10 años de la ‘revolución perroflauta’ que acabó en nada

El 15 de mayo de 2011 es una fecha que ya queda lejos. Tras varios años de crisis económica, altísimo desempleo y recortes sociales, masas de jóvenes de Madrid y otros lugares de España se concentraron en la Puerta del Sol para expresar su indignación.

En líneas generales, podemos decir que el 15-M surgió de forma espontánea. Aunque, desde el principio, estuvo muy auspiciado, cuando no alentado, por una importante parte de la prensa nacional, especialmente la de izquierdas.

De alguna forma, el movimiento era la consecuencia lógica-en un país con la idiosincrasia del nuestro- a años de crisis económica, la mayor que había conocido la democracia española; a tasas de paro nunca antes vistas, inasumibles para cualquier país; a recortes sociales inevitables obligados desde Bruselas; y a una creciente indignación ciudadana con respecto a la ‘clase política’.

En medio de todo ese caldo de cultivo y al calor de las nuevas redes sociales, elemento verdaderamente revolucionario en ese momento, surgió un heterogéneo movimiento ciudadano que, siguiendo la estela de las «primaveras árabes», exigía grandes cambios en las estructuras del país, aunque sin concretar realmente cuales.

Aun sin tener grandes líderes detrás ni unas directrices comunes que le dieran un auténtico sentido de ser, el 15M puso inicialmente en alerta a la clase política española.

La oleada de protestas y concentraciones no consiguió cambiar gran cosa, pero sí que la convulsa situación de España, con grandes manifestaciones en las principales ciudades, abriera durante varios días telediarios de muchos países.

Un movimiento de izquierdas para salvar a la izquierda.

No quiero ser excesivamente reduccionista en este sentido, me consta que en las concentraciones de Madrid y otras ciudades de España hubo gente de distintas ideologías (hasta cierto punto).

Pero seamos claros, tanto los líderes o protagonistas de las asambleas ciudadanas como la mayor parte de los manifestantes, eran claramente personas de izquierda, cuando no de extrema izquierda o anarquistas (y no de los capitalistas precisamente…).

Al 15M por lo general no acudían estudiantes de derecho y ADE, más o menos conscientes de las carencias de España a nivel de leyes y economía, ni tampoco «cayetanos» del barrio de Salamanca.

Tampoco se veía en Sol a muchos pequeños empresarios de esos que se debatían entre cerrar o continuar con sus maltrechos negocios; ni obreros críticos con la inmigración masiva que les dejaba sin capacidad de negociación respecto al empresario; ni cristianos practicantes indignados con la pérdida de valores tradicionales y la bajísima tasa de natalidad fruto de la desintegración de la institución familiar; ni policías y militares hartos del aumento de la criminalidad, el top manta y las protestas violentas; ni gente liberal, nacionalista o conservadora, en general.

Podía haber discrepancias sobre si la Ley Sinde y el ‘Canon Digital’ eran justos o no, pero para la plataforma ‘Democracia Real Ya’, asociada al 15M, una democracia directa y liberal ejemplar como la que hay, por ejemplo, en Suiza, no era el modelo a seguir.

Para los ideólogos del 15M, los ciudadanos tenían que poder ser dueños de su vida y decidir, pero no sobre temas como las cuotas de refugiados o la cadena perpetua revisable, por poner solo dos ejemplos de los muchos que podría poner.

El 15M capitalizaba, a grandes rasgos, la indignación de la gente de izquierdas.

Para la población centrista y derechista española, Zapatero, no el sistema en sí, tenía la culpa de todo lo malo que le acontecía al país.

Si bien no todo era culpa suya, la idea de que fuera una inutilidad total como presidente, era algo bastante asumido y aceptado incluso entre la gente de izquierdas.

En este sentido, la gente no de izquierdas tenía claro que las únicas opciones de voto eran el PP y, en menor medida, UPyD. Un partido, este último, que no supo hacer llegar su mensaje ni aprovechar la implosión del bipartidismo que tendría lugar en aquellos años.

Ahora bien, una gran parte de la izquierda sociológica estaba huérfana y no se sentía tenida en cuenta.

Buena parte de los jóvenes españoles- reacios, en su mayoría, a votar a la derecha- y también la izquierda no comunista más allá de la poscomunista Izquierda Unida- que no supo capitalizar el descontento popular tanto como le hubiera gustado- se sentía decepcionada y desamparada con un PSOE que no le representaba ni solucionaba sus problemas.

La crisis de 2008 y todos los problemas de los que adolecía la España del momento, supusieron un idóneo ‘momentum’ para que muchos altermundistas, comunistas huérfanos de partido, grupos varios de antisistema o los llamados «perroflautas», tomaran las calles para hacerse oír.

Una revolución así habría sido impensable en un país de Europa occidental en los 20 años previos acontecidos desde la caída de la URSS, pero todo siempre es susceptible de cambiar.

Paradójicamente, este conato de revolución se produjo después de 7 años de gobierno del PSOE y cuando se avecinaba un cambio político. Es decir, un triunfo generalizado del Partido Popular tanto en las elecciones municipales y autonómicas de esa primavera, como en las generales del siguiente otoño.

El hecho de que fuera el PSOE quien detentaba el gobierno de la nación durante aquellos años, hizo que muchos jóvenes y gente de izquierda democrática se sintiera algo perdida.

De haber estado el PP en el gobierno durante aquella crisis, hubiera sido el PSOE y no el 15M el que hubiera llenado las plazas de España, no le quepa al lector ninguna duda.

Democracia VS Partidos.

Si bien Izquierda Unida trató de acercarse a los manifestantes, le salió el tiro por la culata. A muchos de los llamados «indignados» no les convenía que se les vinculara con un movimiento político tan rancio y marcado ideológicamente.

Además, el 15-M tuvo desde el principio un cariz «antipolítico», y suponía una oportunidad de oro para que algunos «intelectuales» de izquierda alternativa pudieran medrar y alcanzar algún tipo de poder político o influencia social sin tener que adaptarse a las estructuras, ideas y directrices de ningún partido creado hasta ese momento.

El PSOE también accedió a reunirse con líderes indignados. Pero las propuestas de regeneración política y económica que obtuvo por su parte fueron tan utópicas, que sus ministros no pudieron hacer muchas concesiones y el diálogo fue infructuoso.

Al fin y al cabo, exceptuando al propio presidente del gobierno J.L Rodríguez Zapatero, gauchista reconocido y sembrador profesional de discordia y desasosiego, el PSOE todavía trataba de ser un partido moderadamente socialdemócrata, al menos en lo económico.

El propio ZP admitió, por ejemplo, que regalar viviendas gratis o la ley de extranjería cuasi anarquista que proponían los indignados, no eran propuestas viables.

Los indignados no podían contentarse con criticar al gobierno y su nefasta gestión, como hacía la derecha, tenían que ir más allá y culpar al sistema entero de todo lo que estaba mal.

Movimiento idealista sin un rumbo claro.

Si bien al 15-M se adhirieron masivamente personalidades con vínculos claros con la extrema izquierda y movimientos antisistema (as known as ‘perroflautas’), es justo decir que también hubo, sobre todo entre los jóvenes, infinidad de personas de izquierda más moderada y democrática, incluso jóvenes sin una ideología clara, pero con afán de cambiar ciertas cosas que consideraban injustas.

Los rasgos comunes entre estos jóvenes de orígenes e ideas relativamente diversas, eran la crítica a los políticos españoles, a la acuciante corrupción que azotaba al país y la indignación con las nuevas situaciones de pobreza o los desahucios, entre otras cosas.

El diagnóstico estaba claro, otro tema ya era aportar alguna solución real…

También existía un malestar e impotencia por la falta de oportunidades, el paro, los sueldos basura y por la oscura perspectiva de futuro que millones de españoles empezaban a sentir que les aguardaban en España por primera vez desde el fin de la guerra civil.

Frases como «somos la primera generación que va a vivir peor que sus padres» se hicieron comunes en aquellos años. No andaban muy desencaminadas.

También era habitual la coletilla de «con la que está cayendo y…» a la hora de criticar los gastos superfluos o prescindibles de una clase política que seguía viviendo a todo tren, mientras exigía luego a los ciudadanos «apretarse el cinturón» y asumir recortes en sectores clave. Pero vaya, que esto no era una cosa solo de «indignados del 15M», sino de toda la sociedad.

Indignado= Niño grande.

Por encima de todo y como tiende a ocurrir en todas las épocas de malestar social generalizado, entre los jóvenes «indignados» cundía un idealismo un tanto infantil.

Este era fruto a su vez de la falta de conocimientos, la influencia del nuevo hollywood y los medios de izquierda, los grupos de música-en España el panorama musical dentro del rock o el rap ha estado muy dominado por la izquierda-, las ganas de cambiar el mundo propias de la juventud y el conocimiento superficial que a esas tempranas edades se tiene de la mayoría de asuntos de la vida política, la macroeconomía, las relaciones de poder o el funcionamiento del sistema mundo.

Tratándose en el fondo de un juego de niños grandes, el 15M se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido. Un par de años después de la eclosión del movimiento 15M, este ya se había dividido en decenas de grupos enfrentados.

Algunos de los indignados eran anarquistas sin la menor intención de pasar a la política activa e incluso contrarios a ella y a cualquier estructura política. Era prácticamente imposible que de esa heterogeneidad y desorganización saliera algo en claro.

A partir del 15M surgió una formación de cara a las europeas de 2014, el llamado Partido X. Sin embargo, para ese entonces Pablo Iglesias y su camarilla ya habían capitalizado aquella masa crítica rebelada contra el sistema y el régimen del 78.

El germen de una nueva derecha en España.

Si bien el 15-M fue, como ya he apuntado, un movimiento de izquierda alternativa y extrema izquierda, y supuso la simiente para que un oportunista y demagogo profesor adjunto, Pablo Iglesias Turrión, fundara el partido político Podemos pocos años después; toda aquella vorágine revolucionaria tuvo, desde el primer momento, una contraparte en el centro y la derecha.

No hace falta aclarar que PP despreció el movimiento de indignación, no esperaba poder pescar votos entre aquellas masas que clamaban no solo contra PSOE sino también contra una oposición que llevaba 7 años fuera del gobierno.

Asimismo, tanto la minoritaria derecha mediática, como los grandes medios liberales y centristas afines al PP fueron críticos con los indignados y sus postulados.

La mayor parte de la sociedad española estaba indignada de alguna forma con la situación del país y la clase política, sí. Pero eso no significaba que apoyara movimientos como el indignado, con todo lo que se derivaba de este.

Fuera de la siempre idealista juventud española- proclive desde la transición, a votar a la izquierda o abstenerse- y de ciertos sectores de mediana edad, que unos años después llegarían incluso al extremo de votar a Podemos como forma de «castigar» a la «casta política», los españoles no se tomaron en serio el 15-M.

La crisis, el 15-M y las nuevas corrientes de ideas favorecieron la desafección de muchos grupos sociales respecto a España y el régimen del 78, tanto entre la población ‘de izquierdas’ como en la de las regiones periféricas.

Por otra parte y como pasa siempre, otra parte de la sociedad reaccionó negativamente contra toda aquella deriva.

2011 fue un punto de inflexión. A partir de entonces se van fraguando Podemos, Bildu y el movimiento independentista en Cataluña; cuyo germen ha sido también, paradójicamente, la propia Constitución del 78 y la progresiva cesión de competencias clave como la educación.

Sin embargo, todos esos movimientos y nuevos partidos, de naturaleza radical y revolucionaria, favorecieron indirectamente, por oposición, el surgimiento de una nueva derecha.

Una derecha no ya solo liberal-bastante más liberal que el PP, por lo general- sino particularmente anti comunista, anti independentista y contraria a los nuevos movimientos sociales e identitarios de la nueva izquierda.

Una derecha realmente liberal, contestataria, conservadora también en muchos casos y, en todo caso, en clave nacional-española. Esas tres cosas por primera vez sin tapujos ni complejos.

Pero sobre todo, una derecha en muchos casos harta de la oposición «progre» del Partido Popular y de su tibio programa de gobierno. Programa cuasi socialdemócrata, lleno de keynesianismo-favorecido también desde la UE-, concesiones en materia ideológica y consenso con el PSOE en la mayoría de ámbitos más allá de la fiscalidad y las políticas de empleo.

Desde principios de la década pasada, para muchos españoles, el pseudo centrismo del único partido que ocupaba hasta hace unos años el entero espacio sociológico de la derecha españolista, no ha llevado a España sino a la decadencia y la fractura.

Las políticas de PP y más recientemente Ciudadanos, no han servido para cohesionar la sociedad ni debilitar a las izquierdas ni a los independentismos- razones que justificaban tanta moderación mal entendida- sino más bien para todo lo contrario.

Además, hasta la aparición significativa de Vox- hace apenas unos años- esa estrategia centrista ha contribuido a que muchos españoles tuvieran que elegir siempre la opción menos mala entre: independentismo, extrema izquierda y un centro y centro-izquierda «progres» y corruptos (PP y PSOE respectivamente).

Conclusiones.

El 15-M en sí mismo no llegó a nada.

A cambio, los españoles aprendieron, o debieron haber aprendido de aquella experiencia, que en democracia, seas de la ideología que seas, la única forma de cambiar las cosas es mediante la participación política, los pactos y el reformismo gradual.

Otra lección que debiera extraerse es que los problemas sociales y económicos de una sociedad no se solucionan con idealismo exacerbado, ni, desde luego, con recetas comunistas o de extrema izquierda «alternativa».

La extrema izquierda política se desengañó ya respecto al 15-M.

No Errejón, no. Aquella concentración en Sol no era el preámbulo para una nueva toma del Palacio de Invierno «a la española». La España de 2011 no era la Rusia de 1917, mal que te pese.

Algunos de los pequeños cambios introducidos en el sistema durante estos años, tales como las listas abiertas en el senado que tanto se exigieron en su momento, no han supuesto cambio significativo alguno para la democracia más allá de entorpecer la labor de recuento de aquellos encargados de escrutar el voto el día de elecciones.

Señores revolucionarios de salón, la democracia que tenemos es representativa precisamente porque el ciudadano medio no tiene ni el tiempo, ni las ganas, ni el interés de estar siempre metido en política y de conocer en profundidad a los distintos candidatos territoriales. Políticos bastante mediocres en líneas generales a los que no merece la pena conocer en profundidad, dicho sea de paso.

Sí que podemos afirmar que, en cierto modo, el 15-M fue el preámbulo de Unidas Podemos y Más País. Formaciones que, realmente, no distan tanto de lo que ya era Izquierda Unida tanto en ideales como en votos allá por 2011.

Estos partidos son la vieja extrema izquierda de siempre bajo un nuevo disfraz.

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