1.000 días de soberbia

Cuando un político se jacta de sus grandes logros sin hacer una mínima mención a aquellas cosas en las que ha errado o que, al menos, tienen posibilidad de mejora, nos encontramos ante un gobernante cuyo engreimiento alcanza niveles lascivos y cuya humildad no supera la suela de sus zapatos.

Un claro ejemplo lo hemos vivido esta semana, donde la Presidenta del Gobierno de La Rioja, a la hora de hacer un repaso de sus 1.000 días de gobierno, ha extendido su ego, ha alardeado de sus, para ella, triunfos y ha ignorado cualquier atisbo de fallo en su gestión.

Concha Andreu demuestra con ello una personalidad, en lo profesional, altamente soberbia, calificativo que sí que ha estado presente en todo este tiempo de ejercicio de poder, donde sus compañeros de partido han sido meros peones en el tablero de juego y donde su exhibición de mando ha estado por encima de las siglas.

Resulta paradójico que el único servilismo que ha desarrollado ha sido hacia su jefe, Pedro Sánchez, en lugar de servir al pueblo que representa. Ello no es sino fiel reflejo de una figura atormentada por la erótica del poder, capaz de obedecer ciegamente a su superior a pesar de que ello signifique despojarse de su dignidad.

Todo gobernante tiene que tomar decisiones duras y su madurez política se demuestra cuando es capaz de asumir la labor de gobernanza con todas sus consecuencias. Contrariamente, Concha Andreu no solo no asume sus propios designios, sino que cuando vienen mal dadas inmediatamente señala una cabeza de turco a la que expone mediáticamente para, en pocos días, proceder a su más impasible ejecución.

La democracia no va con su carácter. Tan solo se aprovecha del sistema para medrar. Una vez logrado el ascenso, su modus operandi se basa en el autoritarismo. El miedo y el engaño siempre han sido unas armas eficaces del poderoso, y ahí nuestra Presidenta se desenvuelve con total soltura y naturalidad, quizás en lo que ha sido su mayor aprendizaje respecto al Presidente de España.

Tratar como inferiores a sus gobernados es una herramienta que utiliza en cada una de sus intervenciones. Su forma de hablar, sus interpelaciones y su gesticulación, van encaminadas a que los oyentes sientan un complejo de admiración por el predicador. Concha Andreu ejerce de pastora de quien considera meros borregos a los que ha conseguido, o pretende, sacar su voto.

La ideología no es relevante. Lo importante es conseguir el objetivo final, su perpetua permanencia y la idolatría hacia su figura.  Para ella, ser progresista y socialista tan solo significan estar de acuerdo con sus planteamientos.

En todo este repaso de sus 1.000 días no ha mencionado las decenas de ceses de Consejeros y altos cargos, ni la enorme tasa de desempleo que intenta camuflar a costa de crear, más y más, empleo público. Para que hablar del cada vez más desangelado tejido económico, comercial e industrial riojano, del atasco generado en la ADER o del alto endeudamiento público.

Tampoco ha indicado que las ayudas europeas no están llegando a La Rioja a pesar de crear un órgano específico para ello, que ya se ha encargado que quede fuera de control parlamentario. Ni tampoco hace alusión al caso Brahim Ghali, ni a la pésima gestión del Covid con múltiples dimisiones dentro de la Consejería de Salud ante el colapso del sistema hospitalario.

Olvida que no ha defendido al agricultor riojano, ni a la Denominación de Origen Rioja. Obvia también el daño absoluto que se está haciendo al etnoturismo de nuestra región, que continua sin un plan de desarrollo eficaz, pero, a cambio, se le daña con la aprobación masiva de parques eólicos, huertos solares y líneas de alta tensión que destruyen nuestro rico paisaje.

No habla de las heridas abiertas con la educación concertada, aún sin cicatrizar. Ni comenta nuestro enorme déficit de infraestructuras, que para invertir el erario ya lo hará en la costosa, sin sentido y faraónica obra de la ciudad del envase y embalaje.

En fin, Concha, dime de qué presumes y te diré de qué careces.

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