‘Anéantir’ la última novela del incorregible Michel Houellebecq

En francés, la palabra anéantir se traduce como liquidar, aniquilar o destruir. Esto ya nos da una idea de por donde van los tiros de Anéantir (en España ‘Destrucción’) la última novela de Michel Houellebecq; una nueva crítica del actual devenir político, social e ideológico francés, acompañada de una inteligente e irónica sátira social a menudo indistinguible de la cruda realidad.

Aunque la mayoría de izquierdistas, liberal-progresistas, socialdemócratas, ecosocialistas y peperos franceses son muy críticos con el siempre polémico autor galo- al que cada vez se tacha con menos miramientos de xenófobo, chovinista o machista- no se puede negar el hecho de que todas sus obras se convierten en best seller inmediatos. Y es que, más allá de la calidad literaria o verosimilitud del retrato social que pretenden reflejar, las novelas de Houellebecq se atreven a tocar temas de ardiente actualidad que la mayoría de autores prefieren ignorar.

Como la mayoría de grandes autores de todos los tiempos desde los albores de la literatura universal, Houellebecq siempre ha disfrutado buscándole las cosquillas al sistema.

Si en ‘Ampliación del Campo de Batalla’ el protagonista era un currito desdichado que se sentía engañado por el sistema y el relato socialmente aceptado, en ‘Sumisión’ se nos advertía de la posibilidad de una islamización a gran escala de Francia. Houellebecq sugirió atrevidamente que uno de los crecientes temores de muchos franceses críticos con la progresiva islamización del país galo podía terminar haciéndose realidad. Sumisión nos relata con naturalidad, como el crecimiento del islam puede terminar propiciando la creación de fuerzas políticas islamistas o islamodemocráticas (en el mejor de los casos), lo que supondría una institucionalización de los valores e ideales islámicos en el que otrora fuera el país de la laicidad de estado.

En ‘Serotonina’, el último libro del autor previo a este del que versa el artículo, Houellebecq nos introduce al desgraciado Florent-Claude Labrouste, un funcionario del Ministerio de Agricultura que se medica con un potente antidepresivo. Una serie de acontecimientos le llevan a dejar su cómoda vida burguesa y lanzarse a encontrarse a sí mismo en un viaje por la Francia profunda. Lo más increíble de esta novela es que, en cierta medida, supo adelantarse al estallido de las revueltas de los chalecos amarillos en Francia. Esta coincidencia ha reforzado bastante la idea de que su autor es un gran conocedor y analista de la sociedad francesa sobre la que escribe.

En este caso, el autor realiza una enmienda a la totalidad; nuevamente, se atreve a profetizar sobre el futuro a medio plazo de Francia en lo político y social.

La novela nos traslada al contexto electoral del 2026/7. La economía francesa de ese entonces presenta muy positivos datos macroeconómicos que contrastan con el empeoramiento de muchos de los problemas sociales fraguados en las décadas anteriores.

Tres grandes formaciones se reparten el pastel político en 2026: la oficialista que nos recuerda a Macrón y a los populares franceses; la «patriótica» que nos recuerda al Frente Nacional y a Zemmour; y los ecologistas, sucesores ideológicos de la vieja izquierda progre, que ha sido reducida casi en su totalidad a un puñados de partidos-museo anclados en el siglo XX y sin ninguna aspiración electoral real.

Anéantir, tres tramas paralelas para mostrar una misma realidad

El protagonista de Anéantir se llama Paul Raison. Tiene cerca de 50 y es hombre de confianza del ministro Juge. Estamos, nuevamente, ante un personaje cínico y solitario.

Paul está formado, como el actual presidente Macron, en la Escuela Nacional de Administración. Paul no cree realmente en nada y todo le es indiferente. Haciendo honor a su apellido y a la sacrosanta revolución de la que el nuevo Estado y la burocracia a la que sirve es fruto, todo lo fía a la diosa razón.

Otra trama paralela es la del padre de Paul. Este fue un espía jubilado que ahora se encuentra en un estado de inmovilidad y dependencia total. La enfermedad conduce al reencuentro entre los hijos: la hermana católica y simpatizante de Marine Le Pen, una cuñada que se muestra como una periodista sin escrúpulos y la segunda esposa del impedido, que ahora se resigna a cuidarlo. Crítico o no con la eutaniasa, el siempre incómodo Houellebecq se toma la libertad de recordarnos por qué empezamos a plantearnos recurrir a ella:

La verdadera razón de la eutanasia, en realidad, es que ya no soportamos a los viejos, ni siquiera queremos saber que existen. Es por eso que les aparcamos en lugares especializados, fuera de la vista de otros humanos.

La tercera trama narra tres fatídicos acontecimientos: los atentados contra un buque de contenedores frente a la costa de A Coruña, un banco de esperma en Dinamarca y un barco con migrantes en las costas de Ibiza y Formentera.

Paul descubre en casa de su padre unos documentos con indicios sobre la autoría. Las pistas apuntan a los “anarcoprimitivistas” o neoluditas, cuyo proyecto político consiste en devolver a la humanidad al paleolítico. Esto puede verse como una referencia a muchos de los extravagantes grupúsculos ideológicos nacidos al calor de internet, incluidos muchos desequilibrados e inadaptados- la mayoría de ellos inofensivos- que sueñan con emular a Unabomber desde mazmorras digitales como Burbuja.info en el caso de España.

Como ya ocurría en ‘Ampliación del Campo de Batalla’, en esta obra se nos habla de la fragilidad de la existencia y la soledad del hombre contemporáneo en un mundo sin Dios. Una extraña realidad llena de paradojas y contradicciones en la que la debilitada institución familiar o el propio individuo buscan por encontrar su sitio.

Houellebecq recuerda, cada vez más, a los grandes novelistas naturalistas del XIX. Aunque despierte odios y resquemor entre la crítica especializada, la sociedad francesa y europea le dan el espacio que merece. No en vano y como dato curioso, incluso uno de los últimos números del popular Astérix y Obélix retrata al autor, que ya forma parte de la cultura pop de nuestro tiempo.

Nuevas épocas requieren de nuevos sujetos históricos y literarios en los que poner el foco dentro de la historiografía y la literatura.

En Destrucción, la hipocresía que se pone de relieve no es la de la pujante burguesía surgida de la mano de la industrialización, sino la de los progres y la clase política hegemónica. En este caso, los sujetos protagonistas no son obreros, vagabundos, niños desamparados o prostitutas, sino hombres blancos de mediana edad que vagan en el océano de dudas e incertidumbre generado por los cambios históricos que se han ido produciendo y alimentando tras la Segunda Guerra Mundial: posmodernidad, digitalización, individualismo, relativismo y globalización, entre otros.

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