos la posibilidad de seguir haciendo lo que su obtusa y maldita naturaleza les inclina a hacer.

Tenemos también una ley del menor que no distingue bien entre «niño» y «adolescente a punto de alcanzar la adultez«. Una ley que se ha saldado con penas irrisorias para asesinos violadores que se han jactado frente a los padres de las víctimas de haber hecho lo que han hecho.

¿Hasta cuando vamos a seguir así?

Aunque hasta hace pocos años este era un tema tabú en el país más «progre» de Europa, España, va siendo hora de que como sociedad tomemos conciencia de una vez y exijamos a los políticos unos sistemas penitenciario y de justicia acordes con los estándares de un país verdaderamente civilizado.

Y no, un país civilizado no tiene un sistema penal 100% orientado a la reinserción como el de los tan laureados países nórdicos. Países donde las cárceles son auténticos resorts donde se premia al criminal por haber tenido «la mala suerte» de nacer en un entorno poco propicio. Lo cierto es que, a pesar de ser estados del bienestar súper asistencialistas, en Escandinavia cada vez se cometen más crímenes.

La aprobación de la cadena perpetua revisable ha sido un gran paso en la buena dirección- fue de lo poco realmente bueno que nos dejaron los siete años del inútil de Mariano Rajoy-, aunque ni por asomo es suficiente.

A día de hoy, la revisable se aplica en demasiados pocos casos, como si realmente no hubiera seres que se la merecen y que representan un peligro para todos una vez puestos en libertad. Como si no fuera, tal y como indica el propio nombre, revisable. Como si luego no se fueran a tener en cuenta los distintos casos particulares.

¿Por qué tantísimos miramientos con gente que no se merece ni el aire que respira?

No, no estoy diciendo que haya que volver a los tiempos de la tortura, silla eléctrica, trabajos forzados o condenas de varias décadas a menores de edad, pero tampoco podemos seguir como hasta ahora.

A los terroristas y asesinos hay que castigarlos y mantenerlos alejados de la sociedad el mayor tiempo posible para asegurarse de que no vuelvan a atentar contra ella.

En cuanto los pederastas y pedófilos, se les debe registrar como ya ocurre en Estados Unidos.

No podemos seguir tampoco con un sistema penal de penas tan sumamente ridículas y con unas cárceles que ofrecen mejores condiciones de vida que muchos hoteles de tres estrellas.

Ojo, nuestro sistema dispensa penas laxas depende de para quién, claro está. Porque luego, al buen ciudadano que ha sufrido un asalto a su domicilio o una okupación y se toma la justicia por su mano o actúa en legítima defensa, a menudo se le cae el pelo. Asimismo, al estado no le tiembla la mano a la hora de exprimir al ciudadano trabajador y solvente (por marginal o precaria que sea su situación) con multas por cualquier chorrada.

Lo que tenemos en España no es un sistema penal, sino uno que premia a sus asesinos, torturadores y violadores y que, al mismo tiempo, humilla a sus víctimas.

Un país civilizado compagina la reinserción y el arrepentimiento del preso (que seamos claros, no siempre es posible y menos en crímenes tan aberrantes que solo un subhumano sería capaz de perpetrar), con una privación de libertad duradera. Es decir, que garantice la seguridad ciudadana y que el reo tiene tiempo de pensar en lo que ha hecho. Y sí, digámoslo alto y claro, también con un cierto carácter punitivo que haga que cometer crímenes sea algo medianamente castigado y que resarza mínimamente a las víctimas y familiares no invitándoles a tomarse la justicia por su mano.

Digan lo que digan los criminólogos, psicólogos y sociólogos progres- que en el fondo tampoco son una mayoría y cuyas opiniones haríamos bien en desechar automáticamente- si el estado no procura castigar los crímenes, los potenciales criminales se van a pensar mucho menos el actuar conforme a sus impulsos.

En lo relativo a la metajusticia o «justicia popular«, hay que dejar claro que es algo aberrante, ya que muy a menudo se salda con la muerte y la tortura de inocentes falsamente inculpados. Pero, al igual que pasa con las mafias, es inevitable que surja cuando el estado es claramente injusto de base, o tiene un alcance limitado.

Si el estado no garantiza seguridad y la justicia, el pueblo puede terminar actuando al margen del estado.

Ayer, una muchedumbre de riojanos enfurecidos se agolpaban junto a la vivienda del presunto asesino para hacer lo que históricamente siempre se ha hecho en estos casos.

Una parte de mí no puede sino lamentar que los justicieros no consiguieran su objetivo debido a la rápida intervención de la policía (que para lo que quiere sí que actúa con celeridad).

Con este artículo no estoy politizando la tragedia. Nos guste o no, la política y la ideología subyacen a todo, forman parte de nuestra vida diaria y explican por qué la sociedad es como es. Tampoco asumo en ningún momento que con un sistema penal más duro fueran a dejar de ocurrir este tipo de crímenes infames. Pero una cosa está clara.

Mientras España siga en manos de esta banda de radicales de absurdos e infantiles postulados, del estado no podremos esperar nada parecido a seguridad y justicia. Tampoco una buena gestión económica, ni migratoria, ni geopolítica, ni de unidad nacional… pero bueno, esos ya son temas para otros muchos artículos.

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