Alemania se aleja del cristianismo. Menos de la mitad de los alemanes pertenecen ya a la Iglesia Católica o a la Iglesia Luterana

Menos del 50 % de los alemanes pertenecen a una de las dos grandes Iglesias tradicionales, estas son la católica romana y la evangélica luterana. Así lo afirma un estudio del Grupo de Investigación sobre Cosmovisiones en Alemania (Fowid), que no difiere demasiado de lo que vienen siendo los datos oficiales de años anteriores

En Alemania, dejar de pertenecer a una iglesia tiene una repercusión muy significativa. Todo aquel ciudadano considerado católico, por ejemplo, tiene que pagar un impuesto bastante considerable en los estados católicos del sur del país para el mantenimiento de la iglesia en dichas regiones. Si no se paga ese impuesto, no se puede asistir a misa. Esto explica que durante las últimas décadas, la iglesia alemana haya sido de las más importantes, ricas e influyentes dentro de la iglesia católica romana.

«Se trata de un giro histórico, ha dejado de ser lo normal pertenecer a una de las dos grandes Iglesias en Alemania«, dijo este martes 12 de abril uno de los autores del estudio, Carsten Frerk.

El año pasado, un 51 % de los alemanes pertenecía a la Iglesia católica o a la Iglesia evangélica. En 1990 un 72 % era miembro de una de las dos grandes Iglesias y algunos soñaban ya con una reevangelización nacional aprovechando la caída de la RDA y del bloque comunista. Dicha reevangelización no se ha producido, ni mucho menos.

La Iglesia evangélica, según cifras oficiales, tenía a finales del año pasado 19,7 millones de feligreses, frente a los 20,2 millones del año anterior. La caída en membresía año tras año es enorme y se acelera con el tiempo.

Según cálculos de Fowid, en la Iglesia católica hay actualmente 21,8 millones de feligreses frente a los 22,2 millones del año anterior.

Explicaba Frerk:

La tendencia hacia la baja se observa desde hace un tiempo pero en los últimos seis años ha tenido una aceleración mayor de lo que muchos estiman.

Mientras que entre 2000 y 2015 las Iglesias perdieron entre el 0,6 y el 0,8 % de los miembros anualmente, a partir de 2016 la cifra se sitúa entre el 1,0 y 1,4 %.

La decadencia de las iglesias es generalizada, aunque mucho mayor en el norte y el este de Alemania debido al contexto histórico previo.

Entre 1950 y 1989, el número de personas miembros de la Iglesia evangélica se redujo en la antigua RDA de 15 a 4 millones. El número de católicos en esa parte del país se redujo en ese periodo a la mitad para quedar en cerca de 1 millón. En dichos lander orientales, ser cristiano hoy en día es casi menos común que ser musulmán en ciudades llenas de inmigrantes como Berlín, Colonia o Bremen, siendo el agnosticismo, deísmo, ateísmo o cristianismo secular no practicante los credos mayoritarios.

Por desgracia, todos los años se destruyen iglesias en países como Francia o Alemania, algunas de ellas con alto valor patrimonial histórico, artístico y cultural.

Además de la muerte de feligreses, las Iglesias han tenido que enfrentar en los últimos años numerosas solicitudes de baja, en el caso de la Iglesia católica, en buena parte relacionadas con los escándalos de abusos a menores por parte de clérigos.

El presidente de la asociación interconfesional Remid, Robert Stephanus, sostuvo, en declaraciones al semanario Der Spiegel que los motivos de las solicitudes de baja son variados. Estos irían desde una protesta consciente contra las jerarquías eclesiásticas hasta el deseo de ahorrar el impuesto que se paga a las iglesias.

Sin embargo, hay un hecho que los investigadores están olvidando, y ese es la enorme decepción que muchos feligreses con ideologías de derechas- que acostumbraban a ser los feligreses más devotos y fieles- sintieron con respecto a sus iglesias a partir de la Crisis Migratoria de 2015 y ya desde 2013, con el nombramiento del argentino Bergoglio como cabeza de la Iglesia Católica tras la renuncia del alemán Ratzinger.

Durante la crisis de refugiados, tanto la cabeza de la principal iglesia luterana del país como el Papa Francisco y la jerarquía clerical alemana, hicieron un llamamiento a las instituciones para acoger el mayor número posible de refugiados musulmanes. Francisco llegaría a decir que «la islamización de Europa es un hecho y está bien».

Paralelamente, varios obispos despreciaron a los manifestantes de movimientos como PEGIDA (Patriotas Europeos en contra de la Islamización de Occidente), contrarios a la política de acogida de Merkel.

La decepción de los alemanes políticamente más escorados a la derecha (y hasta entonces uno de lo grupos sociales más cristiano-practicantes e identitariamente cristianos) con las dos principales instituciones cristianas fue muy notoria.

Esto fue especialmente así en los lander del este del país, donde entre un 20 y un 30% de la población vota al partido nacionalista de derechas AfD, poco amigo del Papa Francisco y de las jerarquías luteranas y católicas actuales, más preocupadas por agradar a los votantes de izquierda e inmigrantes, que por mantener contentos a quienes hasta ahora más los habían defendido.

Un inexorable proceso histórico de secularización desde 1648 hasta 1989

Cuatrocientos años después de las guerras de religión que asolaron Centroeuropa y en las que se acabó con la hegemonía católica y el incontestable poder austríaco-español, el cristianismo ha dejado de ser la confesión de la mayoría de alemanes, al menos oficialmente.

¿Cómo ha llegado el cristianismo en Alemania a este estado?

A comienzos del renacimiento, Alemania era una de las regiones más fervorosamente cristianas del continente europeo. Precisamente por eso, por la proliferación de universidades en sus prósperas ciudades y debido al rechazo de los príncipes norteños a la hegemonía austríaca y a la interferencia papal en sus asuntos internos, se produjeron allí las primeras herejías y rebeliones protestantes. Estas (las de corte luterano principalmente) fueron apoyadas a partir de 1517, en muchos casos, por la nobleza local.

El cisma protestante, la nacionalización de tierras de la Iglesia Católica y las distintas luchas políticas desencadenarían una serie de guerras políticas y religiosas sin precedentes en el viejo continente. Especialmente una devastadora en la Alemania del siglo XVII, que no terminó definitivamente hasta la Paz de Westfalia de 1648. En ese año se estableció el derecho de cada soberano a elegir la religión oficial de su reino y a permitir, o no, la libertad religiosa y la libre expresión en el mismo.

De aquellos conflictos salieron una Europa del norte y central con cierta libertad religiosa (muy relativa y que derivó en emigraciones masivas a nuevos continentes) y una Europa del sur que se cerró durante varios siglos al relativismo moral y a cualquier otro credo alternativo al católico.

No obstante, la invención y generalización de la imprenta, el avance de la libertad de religiosa favorecida por las guerras de religión y la revolución científica de los siglos XVII y XVIII prendieron la mecha del pensamiento crítico o el método científico moderno.

Las universidades europeas, más tarde también las americanas, pasaron a ser un hervidero de ideas, algo así como Atenas o Alejandría en el siglo III a.c pero a una escala muchísimo mayor y en un mundo mucho más desarrollado, interconectado y poblado.

El sur de Alemania permaneció mayormente católico porque en sus estados, los príncipes, duques y obispos reinantes eran católicos y leales al cada vez menos poderoso archiduque austríaco (emperador de Alemania por legítimo derecho hasta la práctica eliminación del cargo en época napoleónica). El norte pasó a ser de mayoría protestante, aunque en mayor o menor medida se permitían otros credos.

Algunos países católicos como Francia o el Imperio Austríaco también terminaron por abrirse a la tolerancia religiosa. Lo mismo ocurrió en Rusia y otros países e imperios de la Europa del este que, por su condición multiétnica, no podían plantearse tener una población homogénea. En España, México o Italia el aperturismo ideológico y religioso vino muy avanzado ya el siglo XIX, aunque dichos países no han disfrutado de una auténtica libertad religiosa hasta bien entrado el siglo XX.

Alemania continuó siendo un país fuertemente cristiano en los siglos XVII, XVIII y XIX, no obstante, el tiempo todo lo puede.

El siglo de las luces abrió un nuevo horizonte de pensamiento libre, al menos entre las élites privilegiadas con acceso a los libros.

No es que no se pudiera ser cristiano e ilustrado, de hecho la mayoría de ilustrados fueron cristianos o, por lo menos, deístas. Pero ahora por primera vez, poco a poco, se podía plantear uno el dejar de serlo.

El largo y complejo siglo XIX, con su progresiva revolución industrial y su unificación alemana (que trajo consigo nacionalismo, liberalismo y democracia); las distintas revoluciones en innumerables campos de las ciencias, que fueron restando credibilidad categórica a los escritos bíblicos; o el avance de nuevas ideologías como el liberalismo, el subjetivismo, el nacionalismo, el ateísmo o el marxismo, fueron restando preminencia a los credos religiosos hasta entonces hegemónicos.

Mapa religioso de Alemania en 1895 (Wikipedia)

Con el avance de los estados modernos, las distintas iglesias fueron perdiendo el control sobre el mundo intelectual, que si bien no se alejó por completo del cristianismo, si lo empezó a cuestionar y analizar críticamente.

En los albores de la Primera Guerra Mundial, la mayoría de alemanes se seguían considerando católicos o luteranos, aunque ya con menos fuerza que en siglos anteriores.

La kulturkampf desatada por Otto von Bismarck había fracasado, por lo que el catolicismo seguía teniendo una implantación incontestable en el oeste y sur de Alemania. En el norte, sobre todo en las zonas más industrializadas como Renania, la secularización fue ganando peso más rápidamente. Al fin y al cabo ¿Si Lutero se separó en su momento de la iglesia universal, por qué no iban a separarse ahora los ciudadanos libres de la principal iglesia luterana o del resto de iglesias evangélicas?

La población empezaba a estar mayoritariamente alfabetizada, y aunque las distintas confesiones continuaron teniendo una fuerte presencia en el sector educativo, esto se traducía en que los ciudadanos estaban mucho más abiertos a profesar o desarrollar ideas alternativas más allá de las heredadas de sus antepasados.

Es innegable que la aceptación de teorías científicas como la iniciada por Darwin con su El Origen de las Especies hicieron mella en las confesiones cristianas que dejaron de considerar La Biblia como un libro categóricamente sagrado, incuestionable y fuente de toda verdad.

Los nuevos escritos de Schopenhauer, Nietzsche, Marx y Engels, Sigmund Freud y otros pensadores más antiguos como los ilustrados o los redescubiertos eventualmente, como Spinoza, fueron cortando el hasta entonces vínculo irrompible entre los jóvenes estudiantes alemanes y la ancestral tradición cristiana.

El proletariado urbano, por otro lado, se fue alejando de la religión a medida que el desarraigo cosmopolita y las ideas marxistas y anticlericales penetraban en sus conciencias.

En general y fueras de la clase social o la ideología que fueras, en el nuevo siglo XX la religión ya no tenía el protagonismo social descomunal que había tenido hasta entonces. Con los años, aparecieron una infinidad de pasatiempos y nuevas formas de ocio alejadas de la tradición religiosa y las viejas costumbres populares. Eso también afectó a la religión, pues las personas, sobre todo las urbanitas, perdieron contacto con muchos ritos, romerías y cultos menores de antaño.

Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania pasa a convertirse en una república liberal de sufragio universal (masculino y femenino). El viejo mundo se transforma indefectiblemente y con ello pierden peso las ideas más tradicionalistas. Liberalismo, socialdemocracia y comunismo son, junto con el poderoso y transversal nacionalismo, la nueva «religión» secular de muchos ciudadanos. La religión sigue siendo importante para muchos, pero ahora ya es de importancia menor para otros y es despreciada y hasta odiada por no pocos.

1945 cambiará enormemente las cosas. La parte nororiental de Alemania cae bajo el dominio externo de la Unión Soviética y se crea en esos territorios una república popular donde en la práctica solo se puede ser comunista y ateo.

Durante 40 años, el ateísmo se enseñará en las escuelas y ser cristiano se convierte en un estigma mayor que haber sido nazi décadas antes. Si bien eso no se traduce en la erradicación del cristianismo, sí que podemos afirmar que nada volvió a ser lo mismo a partir de entonces.

Un futuro con más sombras que luces

Aunque en 1989 cae el muro, Alemania se reunifica en un único estado liberal y la RDA se disuelve, la población de esos territorios nororientales seguirá mayoritariamente alejada de la Iglesia luterana a la que habían pertenecido sus abuelos; más aún de la católica, que llevaba siglos siendo minoritaria (sobre todo con la anexión de Pomerania y otros territorios prusianos-alemanes llenos de católicos a Polonia tras la Segunda Guerra Mundial).

En la Alemania occidental, especialmente en los lander del sur como la conservadora Baviera, la iglesia católica ha continuado gozando de poder y alcance social hasta nuestros días, pero el proceso de alejamiento entre las nuevas generaciones es también una constante, sobre todo en los entornos urbanos donde predomina una visión ecléctica y posmoderna de la vida, la filosofía o la metafísica.

Las nuevas generaciones, millenials y zoomers, han tenido poco interés en retomar la fe de sus antepasados, o por lo menos en que dichas creencias tengan una presencia diaria en sus vidas.

Nos guste o no, en el nuevo mundo de cuarta revolución industrial, la religión organizada se ve como algo vetusto y anticuado para la mayoría de jóvenes alemanes, a veces casi hasta exótico y cada vez más ajeno.

El estilo de vida moderno, productivista por un lado y enfocado al ocio, el consumismo y la inmediatez por el otro, han dejado muy poco espacio a la religión.

Sea como fuere, que las distintas iglesias abandonen la senda conservadora recorrida en su día por Juan Pablo II y se alineen ideológicamente con la izquierda y extrema izquierda políticas- de mayoría sociológica atea o agnóstica- no es un factor que vaya a jugar a favor de la supervivencia de las mismas.

La tolerancia a la diversidad está bien y es deseable, obligatoria si se pretende recibir el mismo trato a cambio en una sociedad de mayoría no cristiana-practicante. Pero si en el proceso de adquirir dicho valores se echan por tierra 1700 años de tradición católica (o 500 de evangélica) y se asumen las ideas post marxistas, la Iglesia posiblemente estará firmando su propia destrucción sin ser aparentemente consciente.

Abrazar las ideas post modernas significa, además, asumir que no existen las verdades eternas, algo que quizá sea cierto, no lo sé, pero que en cualquier caso, va en contra de la razón de ser de cualquier religión abrahámica.

En el siglo XXI, la política, el interés económico y el identitarismo son una parte tanto o más importante que la religión para la gran mayoría de ciudadanos. Si Francisco quiere evitar la decadencia de su iglesia en Europa, o por lo menos frenarla, haría bien en dejar de predicar socialismo, internacionalismo, relativismo moral y ultrainmigracionismo en todas sus intervenciones públicas. Rojos y progres ni quieren ni pueden ser cristianos.

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